LIBROS CON PAGINA PROPIA

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es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

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La Isla de las Alucinaciones

La Isla de las Alucinaciones
Premium editorial. Sevilla, 2017
Premio Avelino Hernández de Novela Juvenil, 2016
162 pp.
recomendada a partir de 11 años
http://www.editorialpremium.com/author/jfranzrosell/
La Isla de las Alucinaciones es una novela de aventuras ambientada en la Cuba actual, aunque con referencias a un momento particular de la historia de este país: la entrada de más de 100 000 chinos, en condiciones próximas a la esclavitud, desde mediados del siglo XIX. Es en torno a una localidad (imaginaria) poblada por descendientes de chinos, ubicada en una zona poco poblada de la costa nordeste de Cuba, que se desarrolla una aventura contemporánea en torno a otro tráfico no menos infame...


Todo comienza cuando Paloma, una española de 12 años, llega a La Habana para asistir a la boda de su tía con el hijo de su mejor amigo cubano (Mi tesoro te espera en Cuba. Edelvives. Zaragoza, 2008, Hachette. París, 2000, cuenta la primera aventura de Paloma; pero la lectura de ambas obras puede hacerse de manera independiente). 


Paloma y Jorge se trasladan a La Chongolina, pintoresca aldea de pescadores de origen chino, donde los esperan los otros miembros de la pandilla. Sus relaciones no son siempre armoniosas, sobre todo a causa de los celos que enfrentan a Maruchi y Paloma, y al choque cultural. Entre otros misterios pronto destaca el de la Isla de las Alucinaciones, un islote cercano que con sus enigmas atrae a los pequeños aventureros. El grueso de la historia se desarrolla allí, pero el final, muy movido, ocurre en un territorio inesperado... 

Digo más en

                                       


La Isla de las Alucinaciones recibió el V Premio Avelino Hernández de Novela Juvenil, otorgado por el Ayuntamiento de Soria en diciembre 2016)

El jurado, presidido por el escritor y ganador de la primera edición del certamen César Ibáñez París, e integrado por el también escritor Andrés Martín, el crítico literario y librero César Millán, la profesora y autora Susana Gómez Redondo, la periodista Sonia Almoguera y el concejal de Cultura en el Consistorio, Jesús Bárez, ha elegido la obra por su brillante apuesta por la aventura y la cotidianeidad en una historia que tiende puentes entre España y Cuba con constantes guiños a las variedades idiomáticas de ambos países. También destacó el jurado el amplio abanico de edades que abarca la novela. 

(tomado de la nota de prensa difundida por la concejalía de cultura del ayuntamiento de Soria)

con los miembros del jurado en junio, al recibir el premio
En un contexto de ausencia creciente de obras latinoamericanas en el panorama español del libro infantil y juvenil, La Isla de las Alucinaciones no es solo una de las raras novelas en haber recibido recientemente un premio de este rango, y la primera de un antor no español que alcanza el premio Avelino Hernández.






El lanzamiento de la novela, cuidadosamente editada por la editorial Premium, tuvo por escenario la décima edición de Expoesía, la feria del libro de Soria, a mediados de agosto. 



El evento está dedicado esencialmente a la poesía, pero el tema de este año, Exilios y poesía le viene perfectamente bien a la novela puesto que en ella se habla del traslado violento y casi siempre sin regreso, de miles de chinos a Cuba (a fin de sustituir la trata negrera, prohibida gradualmente desde 1818) y también se evocan otras formas de exilio y emigración ya abordadas en Mi tesoro te espera en Cuba); sin hablar de mi propia experiencia como expatriado... que comenté en respuesta a la pregunta de un escritor franco-camerunés, que quiso saber mi posición sobre la doble nacionalidad en la multiculturalidad que tanto caracteriza a la literatura contemporánea.


el lanzamiento tuvo lugar en el idóneo espacio, bajo los plátanos, que dispone
la Alameda de Cervantes junto a la antigua Ermita de la Soledad.
Con un público numeroso... aunque quedaran vacías, por la habitual timidez,
las sillas más cercanas a la mesa.



