3/10/26

El autor en su obra

 El autor en su obra: entre realidad y ficción



Salvo en literatura comercial,  de encargo, de vulgarización, de compromiso... el autor suele estar presente, de una u otra manera, en su obra. 
No me refiero a la llevada y traída cuestión del personaje-vocero del autor o al material autobiográfico que puede nutrir toda trama de ficción (hasta llegar al extremo de la "autoficción"; subgénero que me inspira un santo horror), sino a elementos que pueden manifestarse de manera más profunda, lejana, sutil...  sin que, las más de las veces, el susodicho tenga plena conciencia de ello.

Cuando escritor e ilustrador son la misma persona, como es el caso de algunos de mis libros a partir de 2006, puede ocurrir que se descubra más en una ilustración que en el texto a la persona que existe siempre detrás de todo autor (dejemos la cuestión de las IA generativas, de momento, aparte). 

Este autorretrato debió ocupar el lugar de mi foto
en un libro que ilustré para la editorial venezolana La Rana y el Perro...
que al fin me dejó con el trabajo hecho y ni publicó ni pagó nada.

¿Referencias personales, sí o no?

Yo no soy un escritor autoreflexixo, evocativo, nostálgico o que se nutra especialmente de lo vivido (en calidad de actor, víctima o testigo). Siempre he presumido de mi imaginación y de que mis libros carecen de vocación realista, descriptiva o testimonial. Incluso cuando hablo de realidades sociales y geográficas concretas (mis novelas de ambiente cubano), interpongo elementos de mediación como son la aventura, la intriga detectivesca, el humor o, más raramente, la fantasía. 

Los temas de mis novelas cubanas no disimulan la realidad de referencia. Si en Mi tesoro te espera en Cuba y La Isla de las Alucinaciones es difícil y poco rentable no tenerlo en cuenta; en La tremenda bruja de La Habana Vieja, Exploradores en el lago o Aventuras de Sheila Jólmez, por el docto Juancho, ignorar que trama, personajes y escenarios sean cubanos carece de verdadera importancia para su pleno disfrute. 

mis novelas de ambiente cubano explícito

Se trate de novelas realistas o de cuentos fantásticos, mis tramas no parten de experiencias reales. No obstante, como todo autor, exploto situaciones vividas u observadas para introducir esos detalles, en apariencia insignificantes, que dan todo su sabor a la narración, los diálogos o los  lugares y personajes presentados. 

Sobre el tratamiento del espacio

En lo que se refiere a los escenarios, mis novelas suelen desarrollarse en ciudades o espacios rurales inventados o muy libremente reconstruidos con  "piezas de recuperación":  sitios reales que solo sus habitantes reconocerán... o creerán reconocer. El escenario principal de Mi tesoro te espera en Cuba se basa en Colón, la segunda ciudad de la provincia de Matanzas, (casi en el centro de la isla) mientras los pueblos Puerto Madre y La Chongolina, espacios principales de La Isla de las Alucinaciones, los imaginé en una zona de la costa oriental cubana que solo conozco por referencias. En cambio, la reserva natural de Exploradores en el lago es una idealización de la represa Hanabanilla, que conozco bien, y la ciudad de El secreto del colmillo... tiene de Cienfuegos, donde nací; de Santa Clara, donde más tiempo viví, y de Santiago de Cuba, donde dí los toques finales a la obra. Me consta que los diversos lectores ubicaron la historia en función de su conocimiento de una u otra de dichas ciudades... y era precisamente lo que yo buscaba: una especie de universalidad. 

Particular es el caso de la Santa Clara de Aventuras de Sheila Jólmez, por el docto Juancho donde sí me propuse retratar a mi ciudad casi natal; aunque tomándome todas las libertades necesarias a mi fuente directa: algunas de las más famosas aventuras imaginadas por Arthur Conan Doyle para su immortal pareja de detectives ingleses Sherlock Holmes y el doctor Watson. 


