LIBROS CON PAGINA PROPIA

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Ilustración de Francisco Meléndez para "Los cuentos del mago y el mago del cuento"

mi otro blog en castellano

cuentosdelmagodelcuento.blogspot.com


es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

pour mes amis français, j'ai créé une autre page
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8/8/14

un tardío homenaje a Onelio Jorge Cardoso


 

En mayo pasado se cumplió el centenario de una de las mayores figuras de la narrativa cubana, Onelio Jorge Cardoso (11 de mayo de 1914 en Calabazar de Sagua, en la antigua provincia de Las Villas-La Habana, 29 de mayo de 1986). Pese a no pasar del Bachillerato, dio muestras de una ciencia literaria incomparable en la decena escasa de libros de cuentos que publicó a partir de 1945. “Taita, diga usted cómo”, “Mi hermana Visia”, “El caballo de coral”, entre otros, se encuentran entre las joyas del relato breve cubano y le ganaron el epíteto de El Cuentero Mayor (glosando el título de otro de sus famosos cuentos de ambiente campesino). El otro terreno donde alcanzó el más alto prestigio es la literatura infantil, especialmente con la publicación de “Caballito blanco” (1974), designado el mejor libro infantil cubano por las principales autores para niños en activo a fines de los 80 (encuesta desarrollada por el sociólogo Sergio Andricaín). Onelio, que también publicó la novela ecológica juvenil Negrita (1984), publicó su primer cuento infantil en 1960, cuando la moderna literatura infantil cubana apenas daba sus primeros pasos, pero el mundo de la infancia siempre le interesó. En la mayoría de sus colecciones de cuentos (para adultos) no solo hubo siempre piezas que profundizaban en las complejidades del alma infantil, sino textos dirigidos expresamente a los chicos.

junto a otra grande de la literatura infantil cubana, la mucho mejor recordada Dora Alonso (1910-2000)
Si la fecha del centenario de Onelio (así lo llamábamos todos, “Onelio” a secas) se me escapó es porque el Cuentero ha sufrido en los últimos 25 años el mismo olvido que otras grandes figuras de la literatura cubana del siglo XX. La lucha por la vida cotidiana y los cambios brutales experimentados por el quehacer artístico en la Isla, han hecho olvidar a muchos escritores contemporáneos lo que debemos a nuestros inmediatos predecesores. No es realmente mi caso, pero igual se me escapó la fecha del centenario… y ninguna información procedente de Cuba me alertó sobre la efemérides. Fue solo hace unos días que me dio por frecuentar el portal de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba http://www.uneac.org.cu y en su página dedicada a la literatura infantil, “La lechuza andarina” (que glosa el título del primer cuento infantil cubano contemporáneo “La lechuza ambiciosa”, del propio Onelio) hallé un grupo de artículos consagrados al gran autor.  
O sea, que el centenario no fue pasado por alto en Cuba, pero… ¿basta con esto?

No, puesto que el mejor homenaje que se puede rendir a un escritor, y la mejor manera de hacer fructificar su legado, es reeditar su obra. Y eso se ha hecho raramente en los últimos 25 años (basta con echar un vistazo a su bibliografía).
Ocurre con los grandes autores que todo el mundo cree ver en ellos una confirmación de sus propias ideas estéticas y hasta en su acción cotidiana. Y cuanto menor es el creador que a su sombra se pone, más es la deformación del modelo. Así, entre mediados de 70 y principios de los ochenta proliferaron en Cuba libros de cuentos protagonizados por animales que supuestamente seguían los caminos abiertos por el siempre aplaudido “Caballito blanco” (o por “Compay Grillo”, de Anisia Miranda, que durante un tiempo pareció emular al susodicho), sin que los imitadores fueran capaces de insuflar a sus textos lo que distingue y eleva los de Onelio: la gracia criolla de su lenguaje y situaciones, la ligereza de sus mensajes y la hondura de sus lecciones de vida (implícitas, por supuesto), por no hablar de la estructura impecable.

