LIBROS CON PAGINA PROPIA

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Ilustración de Francisco Meléndez para "Los cuentos del mago y el mago del cuento"

mi otro blog en castellano

cuentosdelmagodelcuento.blogspot.com


es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

pour mes amis français, j'ai créé une autre page
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13/6/11

"mi identidad por un plato de raíces" en Peonza n° 96




¿MI IDENTIDAD A CAMBIO DE UN PLATO DE RAICES?


                                       ¿De qué le sirven sus raíces a un árbol que desconoce sus hojas, flores y frutos?   
                                        



Lo que debes trasmitirle es el acento cubano, la grandeza de la expresión de Martí. La Antología de la poesía cubana te puede ser muy útil en este sentido, pues he procurado subrayar la nota cubana de sus poemas, siempre dándoles a comprender (a los lectores) que esa cubanía no es cosa externa, los cocoteros, las bandurrias y el bailongo, sino tratar de sorprender ese inefable cubano, un airecillo, una ternura, un estar y no estar. En fin, lo que cada cubano sencillo, cuando llega a su madurez, percibe como notas distintas, únicas, significantes de su circunstancia.
José Lezama Lima


Hijo de Eurípides caza ratones... de biblioteca

Mi padre se llamaba Eurípides.
¿Cómo podría resistir la tentación literaria alguien que convivió desde el nacimiento con semejante patronímico? La responsable es mi abuela, que tropezó durante su embarazo con una obra del famoso trágico (nunca me aclaró si la había leído en versión integral o en prosaica adaptación). Brillante profesor de matemáticas, el único gran fracaso pedagógico de mi padre consistió en no lograr inculcarme la más elemental certeza euclidiana.

Por un azar (“concurrente”, añadiría socarrón el poeta cubano José Lezama Lima) también mi madre tuvo un nombre griego. Y si bien ninguna Águeda brilla en la historia de las Bellas Letras, la que me trajo al mundo era profesora de Castellano y Literatura... aunque perteneciente a esa extraña, pero no rara, especie de profesoras de literatura que leen poco.
O sea que no me corresponde realmente aquello de “hijo de gato caza ratones”... A menos que sea como excepción que confirma el refrán.

El caso es que yo no soy hijo de Changó (el dios afrocubano del fuego, la guerra justa y la virilidad) ni "hijo de Siboney" (cultura aborigen a la que rinde homenaje un viejo son), aunque mi fisonomía revele sangre africana, aborigen... y de los españoles que se mezclaron con los dos grupos anteriores para engendrar el pueblo cubano.

No es necesario explicar lo que España dejó en Cuba: la lengua, las instituciones, mucha gastronomía, música, literatura y tradiciones. Algo que nos une a la península y al resto de Hispanoamérica, y que no precisa desglose aquí, por obvio.

En cambio, las culturas aborígenes se extinguieron tan rápidamente que de su escaso desarrollo cultural poco nos quedó. Más complejo es el caso de la cultura afrocubana, que posee una rica literatura oral. Los patakines -singular combinación de fábula, mito y cuento picaresco de raíz yoruba- forman sin dudas un corpus narrativo lleno de sabiduría y fascinante fantasía; pero tanto los protagonizados por animales simbólicos como los que ponen en escena a los orichas (héros-dioses africanos perfectamente adaptados a la realidad y el imaginario cubano) han visto, incluso hoy, su difusión limitada por sus funciones y tabúes religiosos.

Lo cierto es que, antes que hijo de Cuba, soy hijo de Eurípides Rosell y Águeda Gómez y de las lecturas y otras formas culturales que ellos dejaron entrar en mi casa. Ambos eran mestizos de extracción popular, pero no me pusieron en el biberón esa salsa afrocubana que todo el mundo identifica con la “Perla del Caribe”. Los pocos cuentos de tradición oral que oí en mi entorno familiar procedían de la picaresca criolla o de remotas fuentes literarias, no de la mitología afrocubana. Mis padres no frecuentaban los bailables (prefiriendo, de última, el sosegado danzón al son telúrico), tampoco bebían ron ni fumaban puros ni paladeaban el quimbombó ni se apasionaban con el béisbol ni jugaban bien al dominó. Yo los calificaría de cubanos inefables, para usar el calificativo de Lezama.