Recurrí a una IA para transformar esta foto de promoción
de Aventuras de Sheila Jólmez, por el docto Juancho (Editorial Capiro. Santa Clara, 2018)
 en grabado típico de la Inglaterra eduardiana. 



En torno a la creación de personajes

Si bien algunos de mis personajes (principales o secundarios) tienen nombres y rasgos físicos o  espirituales de amigos, colegas o antiguos condiscípulos, que adecuo a las exigencias de la trama o en función de privet jokes, yo mismo me reconozco menos en mis criaturas literarias que en sus versiones dibujadas. 

Pero acaso me engaño. Es raro que un escritor perciba con plena licidez lo que anima cuanto escribe. Como cualquier otro autor tengo temas recurrentes, tics de composición y de lenguaje que solo pueden venir de atrás. No puedo, por ejemplo, pretender que la frecuencia en mis textos de la timidez, la soledad y la necesidad de amigos sea casual o mera respuesta a inquietudes que presumo en mis lectores.



       

Algunos de mis libros en torno a la timidez, la soledad y la búsqueda de amigos


Yo desenmascarado 

La cuestión de la comprensión profunda de la propia obra, y de la proyección del autor en sus tramas y personajes puede explicar mi sorpresa cuando un niño de diez u once años, en la escuela de Alberdi (provincia de Buenos Aires, Argentina), me soltó sin ambajes: "Puesto que usted es Juan de los Palotes y su esposa Rosa de los Vientos...".

Hasta ese momentto yo estaba convencido de que Las a
venturas de Rosa de los Vientos y Perico el de los Palotes (título de la versión entonces disponible) tenía por referente a Dinamarca; donde viví entre 1991 y 1994 y escribí el que era entonces mi libro más ambicioso. Al verme tras los rasgos de mi protagonista, aquel perspicaz lector me reveló lo que yo no había podido (¿querido?) ver: que el País-Reino-Pueblo: con su falta de espacio para una pareja anticonformista, con su rey ambicioso, tramposo y mentiroso, y su conflicto con un Gran Imperiote, no podía ser otra cosa que una metáfora de mi Cuba natal.

Las cinco versiones de mi "novela en ocho cuentos y medio":
Las aventuras de Rosa de los Vientos y Perico el de los Palotes (El Arca. Barcelona, 1996),
Las aventuras de Rosa de los Vientos y Juan de los Palotes (Capiro. Santa Clara, 1996),
Les aventuriers du cerf-volant (Hachette. París, 1998),
Aventuras de Rosa de los Vientos y Juan Perico de los Palotes (Alfaguara. Buenos Aires, 2004)
y Los aventureros de la cometa (Panamericana. Bogotá, 2020)



El caso Leyenda de Taita Osongo

En cualquier caso, es en La leyenda de Taita Osongo donde tuve consciecia, desde el principio, de cuál era la verdadera naturaleza de mi relación con los protagonistas (Taita Osongo, Leonel y Alma).

Versiones de La leyenda de Taita Osongo


La leyenda de Taita Osongo es mi libro con mas versiones editoriales: Ibis Rouge. Matoury, 2004; Fondo de Cultura Económica. México, 2006; Edições SM do Brasil. São Paulo, 2007; Capiro. Santa Clara, 2009; FCE Argentina. Buenos Aires, 2013; Ediciones Matanzas, 2015; Orphie. Saint-Denis, 2017). Se trata de la forma pública de la noveleta que escribí en 1983 para presentarme al Premio Heredia que convocaba la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en Santiago de Cuba. Obtuve el premio y la editorial Oriente me propuso publicarla. 

