CONTRADEFENSA DE LA LITERATURA
INFANTIL (SINECDOQUE Y PARADOJA)
Los he perdido. Desde el título mismo he perdido al 95%
de los lectores habituales de esta revista. A pesar de las ínfulas eruditas de
mi título es evidente que no he podido engañarlos porque, vamos a ver, ¿quién
va a creer que puede hablarse de manera seria y trascendente de asunto tan
ligero como la literatura infantil?
¡Por supuesto que el lector sensato sabe lo que es la
literatura infantil! ¿Acaso no leyó libritos ilustrados y novelitas de
aventuras en su infancia? ¿Y qué adulto no ha tenido que leerle al hijo,
sobrino o nieto un cuento (con muchos dibujos, corto y que termine bien, para
que se duerma rápido)? ¿Quién no ha tenido en las manos Había una vez? ¿Quién ignora
la existencia de obras respetables como El principito o La Edad de Oro?
Pero es que, al margen de algunas excepciones, ¡hasta la
denominación misma resulta risible! LITERATURA INFANTIL. Es algo así como casar
a La Chica de Tus Sueños con el Bobo del Pueblo.
El lector sensato no quiere ofender a nadie. Admite que
hablar de literatura infantil sea importante para maestros, bibliotecarios otros
profesionales consagrados a la infancia, pero eso es tema de publicaciones
especializadas y no de medios ambiciosos como éste, destinado a trascender
entre el Gran Público.
Si el que suscribe estas líneas conoce verdaderamente los densos vocablos de su título, considerará el sensato lector medio, bien hará en intentarlo de nuevo hablando de poesía (incluso si nadie la lee), novelas y ensayo; de historia, economía y demás graves cuestiones en torno al individuo y la sociedad que dejan sin protección capilar a las más sesudas autoridades intelectuales de nuestra época.
Pues bien, y aún a riesgo de perder el 5% de lectores que
podrían ser mis cómplices (lo que es un mal cálculo porque los otros 95% no
llegarán hasta esta línea), debo decir que las objeciones precedentes, que no
he imaginado, sino simplemente transportado, no carecen totalmente de
justificación.
Es cierto que en las librerías, escuelas y ferias del
libro de todo el mundo desembarcan cada año miles de títulos absolutamente
abominables, decididamente banales, francamente prescindibles o apenas
tolerables.
Dicho sea de paso, el porcentaje de subproductos no es
más elevado en la actividad editorial para niños que en su equivalente para
mayores; pero de la misma manera que después de los 18 años no consumimos
vitaminas para el crecimiento ni dentífrico reforzado con flúor, es
perfectamente comprensible que el adulto común se desinterese de una producción
donde se mezclan juegos de mesa (y ahora también electrónicos), cuadernos de
aprendizaje con trucos más o menos lúdicos, historieta gráfica, novelitas con
finales alternativos o valores
transversales, rimas bastante de ocasión, cuentos folclóricos, etc.
Sin embargo, dentro de esta masa enorme, cuya utilidad no
es discutible, pero sí limitada a un público determinado en un momento
determinado y para una necesidad determinada (y por tanto sin dimensión
estética), existen cuentos y novelas, así como una cantidad menor de poemarios
y piezas teatrales que no pueden ser considerados otra cosa que Literatura. Esa
producción, de cuidadas esencia y factura no tiene por qué interesar al lector
adulto pues su misión es convertir en imágenes literarias las preocupaciones e
intereses de los chicos; intereses, preocupaciones y representación estética
que ya habrían sido consumadas por sus mayores.
El problema es que demasiado a menudo se pasa por alto
que no toda la literatura infantil es literatura para niños (solamente) y que entre sus difusas fronteras se
encuentran decenas de obras que merecen e incluso prestigian todas las
mayúsculas de Las Bellas Letras.