El de mi familia es el caso típico de aquellos mestizos cubanos que invirtieron talento y sudor en alejarse del sótano social donde se confinaba, apenas una generación atrás, a los esclavos y libertos. Mi abuela paterna nació solo 15 años después de la abolición definitiva de la esclavitud y no puedo razonablemente contar con que ninguno de mis tatarabuelos arrastrara la cadena infame. La necesidad de borrar ese “oscuro pasado” llevó a buena parte de la clase media-baja mestiza cubana a rechazar toda conexión cultural o religiosa con lo africano.

Por supuesto, nunca ignoré el color de mi piel ni tuve problemas de identificación con mestizos como mi padre, mulatos como mi madre o negros, como varios mis tíos y primos cercanos. Pero ni siquiera estos últimos aportaron a la construcción de mi identidad los rasgos culturales y de “modo de ser” más característicos del afrocubano. Lo cierto es que en la Cuba actual no puede hablarse de grupos étnicos. Los diversos rasgos de la cubanidad se reparten sin relación directa con la aparencia física: hay blancos de “cultura negra” y viceversa, y todo cubano, de manera estructural o superficial, y más o menos conscientemente, contiene todos los rasgos de la cubanidad... Otra cosa es que esté en condiciones de recrearla y trasmitirla convincentemente dentro de su propia creación.

“Todo eso está muy bonito, pero… ¿y tú dónde estás?”

La cultura oficial cubana -literatura y música “cultas”, cine, radio y televisión, artes plásticas o escénicas- que promueve el Estado (propietario absoluto, en mi país, de la escuela y los medios de comunicación) fue nacionalista solo en los tres o cuatro primeros años de la Revolución, consagrándose de manera progresiva y hasta la caída del “Muro de Berlín” en 1989, a ahondar el vínculo con la Unión Soviética y demás países del “socialismo real” y a cultivar un tercermundismo más político que cultural. Solo a partir de 1990, cuando yo llevaba año y medio residiendo en el extranjero, comenzó el Castrismo su retorno a sus olvidadas raíces nacionales.

En mis años de formación, las editoriales cubanas apenas compartían su monopolio de la venta de libros con las ediciones en castellano de los “países hermanos”, la Unión Soviética en particular. Se publicaron en aquellos años infinitamente más textos marxistas-leninistas, discursos de Fidel y la literatura “políticamente correcta” de Europa Oriental que del mundo restante. Salvo por algún raro título que cayó en mis manos de manera providencial, mis únicas lecturas contemporáneas eran lo escrito por compatriotas adeptos al “proceso revolucionario” y obras de países que nada tenían que ver con nuestras raíces (pongamos Mongolia, Bulgaria o Vietnam). Incluso fueron raros los libros documentales o de ficción que me dieron a conocer con profundidad la América retóricamente llamada “Nuestra” o el África tildada –con bastante oportunismo y alguna hipocresía– de “hermana”.

Afortunadamente, a los 11 años descubrí la “cámara del tesoro”. La biblioteca municipal estaba repleta de libros que jamás pasaron por las librerías: ediciones españolas de autores contemporáneos; británicos, escandinavos, alemanes y de otros países de Europa Occidental, entre ellos varios premios Andersen.

Cuando terminé mi primera novela, inspirada por la película francesa La guerra de los botones (Yves Robert, 1962), acababa de cumplir 13 años. Mis modelos literarios eran Enid Blyton y Hergé; una inglesa y un belga. Catorce años después, cuando entregué a una editorial habanera el que se convertiría en mi primer libro, El secreto del colmillo colgante (La Habana, 1983) a mis preferencias se sumaban Mark Twain, Erich Kästner, Ake Holmberg, el soviético Arkadi Gaidar y la cubana Dora Alonso.

En 1974 me incorporé al entonces dinámico movimiento de talleres literarios. Estas agrupaciones cumplían una doble función: posibilitar el desarrollo estético de escritores aficionados y/o noveles, y controlar su “correcta” orientación ideológica. Ya adulto, leí a muchos autores cubanos, del “Campo Socialista” y del “Tercer Mundo”, sin que ello me acercase más a mis raíces. Los negros y mestizos no éramos precisamente mayoría en los talleres literarios y, por otra parte, la cultura vernácula -afrocubana o hispanocubana- no abundaba en el paisaje editorial, fuera de formas que me parecían caducas, marginales o estereotipadas.