Segunda versión de lo que acabaría siendo La leyenda de Taita Osongo

Descarté aquella posibilidad de publicar porque sabía que mi manuscrito tenía un defecto fundamental... que demoré 18 años identificar y resolver. Vivía entonces a 7000 kilómetros de Santiago de Cuba y había publicado libros en España, Brasil y Francia, así que no procuré inmediatamente una edición cubana. La primera respuesta positiva la obtuve de una editorial de la Guayana Francesa; sin dudas porque el pasado esclavista de ese departamento francés de ultramar la hacía particularmente sensible a un relato que recrea, de manera imaginativa y poética, uno de los elementos fundacionales del Caribe: la esclavitud, el mestizaje, el racismo, la lucha por la libertad. No en balde yo había concebido esa historia cuando vivía en la parte más caribeña de Cuba y, además de ese capítulo de la historia nacional, pude interpretar un episodio decisivo de mi propia familia paterna: la compleja relación entre mi abuela mestiza de amerindio y africano, y mi abuelo blanco. Un drama amoroso que yo mismo viví en 1983 participó, si no en la trama, sí en la motivación y en ciertos sentimientos que determinan el tono a la obra.




Heme aquí, incrustado gracias a la IA en la tapa de la versión 2017 de 
La leyenda de Taita Osongo

Ya en la primera versión que ilustré (para la editorial Capiro de mi casi natal Santa Clara, en el centro de Cuba) la versión gráfica del brujo africano Taita Osongo y el joven esclavo criollo Leonel tienen algo de mí. El personaje aludido en el título volvería veinte años después en un cuento para niños: El camino del monte (Gente Nueva. La Habana, 2016) o, en su versión depurada Le chemin de la forêt (La Lucarne des écrivains. París, 2023) donde, pese a un concepto gráfico diferente, se combinan algunos de mis rasgos con los de los antepasados africanos que no conocí, pero pude adivinar en algunos miembros de mi familia.

Mi primo Ramiro, comuniante

mi abuela, adolescente

Lo cubano en La leyenda de Taita Osongo

Contrariamente a lo que el título incita a creer, La leyenda de Taita Osongo no se basa en una leyenda afrocubana, en orichas y patakines o en tradición oral alguna de mi país de origen. Si la última versión de la novela no presenta cambio textual alguno, desde el punto de vista gráfico intenté acentuar en las ilustraciones las referencias cubanas que ya estaban en el texto gracias a Nicolás Guillén (taita Osongo es uno de los brujos reyes del país imaginario de Sóngoro Cosongo; el tercer libro del poeta), a Lino Novás Calvo (cuya novela Pedro Blanco el negrero, que yo no conocía en 1983, consolida mi personaje de Severo Blanco) y Onelio Jorge Cardoso (que cito en situaciones y personajes del episodio del murciélago). Acudí entones, de manera casi inevitable, a Wifredo Lam; pintor afocubano (por cierto, paisano y contemporáneo de mi abuela paterna). 
La huella de Lam se perfila en estas ilustraciones de la versión 2017 y en la ilustración de tapa: mi modesto homenaje a su más famoso cuadro: La Jungla.





Cuando di por fin terminada La leyenda de Taita Osongo, en 2001, renuncié a explicar cómo se forja la relación de Taita Osongo, ya cimarrón, con el guije y los animales que intervienen hacia el final de la novela. Narrar esos hechos, hubiese quebrado la estructura del relato, particularmente delicada a causa de su brevedad y estilo poético. 
Casi diez años después hice un par de dibujos, redacté el cuento -en francés- y elaboré una primera versión ilustrada que, de momento, no halló editorial. En 2015 la editorial cubana Gente Nueva aprobó la publicación de mi versión en castellano, pero por razones técnicas o estéticas (solo me constan los problemas materiales) el resultado fue extremadamente decepcionante. Aún tardé ocho años en tener entre mis manos una edición francesa que se acerca a lo que deseaba.

Al concebir el personaje (en sus tres versiones: la de Capiro 2009, la de Orphie 2017 y la estrenada en La Habana (2015) y corregida en 2023 (La Lucarne des Ecrivains, Paris) no me paré delante de un espejo. Se trataba de concebir a un africano ya entrado en años, extremadamente delgado y golpeado por la vida, y reflejar eso en el estilo que había escogido para los respectivos libros: La leyenda de Taita Osongo (destinatario juvenil, ilustraciones en blanco y negro) y Taita Osongo: el camino del monte (destinatario infantil, ilustraciones a todo color). Solo a posteriori, por mi mismo o por sugerencia ajena, me asaltó la sospecha de que -de alguna manera- el personaje, sobre todo en la última versión, se me parece un poco.