Más recientemente he visto con asombro cómo un teorizador de la generación de los 90 asegura que Onelio era partidario de los llamados “temas difíciles”, confundiendo la franqueza y profundidad de los cuentos infantiles del Cuentero con cierta narrativa (y la crítica que pretende imponerla como modelo) que ve en el abordaje crudo de los momentos más duros de la realidad, la gran contribución estética de la literatura infantil cubana posterior a 1990 (que de paso resulta reducida a la producción de un grupo autores emergidos durante el llamado Período Especial). Peor aún, hay quien osa cuestionar la legítima aspiración de los escritores de la Isla en ver remunerado de la mejor manera posible su trabajo (tanto en cuestión de derechos de autor como en el terreno de las actividades de promoción) asegurando que Onelio no hubiera reclamado el tratamiento justo y hubiese hecho don de su persona y obra. Es una lamentable traspolación de una figura que, fuera del coro de elogios generados por su centenario, había sido –ya lo dije- bastante olvidada.



Testimonio

No recuerdo cuándo exactamente conocí a Onelio. Fue ciertamente a fines de los años 70 cuando yo comenzaba a abrirme paso en el ambiente literario; menos como narrador (mi producción por entonces era muy inmadura y nadie daba “un peso” por ella) que como crítico (en 1977 comencé a colaborar con El Caimán Barbudo y otras publicaciones culturales donde adquirí merecidamente la reputación de crítico implacable). Tuve el placer de coincidir con él en algunas jornadas literarias, pero recuerdo en particular un momento no particularmente glorioso. Creo que fue en 1979, cuando su natal provincia Villa Clara le rindió un muy regateado homenaje con motivo de su 65 cumpleaños. Los responsables culturales se las habían arreglado para organizarlo todo de manera lamentable, pese a los buenos consejos y generosa disposición prodigados por los responsables de la Brigada Hermanos Saíz de Escritores y Artistas Jóvenes (yo era entonces presidente de la Sección de Literatura) y los escritores de mayor dimensión que residían por entonces en la capital provincial, encabezados por de Carlos Galindo y Félix Luis Viera.

Onelio era extremadamente popular, incluso entre gente que raramente leía, y muy querido por su buen carácter y humildad (virtud escasa en el mundillo literario), pero en ocasión del gran homenaje público, que tuvo lugar en centenario Teatro La Caridad,  los funcionarios que yo acostumbraba a llamar “cultureros”, por parecer más sepultureros que promotores de la cultura, se contentaron con llenar el coliseo de estudiantes secundarios a los que lo único que les interesaba era escapar, por unas horas, de sus aulas. Yo estaba cerca de Onelio en el momento de salir al escenario a recibir una ovación barata. Lo vi recorrer con la mirada el graderío y sacudir la cabeza, disimulando su decepción. Nada dijo, porque su modestia era tan proverbial como sincera, pero había comprendido perfectamente la estafa. Cuando le ofrecí mis excusas por aquella culpa ajena, se limitó a darme una palmadita en el brazo, como diciendo: “No te preocupes, muchacho, ya he pasado por otras”.


primera edición de "Negrita"


Poco tiempo después supe, por una entrevista, que Onelio trabajaba en un nuevo libro. Era el regreso del “Maestro”, que llevaba varios años sin publicar, e incluso lo haría en un género enteramente nuevo para él: la novela juvenil.  Por entonces yo me interesaba especialmente en la narrativa para jóvenes. No tanto porque yo mismo estaba por publicar mi primer libro dentro de ese género (El secreto del colmillo colgante, 1983), sino porque hasta entonces no llegaban a la media decena las publicadas o en proceso editorial.

La publicación de Negrita demoró muchísimo (ignoro la razón, pero la pereza editorial cubana era bien conocida) y yo me impacientaba. En más de una ocasión le pedí a Onelio que me dejara leer el manuscrito, pero siempre, con su ejemplar delicadeza, se las arregló para no complacerme sin darme tampoco una negativa clara). Yo adivinaba, sin embargo, que Onelio me tenía miedo. Creo que por entonces se sentía un tanto inseguro respecto a su capacidad creadora y yo, con la falta de tacto que me caracterizaba, hubiera cometido la imperdonable pifia de señalarle los defectos que, pese a la singularidad de la obra, vi en su primera lectura.




