fragmento del capítulo 6 "Sólido, líquido o gaseoso"
Junto a la palmera más próxima,
una pareja de pálidos turistas nórdicos yacía sobre sendas toallas con el logo
del hotel. Los acompañaban dos individuos que llamaron la atención de Yauri:
uno, bajo y corpulento, mostraba discretamente a los turistas una especie de
botella de cerámica, mientras el otro, esbelto y con varios collares de cuentas
sobre el pecho, les hablaba en inglés.
Cuando Héctor vino a
proponer su traje de baño a quien quisiera darse un chapuzón, Robin fue el
primero en aceptar, pero Yauri lo retuvo.
—Deja que vaya Migue y
traduce lo que está diciendo aquel tipo.
—¿Cuál? ¿El sólido o el
líquido?
Todos entendieron que
"el Sólido" era el moreno corpulento y que "el Líquido" era
el pálido flaco con el pelo decolorado.
—En la escuela también nos
enseñaron el estado gaseoso —recordó Migue antes dejar sus gafas en la frente
de Dina y correr hacia el mar—... pero los gases no se ven.
Los demás guardaron silencio
mientas Robin aguzaba el oído.
—Dice el Líquido que la
botella es del siglo XVIII y que la venden en cincuenta dólares.
—Ya me parecía a mí que esos
no se traían nada bueno —comentó Yauri—. Sepan que eso es una estafa o un
intento de contrabando. Un objeto del siglo XVIII es una antigüedad y vale
mucho dinero. Y de todos modos, el comercio de antigüedades está estrictamente
reglamentado por el ministerio de cultura, que se encarga de proteger nuestro
patrimonio artístico e histórico. Así que, o esos tipos tratan de engañar a los
turistas con una falsificación o le están robando una verdadera antigüedad al
país.
Héctor se incorporó,
cerrando los puños.
—¡Pues no van a salirse con
la suya!
Pero Dina le tiró del
tobillo, haciéndole caer a la arena:
—Debemos utilizar la
astucia, no la fuerza.
—Estoy de acuerdo con Dina
—dijo Yauri.
—Y yo tengo un plan —añadió
Robin.
—Desembucha —mandó el jefe.
Un momento después, el
pelirrojo estaba disfrazado de extranjero: Yauri le había prestado sus
sandalias artesanales y Héctor su camiseta adornada con el toro rojo de los
Chicago Bulls, Dina le había hecho varias trencitas, adornándolas con los
elásticos que sacó de su propia “cola de caballo”.
Cuando llegó junto a los
cuatro adultos, el Líquido estaba diciendo que a los turistas europeos la
aduana nunca les revisaba el equipaje. Y añadió, jugueteando nerviosamente con
sus collares, que una “pieza” como aquella costaría diez veces más en el
extranjero.
Los turistas comenzaron a
discutir en una lengua que solo ellos entendían y Robin aprovechó para poner en
práctica su plan.
—How much do you want for that?
—preguntó en el perfecto inglés que aprendiera con su abuelo.
Los cuatro adultos le
miraron sorprendidos.
—Pregunta cuánto queremos
—tradujo el Líquido a su compinche.
—Sixty dólares —respondió el Sólido, aumentando el precio al instante.
Sin mostrar el menor
titubeo, Robin se puso en pie.
—Okay,
I take it. Come with me.
—¡Acepta! —tradujo el
Líquido—. Dice que vayamos con él.
Robin había hablado con tal
aplomo que no solo los dos elementos, sino hasta los turistas nórdicos creyeron
hallarse ante el consentido hijo de algún ricachón.
—Deben ser de los que vienen
en yate —especuló el Sólido—. Ofrécele también el candelabro y la pistola.
—No me parece una buena idea
—respondió el Líquido.
—¡Sería un negocio redondo!
—insistió el Sólido.
—Sí, pero sería mucho dinero
y si nos piden una rebaja por las tres cosas, acabaremos perdiendo.
Los delincuentes hablaban en
voz baja aunque pensaban que Robin no hablaba español. Sin embargo, el muchacho
no solo entendía el idioma, sino que tenía un excelente oído.
"¡Qué susto van a
llevarse cuando me oigan decirle a los del hotel, que estos dos quieren
venderme un pedazo de patrimonio!".
Sin embargo, cuando se
disponían a cruzar el umbral, una furgoneta pitó de manera peculiar y los dos
elementos dejaron plantado a Robin. Sin siquiera intercambiar unas palabras con
el chofer, subieron al vehículo, que se puso inmediatamente en marcha.
En el último momento, el
Líquido asomó la cabeza por la ventanilla y gritó:
—See you tomorrow!
Los otros miembros de la
pandilla se reunieron inmediatamente con Robin.
—¡Qué rabia! —comentó Dina—.
¡Ya casi los teníamos!
—¿Ven que sí que había un
Gaseoso? —comentó Migue—. El chofer que salió de la nada.
—¡Esta vez sí tenemos el
número de la matrícula! —informó Yauri, satisfecha—. Vamos a avisarle al
capitán Ulloa para que los sorprenda con la botella encima.
—¿Y por qué no esperamos?
—propuso Robin—. Tienen más cosas: hablaron de un candelabro y no sé qué más.
—Pero no estamos seguros de
encontrarnos de nuevo con ellos...
—¡Pues mira que sí! —explicó
el pelirrojo—. Lo que gritó el Líquido cuando la furgoneta ya se iba fue:
"¡Mañana nos vemos!".
Héctor se frotó las manos,
satisfecho:
—¡Pues aquí los estaremos
esperando! Que no se diga que los Exploradores Incógnitos no saben respetar una
"cita de negocios".
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