Entrevistado por Radio Francia Internacional en el Salón del libro y la prensa para niños y jóvenes de Montreuil (Francia), hablé de mis dos novedades de los meses finales de 2017: "La Isla de las Alucinaciones" (Editorial Premium) y la segunda edición francesa, esta vez con mis ilustraciones, de "La leyenda de Taita Osongo" (que en castellano publica desde 2006 Fondo de Cultura Económica).
La entrevista se puede escuchar haciendo clic en:
http://es.rfi.fr/cultura/20171130-joel-franz-rosell-literatura-afrocubana-para-jovenes







fragmento del capítulo 9
Iniciaron la escalada por una cañada seca. Allí el repelente de Paloma se reveló incapaz de mantener a raya a todos los insectos y Maruchi no perdió la ocasión de hacerlo notar. Sin embargo, también la vegetación fustigaba a los exploradores. Tío Chiquito intentaba despejar el paso con su machete, pero cuando al fin llegaron a la cumbre, tenían picaduras, arañazos y magulladuras por todas partes.
La brisa fresca y la belleza del paisaje los ayudaron a olvidar sus penas. Hacia el norte, la vista volaba sobre el océano hasta alcanzar la curva del horizonte y por el sur la costa cubana se elevaba hasta la azulada lejanía de las montañas. Sin embargo, de la propia Isla de las Alucinaciones solo conseguían a ver una porción. La laguna estaba a sus pies, pero la Cala del Aguijón quedaba oculta por las copas de unos árboles y la playa Larga se escondía tras una vaga neblina.
–¡Qué niebla tan extraña! –comentó Jorge–. No entiendo cómo puede resistir al sol y la brisa.
–Ni que la hubieran puesto adrede para impedirnos ver qué hay del otro lado –comentó Kilito.
–Cuando no es neblina, son espejismos, corrientes caprichosas o bancos de arena que cambian de lugar –dijo Tío Chiquito–. No por nada le pusieron Isla de las Alucinaciones.
–¡Todo tiene su explicación científica! –protestó Carbó–. En torno a la laguna el suelo es pantanoso y alrededor de la isla hay poco fondo. En los dos casos se produce mucha evaporación. El aire tiembla, como en los desiertos o en las carreteras durante el verano, y la imagen se deforma: es lo que llamamos espejismos.
–El viejo y yo hemos visto luces vagando por la costa –insistió Tío Chiquito, y añadió con ironía–. Era de noche y en invierno, así que no podía ser ni evaporación ni espejismo.
–Los espectros de Jefe Escorpión y sus bandidos –sugirió Maruchi–. O los de los chinos que no sobrevivieron al viaje desde Cantón.
–¡Ni fantasmas ni chinos muertos! –se exasperó Carbó–. Eran fuegos fatuos: todas las ciénagas y manglares producen de gas inflamable.
Tío Chiquito se encogió de hombros y propuso regresar a la playa. Kilito, Carbó y Maruchi lo acompañaron, pero Paloma se retrasó tomando unas fotos y Jorge decidió esperarla. Ya se disponían a dar alcance a los otros, cuando un sordo gruñido los detuvo.
–¿Qué animal puede hacer semejante ruido? –preguntó Paloma con un escalofrío.
–No sé. Únicamente un toro salvaje… pero no creo que haya ninguno en la isla.
Paloma encendió su grabadora y la orientó hacia la playa Larga, pues de allí parecía venir el extraño sonido. Acababan de escucharlo por segunda vez cuando Tío Chiquito y los otros comenzaron a llamarlos.
–¡Vamos! –dijo Paloma–. Les haremos escuchar la grabación. A lo mejor ellos tienen idea de qué puede ser.
Pero ni Carbó, que se interesaba en todo, ni Tío Chiquito, que conocía bien la región, pudieron explicar el rugido.
–No es nada que yo haya oído antes –dijo el chongolino–. Y ciertamente no es el grito de un animal.
–No pretenderás que sea de origen sobrenatural –protestó Carbó.
–¿Y por qué no? –terció Maruchi, completamente seria–. Si la Isla de las Alucinaciones tuviera voz, sería esa.