 
Tras las tapas de la edición cubana y francesa, 
me imagino en el rol del protagonista.

Ya he dicho que no soy de los autores que necesitan vivir lo que escriben. Ni siquiera soy de los que escriben lo que observan a su alrededor... aunque esto último puede ocurrirme. Es el caso de mi cuento La canción del castillo de arena. Inicialmente titulado "Castillos van, castillos vienen", el cuento inició carrera en traducción al portugués (Era uma vez um jovem mago (Editora Moderna. São Paulo, 1991) antes de aparecer en castellano (Los cuentos del mago y el mago del cuento (Ediciones de la Torre. Madrid, 1995). Doce años más tarde, por primera vez con mis propias ilustraciones, el cuento aparece en forma de álbum ilustrado; en una primera versión francesa (La chanson du château de sable. Ibis Rouge. Matoury, 2007) y en la segunda versión publicada en castellano y en euskera por la editorial A Fortiori (Bilbao, 2007)





Las primeras ilustraciones, realizadas respectivamente por el brasileño Rui de Oliveira y Biblioteca de Lastanosa (pseudónimo bajo el que colaboraron los españoles Francisco Meléndez y Justo Núñez) presentaban a un niño blanco en una playa convencional, lo cual correspondía al tema y tono de la historia; universales. Sin embargo, mi historia se inspira en la conversación que sostuve con un joven amigo en una playa Siboney, próxima a Santiago de Cuba, en 1983. Esa no es una playa de arena sino de minúsculos guijarros; con los cuales es imposible construir castillos de arena. Unos cinco años después imaginé una playa de arena y una relación armoniosa entre un niño y su padre: todo lo contrario del paisaje y los hechos reales. 
Solo en 2007, cuando decidí publicar el cuento en formato álbum, con ilustraciones mías, a todo color, recordé que casi todos los presentes en la playa Siboney (nombre de uno de los pueblos precolombinos de Cuba) eran negros y mulatos. Como el libro iba a ser estrenado en la Guayana Francesa, que también albunda en gente "de color", estimé justo ofrecer a los niños que iban a leerme personajes que se les parecieran.   

Hay quien me ha dicho que me retraté
en el niño del cuento, pero yo sé que a quien
se parece es a aquel amigo mío de Santiago de Cuba.

En cualquier caso, la proyección o introspección personal en la construcción de personajes, escenarios y tramas, e incluso en las ideas presentes en el texto, tienen relaciones variables con la persona del autor. Un escritor responsable piensa sobre todo en la coherencia de su obra, en la "ley fundamental" que rige ésta, y no en sí mismo. Es eso lo que explica que los lectores puedan, ellos también, alojarse en los personajes y revivir los sucesos contados, compartir ideas y emociones. 
Esto es, desde mi punto de vista y modo de trabajar, lo principal en el oficio literario.






16/9/26

LITERATURA INFANTIL: Contradefensa y paradoja

 

CONTRADEFENSA DE LA LITERATURA


INFANTIL (SINECDOQUE Y PARADOJA)

 

Los he perdido. Desde el título mismo he perdido al 95% de los lectores habituales de esta revista. A pesar de las ínfulas eruditas de mi título es evidente que no he podido engañarlos porque, vamos a ver, ¿quién va a creer que puede hablarse de manera seria y trascendente de asunto tan ligero como la literatura infantil?

¡Por supuesto que el lector sensato sabe lo que es la literatura infantil! ¿Acaso no leyó libritos ilustrados y novelitas de aventuras en su infancia? ¿Y qué adulto no ha tenido que leerle al hijo, sobrino o nieto un cuento (con muchos dibujos, corto y que termine bien, para que se duerma rápido)? ¿Quién no ha tenido en las manos Había una vez? ¿Quién ignora la existencia de obras respetables como El principito o La Edad de Oro?

