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es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

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14/7/15

Mi guerra de los botones




He tardado 25 años, pero al fin he terminado la lectura de “La guerra de los botones”, un clásico francés de 1912 que, en un estilo entre naturalista y costumbrista, describe la vida de un pueblito de la Francia profunda a fines del siglo xix.  La novela de Louis Pergaud (1882-1915) quizás hubiera pasado al olvido de no ser por la genial adaptación cinematográfica realizada por Yves Robert en 1962. Esta película me fascinó al punto de hacerme salir del modesto cine Villaclara y correr a casa para empezar, poco antes de cumplir los 13 años, la primera novela de una serie de 54 ((para siempre inéditas, aunque conservo una docena de manuscritos, entre ellos el de esa inaugural “Acción en el arenal”) que sentaría las bases de mis inicios en la creación literaria y que ha dejado su huella en mis novelas realistas “El secreto del colmillo colgante” (1983) y su nueva versión, “El secreto del colmillo dorado” (2013), “Mi tesoro te espera en Cuba” (2000-2002) y “Exploradores en el lago” (2009).



Tapa y portadilla de mi primera novela "Acción en el arenal" (1967)




                  

             "El secreto del colmillo colgante (1983) y "El secreto del colmillo dorado (2013),
                               herederas de mi pasión fecunda por "La guerra de los botones"

Yves Robert supo captar lo mejor de la novela de Louis Pergaud: el humor y la fuerza vital de los preadolescentes, suavizando con su ironía y ternura el realismo a veces amargo, y el estilo un poco denso y anticuado del autor. Robert también supo actualizar las costumbres, el lenguaje e incluso algunos elementos de la trama… que trasladó a la época de filmación. Yo hice lo mismo: copié bastante de la película, pero adaptando historia y personajes a mi época y realidad de estudiante de octavo grado en la Cuba de fines de los 60.



                                       

 Esta es una de las situaciones de la novela que la película supo recrear de manera más eficaz: los chicos deciden combatir desnudos para evitar que los estragos causados a sus ropas los denuncien ante sus padres. Con el pudor que me caracterizaba por entonces, en mis dibujos vestí a mis héroes de simples andrajos.


Si “La guerra de los botones” ocupa, pese a todo, un lugar en la historia de la literatura francesa es por dos razones: porque se trata de un libro pacifista publicado por uno de los movilizados franceses caídos en los primeros meses de la Primera Guerra Mundial y porque Pergaud fue probablemente el primer escritor francés en presentar personajes pre-adolecentes sin idealización ni autocensura.
Pero como dije, el estilo de Louis Pergaud está muy lejos de ajustarse a los gustos juveniles (no solo hoy, sino ya en su época, pues él no se dirigía a los chicos, sino que los tenía por objeto). Por vocación naturalista, utiliza un lenguaje no solo marcado por una época lejana sino por cierta manera de captar las especificidades e incorrecciones lingüísticas que solo puede interesar hoy a historiadores o lingüistas. Hoy, ni siquiera en Francia, son muchos los que leen o conocen directamente la principal (que no única) novela de Pergaud.

 Pacifista, Louis Pergaud murió durante la primera guerra mundial. 
Esta foto lo muestra en su uniforme de sargento



Cuando conocí, en diciembre de 1988, a la que sería mi esposa francesa, no tardé en contarle mi experiencia con “La guerra de los botones”. Pienso que fue ella quien me reveló la existencia de la novela que inspiró a Yves Robert. Que yo sepa, la película no volvió a ser proyectarse en Cuba, pero en su país de origen es obra de culto, y durante mi primer viaje a Francia, a fines de 1989, no me resultó difícil hallarla en un cine del Barrio Latino. El mal francés que yo hablaba en la época no me impidió revivir las impresiones de mi primer encuentro con el excelente filme de Robert, pero cuando compré la novela debí rendirme ante mi incapacidad para sortear los escollos de un lenguaje plagado de regionalismos, expresiones obsoletas o mal escritas según la calamitosa ortografía de niños campesinos del Franco Condado casi un siglo antes). No me resultó más fácil la lectura en el ejemplar de 1984 de la traducción de Anaya, que conseguí en la librería hispánica de Río de Janeiro, pues aunque el traductor se ufana de haber encontrado “el equivalente más adecuado… en nuestro idioma”, lo que hizo fue volcar la prosa de Pergaud en un molde peninsular que me supo todavía más rancio.     


Es por eso que tardé tantos años en terminar de leer “La guerra de los botones”. Solo cuando mi dominio del francés me permitió afrontar el texto original, pude disfrutar los indudables valores del estilo de Pergaud: la sutileza con que analiza el pasional mundo de los niños y el de sus adultos (padres, maestro, vecinos), conformista y prejuicioso, así como la inteligente parábola que hace el sensible autor de la guerra y del poder en su escala más cotidiana, doméstica, escolar y pueblerina. Fue en junio de 2015 (¡un siglo tras la muerte del autor) que leí, casi de un tirón, el tercio final de la novela, la cual gana en ritmo y eficacia hasta concluir con una frase a la que, pese a todas sus cualidades, la película de Yves Robert no supo consagrar: la lúcida y melancólica reflexión de La Crique, el más inteligente de la pandilla, quien anticipa el fin próximo de su propia infancia: “¡Y pensar que cuando crezcamos vamos a ser tan tontos como ellos!”



 


El tormento de Lebrac (foto del filme) lo convertí en la tortura de Telémaco, sin grandes cambios, como se ve



Mi colega y amigo mexicano Alejandro Sandoval me ha confesado que él también es un gran admirador de “La guerra de los botones” y se ha empeñado en conseguir que algún editor publique su propia traducción. Persuadido de que ni siquiera una traducción actualizada puede hacer que los jóvenes actuales amen la vieja novela de Pergaud, yo acaricio otro proyecto, escribir “Mi guerra de los botones”, una novela en que combinaría la historia original, la película de 1962 y mis propias inquietudes literarias en los tiempos en que los ardores de la adolescencia comenzaban a quemar la leña verde de mi infancia.

Pero… ¿saldré victorioso de tal batalla… si alguna vez la emprendo? 






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la primera máquina que utilicé: sala Juvenil de la Biblioteca Marti. Santa Clara, Cuba (foto de 1993

Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.


Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Tengo músculos de payaso






PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).