dibujo tomado de las márgenes del manuscrito


fragmento del capítulo 12

El jefe de la unidad era un teniente de mediana estatura, pero musculoso. La nariz en forma de pico de águila y el bigotazo negro le daban un aire particularmente severo.
–¿En qué puedo servirlos, compañeritos?
Carbó contó su visita a la Isla de las Alucinaciones y el hallazgo de la avioneta. No hizo ninguna mención a las rarezas del lugar ni al miedo que los chongolinos le tenían, y por eso resultó más inesperada la reacción del teniente:
–¡Qué disparate! ¿Nadie les advirtió que esa isla es peligrosa?
–Nos hablaron de apariciones, fuegos fatuos y otras supercherías por el estilo… Usted no se refiere a eso, ¿verdad?
El policía se mordió el bigote, incómodo. Kilito se preguntó si era porque él también era supersticioso o por el tonito despectivo de Carbó.
–Todo es peligroso en la isla: los bancos de arena, los arrecifes, la plaga, la ciénaga y… otras cosas que nadie sabe explicar –replicó el policía al fin–. En cualquier caso, les recomiendo no volver.
–¿Y la avioneta? –preguntó Carbó imperturbable.
–No creo que haya peligro en sobrevolar la Isla de las Alucinaciones…
–Pero aterrizar allí, ¿le parece normal?
El policía se mordió el bigote con más fuerza y Kilito se dijo que esta vez los iba a echar a patadas. Sin embargo, el hombre respiró hondo y dijo:
–Iré a echar un vistazo. Regresen a La Chongolina y no se preocupen más del asunto.
–¿No va a tomarnos declaración? –preguntó Carbó.
El bigotudo se levantó con brusquedad mal disimulada, abrió la puerta y le ordenó al policía de la recepción que les tomara declaración, nombre y dirección. Cuando los dos chicos salieron de la oficina dio un portazo, sin responder al “Hasta luego, compañero” de Carbó.
Una vez en la calle, Kilito reprochó a su amigo la forma en que se había comportado.
–¡Ese policía es un vago! –se justificó Carbó–. Es de los que dicen: “no dejes para mañana lo que puedas hacer pasado mañana”.
–¿Tú qué sabes? Te pasaste todo el tiempo diciéndole lo que debe hacer.
Carbó se encogió de hombros.
–No hay que buscarse enemigos por gusto –opinó el Ñato.
–Yo solo quiero que averigüe qué pasa con esa avioneta –replicó Carbó–. Pero estoy seguro de que no hará nada. Dejará pasar días antes de pensar si vale la pena tomarnos en serio.
Se equivocó por completo. Esa misma tarde, el teniente se presentó en La Chongolina. Y a juzgar por el rumbo de su lancha, venía de la Isla de las Alucinaciones. Estuvo una hora 


con los chicos. Les preguntó toda clase de detalles sobre sus dos visitas a la isla y los felicitó por no haber alarmado a los habitantes de La Chongolina con el tema de la avioneta.

–He hablado con el piloto y me explicó que vino a probar un insecticida que podría resultar dañino para la salud humana. Lo mejor es que nadie se acerque a la isla durante las próximas semanas.
Antes de marcharse, el teniente habló con la abuela de Maruchi y le insistió en que impidiera a los chicos volver a la Isla de las Alucinaciones. Desde la popa de la lancha, se despidió agitando un brazo.

–¡Caramba, Carbó! –exclamó Maruchi–. ¿Y este es el odioso haragán que nos habías pintado?
–Te lo dije –remachó Kilito–. Con tus puyas y consejitos lo pusiste de mal humor. Él sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
–¡Son todavía más bobos de lo que el teniente esperaba…! –murmuró Carbó, hundiendo aparatosamente la cara entre las manos. Y a continuación chilló–: ¡Nos ha contado una sarta de patrañas con el único propósito de mantenernos apartados de la isla!

dibujo tomado de la página final del manuscrito

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la primera máquina que utilicé: sala Juvenil de la Biblioteca Marti. Santa Clara, Cuba (foto de 1993

Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.


Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Tengo músculos de payaso






PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).