Mi afecto por Onelio era, sin embargo, muy grande. Tengo en mi archivo un estudio que no llegué a publicar, titulado “Y Onelio nos regaló un caballo blanco y una perrita negra”. No recuerdo que esas páginas contengan otra cosa que un análisis inflamado de las virtudes de los dos grandes libros que el Cuentero legó a los niños (de cualquier edad) de nuestro país. 

Bibliografía infantil y juvenil:

La lechuza ambiciosa. Departamento de Cultura del Gobierno Municipal Revolucionario, Santa Clara, en 1960

Tres cuentos para niños.  Editorial Gente Nueva, La Habana, 1968

Caballito blanco. Editorial Gente Nueva, La Habana, 1974

Los indocubanos. Editorial Gente Nueva, La Habana, 1981 (relato informativo, en colaboración con Modesto García, ilustrador)

Negrita. Editorial Gente Nueva, La Habana, 1984

Dos ranas y una flor.  Editorial Gente Nueva, La Habana, 1987

"Caballito blanco"
  (fragmento) 
Era, primero un carrusel, o un niño primero y un carrusel después. Nunca se sabrá.
La cosa es que el niño estaba enfermo de un mal de pie o de pierna que lo tenía impedido de caminar. Así pues, se pasaba el tiempo mirando por la ventana abierta dar vueltas al carrusel y oyendo su música alegre del otro lado de la calle.
Veía los corcelitos pasar corriendo, desbocados, las bocas rojas de grandes dientes blancos y las crines de madera sueltas al viento.
De modo tal que le fue tomando tanta simpatía al caballito, que no hubo tarde que no lo mirara ni noche que no soñara con él. Y, precisamente, una de esas noches en que estaba soñando, sintió un fuerte resoplido junto a la ventana, ¡brrrrr!, y despertó sorprendido por los ojos del caballito que lo miraban.
— Oye, ¿qué te parece si damos una vueltecita por el campo? —dijo, y el niño se sintió tan contento que le saltó el corazón de alegría.
— ¡Ahora mismo! —dijo
— Pues monta —respondió el caballito. Pero de repente el niño se contuvo:
— Es que la pierna... el pie... Mi tía dice que hay que esperar.
— Bueno —contestó el corcelito blanco—, si te alegra, ¿qué daño puede hacerte?
— ¿Tú crees? Tal vez puede que sea así.
— Entonces no perdamos más tiempo. Salta y monta, que viene el día.
Y así lo hizo el muchacho, más contento que nunca y oyendo en la noche el galope del caballito que golpeaba las calles de la ciudad.
Claro, que hay que ver lo que es el nacimiento del día cuando queda aún alguna estrella demorada en el cielo. Y luego, cuando la mañana se va desprendiendo de las nubes, con su pupila de colores bonitos. Estas cosas son más lindas de ver que de contar; y eso fue lo primero que asombró al muchachito, ya en pleno campo, al amanecer, cuando el caballito se detuvo resoplando [...]



"Dos ranas y una flor" es el último libro infantil publicado por Onelio Jorge Cardoso. Apareció dos años después de su muerte, pero los dos textos que lo componen "Carapacha y el río" y el que le da título" los había incluido en su última colección general, La cabeza en la almohada (1983), confirmando su costumbre de ofrecer sus textos infantiles a sus lectores adultos, y de no establecer diferencia alguna (que en su práctica no la hay) entre esos dos destinatarios. Es el único libro de Onelio que me parece ilustrado a la altura de lo que él merece, gracias al indiscutido talento de Reinaldo Alfonso.

la primera máquina que utilicé: sala Juvenil de la Biblioteca Marti. Santa Clara, Cuba (foto de 1993

Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.


Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Tengo músculos de payaso






PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).