Díganme, sinceramente, ¿qué sería de la civilización
occidental si escritores que prácticamente no se encuentran fuera de las
colecciones infantiles como Lewis Carroll, Hans Christian Andersen, Julio
Verne, Robert Louis Stevenson y un larguísimo etcétera, no hubieran inventado
mitos tales como Alicia, su conejo y su espejo, la Sirenita y el Emperador
vestido de nada, el misterioso Capitán Nemo o Jim Hawkins, el cojo Silver y
cierta Isla del Tesoro...? Eso sin mencionar invenciones sin las cuales los
psicoanalistas andarían en taparrabos como La Bella Durmiente y su beso,
Blancanieves y sus enanos, Scherezada y su cuento interminable, Cenicienta y su
zapato, Peter Pan y el rechazo a crecer, la nariz mitosensible de Pinocho...
No temo me argumenten que Perrault, los hermanos Grimm y compañía sacaron algunas de esas maravillas simbólicas del acervo popular, porque me bastaría replicar que con su «plagio» le salvaron estos escritores la vida al tal Acervo, dándole la forma literaria que vuelven a quitarle ahora, sin ninguna consideración, las adaptaciones comerciales (que además de no abonar derechos de autor tampoco pagan por su crimen de lesa literatura).
También sacaré a cuento a inmortales como Robinson,
Gulliver, D'Artagnan o Bilbo el Hobbit... sin que me arredre el hecho de no
haber sido concebidos para chicos, puesto que esos personajes, precisamente,
demuestran que este campo de la creación literaria no tiene fronteras, y esa es
una de las piedras angulares de mi defensa.
(Ya lo decía el sensato lector al principio: no podía ser
que el autor de este panfleto no estuviera de parte de la minoría y la
paradoja).
La literatura infantil no está definida ‑como tanto se ha
dicho‑ por los temas y tratamiento apropiados a la comprensión de su peculiar
destinatario. No la definen el bagaje intelectual y vital inherente a la
infancia, sino la estetización de la
forma peculiar que tienen los más jóvenes de apropiarse y relatar el universo.
Los niños no son adultos en miniatura ni esbozos de
adultos; son seres distintos, con otra perspectiva de las cosas, con un
carácter inevitablemente dialéctico debido a que están aprendiendo el lenguaje,
construyendo su personalidad y estructurando su noción del universo según las
leyes de la física, el tiempo y la cultura de su grupo. Los niños son seres
capaces de una maleabilidad y de un nivel de absorción de conocimientos que
raros adultos consiguen conservar. Por todo eso la literatura infantil no está
«limitada» al chico, sino abierta gracias al hecho de tenerlo precisamente a él
como destinatario.
Y no olvidemos que el público infantil está abierto
horizontalmente, porque no existen dos niños idénticos, y verticalmente; porque
los niños crecen y cuando los libros que les damos son realmente buenos van a
acompañarlos toda la vida, incorporándose a la experiencia estética y al
arsenal afectivo del Hombre o Mujer que serán durante los 60 ó 70 años de su
restante existencia (a menudo demasiado uncida al arado de la sobrevivencia
para adquirir nuevos sueños y convicciones).
Lo específico de la literatura infantil, insisto, no es
alimentar al niño con una versión del mundo a su nivel. Lo que la caracteriza
es haber convertido en rasgo estilístico la forma singularmente creativa que
tienen los chicos de mirar, relacionarse con el mundo y expresarlo. Todo esto
interpretado, contado y organizado por un adulto especializado en estéticos
trajines con el lenguaje. Un adulto que, si es un auténtico creador, no
vacilará en singularizar su discurso volcando en él su propia vida ‑de sus
ilusiones a sus experiencias y terrores‑ para configurar una obra única y
personal para nada inferior a la que se escribe para adultos, pero que, estilísticamente,
será reconocible como parte del universo estético infantil.
La literatura infantil tiene, además de los recursos que
comparte con la literatura para adultos, riquezas propias; y sin ella, la
representación estética del hombre y su mundo quedaría severamente mutilada, y
ninguno de nosotros sería el mismo.
Joel Franz Rosell
Originalmente publicado como “Sinécdoque, paradoja y contradefensa de la literatura infantil”. El Gallo Ilustrado. México, 23 de enero de 2000.
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