Pero es que, al margen de algunas excepciones, ¡hasta la denominación misma resulta risible! LITERATURA INFANTIL. Es algo así como casar a La Chica de Tus Sueños con el Bobo del Pueblo.



El lector sensato no quiere ofender a nadie. Admite que hablar de literatura infantil sea importante para maestros, bibliotecarios otros profesionales consagrados a la infancia, pero eso es tema de publicaciones especializadas y no de medios ambiciosos como éste, destinado a trascender entre el Gran Público.

Si el que suscribe estas líneas conoce verdaderamente los densos vocablos de su título, considerará el sensato lector medio, bien hará en intentarlo de nuevo hablando de poesía (incluso si nadie la lee), novelas y ensayo; de historia, economía y demás graves cuestiones en torno al individuo y la sociedad que dejan sin protección capilar a las más sesudas autoridades intelectuales de nuestra época. 

Pues bien, y aún a riesgo de perder el 5% de lectores que podrían ser mis cómplices (lo que es un mal cálculo porque los otros 95% no llegarán hasta esta línea), debo decir que las objeciones precedentes, que no he imaginado, sino simplemente transportado, no carecen totalmente de justificación.

Es cierto que en las librerías, escuelas y ferias del libro de todo el mundo desembarcan cada año miles de títulos absolutamente abominables, decididamente banales, francamente prescindibles o apenas tolerables.

Dicho sea de paso, el porcentaje de subproductos no es más elevado en la actividad editorial para niños que en su equivalente para mayores; pero de la misma manera que después de los 18 años no consumimos vitaminas para el crecimiento ni dentífrico reforzado con flúor, es perfectamente comprensible que el adulto común se desinterese de una producción donde se mezclan juegos de mesa (y ahora también electrónicos), cuadernos de aprendizaje con trucos más o menos lúdicos, historieta gráfica, novelitas con finales alternativos o valores transversales, rimas bastante de ocasión, cuentos folclóricos, etc.




Sin embargo, dentro de esta masa enorme, cuya utilidad no es discutible, pero sí limitada a un público determinado en un momento determinado y para una necesidad determinada (y por tanto sin dimensión estética), existen cuentos y novelas, así como una cantidad menor de poemarios y piezas teatrales que no pueden ser considerados otra cosa que Literatura. Esa producción, de cuidadas esencia y factura no tiene por qué interesar al lector adulto pues su misión es convertir en imágenes literarias las preocupaciones e intereses de los chicos; intereses, preocupaciones y representación estética que ya habrían sido consumadas por sus mayores.

El problema es que demasiado a menudo se pasa por alto que no toda la literatura infantil es literatura para niños (solamente) y que entre sus difusas fronteras se encuentran decenas de obras que merecen e incluso prestigian todas las mayúsculas de Las Bellas Letras.

Díganme, sinceramente, ¿qué sería de la civilización occidental si escritores que prácticamente no se encuentran fuera de las colecciones infantiles como Lewis Carroll, Hans Christian Andersen, Julio Verne, Robert Louis Stevenson y un larguísimo etcétera, no hubieran inventado mitos tales como Alicia, su conejo y su espejo, la Sirenita y el Emperador vestido de nada, el misterioso Capitán Nemo o Jim Hawkins, el cojo Silver y cierta Isla del Tesoro...? Eso sin mencionar invenciones sin las cuales los psicoanalistas andarían en taparrabos como La Bella Durmiente y su beso, Blancanieves y sus enanos, Scherezada y su cuento interminable, Cenicienta y su zapato, Peter Pan y el rechazo a crecer, la nariz mitosensible de Pinocho...

No temo me argumenten que Perrault, los hermanos Grimm y compañía sacaron algunas de esas maravillas simbólicas del acervo popular, porque me bastaría replicar que con su «plagio» le salvaron estos escritores la vida al tal Acervo, dándole la forma literaria que vuelven a quitarle ahora, sin ninguna consideración, las adaptaciones comerciales (que además de no abonar derechos de autor tampoco pagan por su crimen de lesa literatura).

También sacaré a cuento a inmortales como Robinson, Gulliver, D'Artagnan o Bilbo el Hobbit... sin que me arredre el hecho de no haber sido concebidos para chicos, puesto que esos personajes, precisamente, demuestran que este campo de la creación literaria no tiene fronteras, y esa es una de las piedras angulares de mi defensa.



(Ya lo decía el sensato lector al principio: no podía ser que el autor de este panfleto no estuviera de parte de la minoría y la paradoja).

La literatura infantil no está definida ‑como tanto se ha dicho‑ por los temas y tratamiento apropiados a la comprensión de su peculiar destinatario. No la definen el bagaje intelectual y vital inherente a la infancia, sino la estetización de la forma peculiar que tienen los más jóvenes de apropiarse y relatar el universo.

Los niños no son adultos en miniatura ni esbozos de adultos; son seres distintos, con otra perspectiva de las cosas, con un carácter inevitablemente dialéctico debido a que están aprendiendo el lenguaje, construyendo su personalidad y estructurando su noción del universo según las leyes de la física, el tiempo y la cultura de su grupo. Los niños son seres capaces de una maleabilidad y de un nivel de absorción de conocimientos que raros adultos consiguen conservar. Por todo eso la literatura infantil no está «limitada» al chico, sino abierta gracias al hecho de tenerlo precisamente a él como destinatario.

Y no olvidemos que el público infantil está abierto horizontalmente, porque no existen dos niños idénticos, y verticalmente; porque los niños crecen y cuando los libros que les damos son realmente buenos van a acompañarlos toda la vida, incorporándose a la experiencia estética y al arsenal afectivo del Hombre o Mujer que serán durante los 60 ó 70 años de su restante existencia (a menudo demasiado uncida al arado de la sobrevivencia para adquirir nuevos sueños y convicciones).

Lo específico de la literatura infantil, insisto, no es alimentar al niño con una versión del mundo a su nivel. Lo que la caracteriza es haber convertido en rasgo estilístico la forma singularmente creativa que tienen los chicos de mirar, relacionarse con el mundo y expresarlo. Todo esto interpretado, contado y organizado por un adulto especializado en estéticos trajines con el lenguaje. Un adulto que, si es un auténtico creador, no vacilará en singularizar su discurso volcando en él su propia vida ‑de sus ilusiones a sus experiencias y terrores‑ para configurar una obra única y personal para nada inferior a la que se escribe para adultos, pero que, estilísticamente, será reconocible como parte del universo estético infantil.


MORALEJA (como las que ya no se usan)

La literatura infantil tiene, además de los recursos que comparte con la literatura para adultos, riquezas propias; y sin ella, la representación estética del hombre y su mundo quedaría severamente mutilada, y ninguno de nosotros sería el mismo.

 

Joel Franz Rosell


Originalmente publicado como “Sinécdoque, paradoja y contradefensa de la literatura infantil”. El Gallo Ilustrado. México, 23 de enero de 2000.

 

7/9/26

CONVERSACIÓN CON UN AUTOR CUBANO

Conversación con un autor cubano 



El escritor e investigador cubano Yunier Riquenes me entrevista desde México, donde reside actualmente, para conversar sobre mi trayectoria literaria, mi trabajo como ilustrador, mis libros, literatura infantil y literatura cubana. Un privilegio y una ocasión de encontrar nuevos lectores y reencontrarme con los anteriores.
(para escuchar la entrevista, haga clic en el título)


Apasionado lector desde chiquito
(hacia 1964 con mi hermano Rubén, mi hermana Eunice,
mi madre, mi abuela y un tío en Sancti Spiritus)


mi primera novela la escribí en un cuaderno escolar que forré
con un dibujo inspirado por la película francesa La guerra de los botones


mi primera publicación no fue un texto (cuento o crítica literaria) 
sino este dibujo en el semanario humorístico Melaíto.
Santa Clara, Cuba, marzo de 1974


soy un gran amigo y colaborador de la biblioteca Martí, de Santa Clara
donde me ocupé del taller literario infantil y de su boletín Meñique (el dibujo 
y letraje los hice en 1976) y fueron utilizados durante unos 20 años


en el boletín de la Universidad Central de Las Villas
publiqué mi primera reseña de libro y alguno de mis primeros cuentos
a mediados de los años 70


durante muchos años escribí a mano y el proceso de corrección era laborioso


un verdadero escritor tiene que desechar una gran parte de lo que escribe

con la máquina de escribir en la que fue mecanografiado
el primer manuscrito que envié a premio en 1977




tapa, contratapa y página de títulos del manuscrito que presenté
al premio de la Unión de Escritores de Cuba en 1977. 
Como se ve siempre tuve mi visión sobre ilustración y diseño




mi primera novela publicada, El secreto del colmillo colgante
(Gente Nueva. La Habana, 1983)


nueva versión, en ocasión del 30 aniversario,
con cambios que justifican el nuevo título de 
El secreto del colmillo dorado (Hilman/Libros&Libros. Bogotá, 2013)



adaptada al formato historieta (Verde Olivo. La Habana, 1987
mi propuesta sufrió de los estereotipos étnicos y políticos de la época


ALGUNAS CERCANÍAS LITERARIAS 


Hans Christian Andersen es uno de mis escritores preferidos
Aquí junto a la estatua de Andersen en Copenhague, 1991

ante la tumba de Erich Kaestner en Munich (2005)


con mis colegas y compatriotas Félix Luis 
Viera y Luis Cabrera Delgado en Santa Clara, Cuba, 1993

con el escritor cubano Albertico Yáñez en Río de Janeiro, 1990

con la escritora Nersys Felipe en La Habana, 2015

con las escritoras brasileñas Ana María Machado y Lygia Bojunga Nunes
en sendos congresos de la Organización internacional del libro infantil y juvenil

en el escritorio de Alejandro Dumas
Castillo de Montecristo, afueras de París, 1995


con la estatua de Julio Verne niño en Nantes, Francia, 2011

con mis compatriotas Leonardo Padura y Karla Suárez
en el Festival América. Vincennes, Francia, 2010


SOBRE ALGUNOS DE MIS LIBROS 



 las dos versiones (Moderna, Sao Paulo, 1991) y Ediciones de la Torre
Madrid, 1995) del primero de los libros donde utilicé mi estilo más personal: la 
"fantasía comprometida"

mi mejor libro de misterio

uno de mis cuentos preferidos, me introdujo
en el prestigioso catálogo de Kalandraka
y me introdujo por segunda vez en la selección The White Ravens 
de Mejores libros infantiles del mundo (Biblioteca Internacional
de la Juventud. Munich, 2007)

Quizás mi mejor libro, La leyenda de Taita Osono
fue estrenado en francés en 2004 y desde 2006 está en catálogo
del Fondo de Cultura Económica. Posee también versiones en Brasil, Argentina y Cuba, 
que le otorgó el Premio La Rosa Blanca a los mejores libros infantiles y juveniles del año.


primero de la serie Gatito, este es mi libro más traducido
con 10 versiones que incluyen el inglés, el coreano y el chino


Desde su primera versión, Las aventuras de Rosa de los Vientos y Perico el de los Palotes (1996)
a la más reciente Los aventureros de la Cometa. Panamericana, Bogotá, 2020)
esta "novela en ocho cuentos y medio" es uno de mis títulos más versionados.
Reconocido como uno de los mejores libros infantiles publicados en el mundo
por la Biblioteca Internacional de la Juventud (Munich)


Mi tesoro te espera en Cuba comenzó su camino en francés
 (Paris, 2000), recibiendo el Premio de la Ville de Cherbourg al año siguiente.
Cuenta tres versiones en castellano: Buenos Aires (2002), 
Zaragoza (2008) y la actual (Verbum. Madrid, 2023) que cuenta
con mis propias ilustraciones.
de mis libros recientes, uno de los que prefiero es
esta fábula política de ambiente latinoamericano y mucho humor
Edebé. Barcelona, 2020


Tito y el misterioso Amicus es mi libro mexicano más exitoso.
Es una novela que combina fantasía y realidad y se basa en un secreto de familia
que embrujó toda mi infancia y adolescencia.
Apareció por primera vez en Cuba, en un volumen que incluye otra
aventura de Tito: un niño con mucha imaginación y una enigmática abuela.

por esos caprichos de la vida editorial, mi best-seller francés 
ha sido traducido al inglés, el japonés, el chino y el coreano
... pero sigue inédito en español.

CON MIS LECTORES POR EL MUNDO


Biblioteca Martí. Santa Clara, 1993

Biblioteca Martí, 2013


Campos de Goytacazes, Brasil, 1991


Escuela García Lorca. París, 1998


Buenos Aires, 2001

Lycée français. Munich, 2005


Maripasoula. Guayana Francesa, 2005


colegio Cristo Rey, Medellín, 2014


Feria Internacional del libro de Tesalónica. 
Grecia, 2008


Congreso de Lengua y Literatura Hispanoamericanas
Bogotá, 2013


Feria internacional del libro de Panamá, 2012

festival Tempo Latina de Vic-en-Fezenzac, Francia, 2013

durante un taller en el Festival de la Palabra.
San Juan, Puerto Rico, 2013



I Juego Literario de Barcelona, 2014

festival Voix Vives. Sète, Francia, 2023



UN VIEJO ESCRITOR Y UN JOVEN ILUSTRADOR


Aunque siempre hice mis garabatos e incluso mi primera publicación fue un dibujo humorístico, durante décadas, creí que los dibujos eran solo un entretenimiento o una manera de esclarecerme paisajes, personajes o situaciones narrativas que se me resistían. Debí darme cuenta de que no era solo así mucho antes de asumir las ilustraciones de mi primer libro vasco (2006), puesto que varios de mis primeros manuscritos los acompañé de dibujos... que decían cosas que no estaban en el texto.


De hecho, las primeras historias que puse en papel carecían de texto y las narraban los dibujos. No recuerdo ninguna de aquellas historias, pero el protagonista era un superhéroe que me inventé poniéndole cabeza y extremidades a una D mayúscula.
Así era, según más o menos lo recuerdo, SUPER PECHO:

 
Yo tenía entonces unos diez años
Mucho habría de llover hasta que puse como colofón de mi libro vasco 
al dinosaurio que aquí ven:
  

Siguen dos dibujos de ese primer libro como ilustrador:
Hontzak kontatu zidan. Desclée. Bilbao, 2006
(edición en euskera). 
El primer concepto lo abandoné por el segundo, que finalmente resultó publicado...
aunque en blanco y negro, con baja resolución y sobre un lamentable papel:




uno de mis primeros dibujos publicados
en Francia (La chanson du château de sable
Ibis Rouge. Matoury, 2007)


literatura y humor gráfico


este es uno de esos dibujitos que me ayudan a imaginar
las escena que escribo; realizado a veces
en las páginas de un manuscrito

En algunos casos, esos dibujos pasaron a un cuaderno de croquis


y terminaron por aparecer en páginas impresas


Los tres ejemplos anteriores corresponden a mi novela
Mi tesoro te espera en Cuba



del primer libro que ilustré para Colombia: Había una vez un espantapájaros
Hillman/Libros&libros. Bogotá, 2015


pésimamente impresas, las ilustraciones de El camino del monte (Gente Nueva.
La Habana, 2017) debieron esperar a la versión francesa Le chemin de la forêt.
La Lucarne des Ecrivains. París, 2023) para parecerse a los originales.


mis ilustraciones para La leyenda de taita Osongo, versión francesa
(Orphie. Saint-Denis, 2017) reelaboradas a partir de las de la edición
cubana (Capiro. Santa Clara, 2009) y de un estudio de la obra de Wifredo Lam
a la que rindo homenaje visible en la ilustración de tapa:


ilustración de tapa para la edición francesa de 2017 de
La leyenda de Taita Osongo
inspirada en el cuadro La Jungla, de Wifredo Lam


































El autor en su obra

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