La preceptiva cultural del momento promovía el acercamiento al obrero y el campesino, a la “vida del pueblo”. Pero el realismo socialista no conquistó más que a un reducido y poco convincente puñado de autores. Por formación, por gusto y tal vez por conflicto generacional, yo oponía al localismo, el mimetismo y el descuido formal de muchos de mis colegas de taller literario, un concepto de literatura de alcance universal y excelencia estilística.

Tras unos años de tanteos infértiles, en 1979 comencé algo diferente, consecuente con el “universalismo” que me seducía: una fábula ecológico-política con la que conseguí mi primer premio y publicación nacional: el cuento “La gran rosa blanca”, que junto a otros textos similares integró el que sería mi segundo libro (estrenado en Santiago de Cuba en 1987, y en su versión actualizada y corregida, publicado por la editorial mexicana Progreso con el título de La lechuza me contó).

Con aquellas primeras “fabuleyendas” yo daba un paso decisivo hacia la construcción de un estilo propio. Pero mi identidad de autor seguía demasiado subordinada a la satisfacción de las necesidades de mi destinatario para pasar definitivamente de una literatura para niños a una plena literatura infantil. Por lo demás, aquellos textos ecológicos recreaban un mundo “esencial” donde ni siquiera los animales y plantas protagónicos eran reconociblemente cubanos.

Fue el gran novelista José Soler Puig quien, tras leer el manuscrito de mis “fabulendas”, puso el dedo en la yaga al espetarme: “Mira, todo eso está muy bonito, bien escrito y demás… pero ¿y tú dónde estás?”

Acababa yo de instalarme en la muy caribeña Santiago de Cuba y poco después, sin que hubiera la menor relación con las palabras de Soler Puig, la visita a una asociación musical de barrio me reveló la potencia de una cultura afrocubana que, por primera vez, resonó en mis entrañas.

Un año después terminaba un relato que, sin proponérmelo y sin estar siquiera consciente de ello, resume metafóricamente el doloroso mestizaje que construyó al pueblo cubano... y a mi propia familia. Gané con esa obra el premio José María Heredia; así denominado en honor al poeta que propició a los cubanos su primer amor romántico a la patria. Una patria que todavía no asumía al negro, mayoritariamente esclavo en esa primera mitad del siglo XIX.

Pero renuncié a la posibilidad de publicar un manuscrito que presentaba de manera maniquea al antagonista, reduciendo por ende la dimensión de los héroes. La solución técnica del problema pude haberla encontrado mucho antes; pero para que ese libro alcanzara el equilibrio que exigía su mensaje, me resultaba indispensable el proceso de investigación sobre mí mismo y sobre la identidad cubana que cubrí en l9 años de trashumancia por Brasil, Dinamarca, Francia, Argentina y la Guayana Francesa. La publicación de La leyenda de taita Osongo -primero en francés, en castellano dos años después y posteriormente en portugués- ejemplifica el camino que debían recorrer esta obra y su autor. Es quizá mi más ambiciosa y ciertamente la que más me compromete.

Lo realmente significativo de esa novela es que utilizo la estructura de un cuento tradicional ruso junto a algún elemento muy libremente inspirado de las religiones afrocubanas para contar un amor imposible entre un negro esclavo y una muchacha blanca, hija de un traficante y propietario de esclavos. Mi motivación inmediata fue un conflicto amoroso (aunque el diferente color de piel no es lo que impedía aquella relación). Muchos años después comprendería que la inspiración profunda me llegaba de mucho más lejos y profundo: del amor frustrado de mi abuela, mestiza de negro y aborigen, por el hombre blanco que le negó su apellido a mi padre.

Raíces subterráneas, raíces aéreas...

En toda obra hay parte de la vida y de los sueños del autor. Su vida y sueños están anclados en una determinada evolución familiar y social, en sus estudios, en el marco socio-económico de su infancia y adolescencia, en las obligaciones que siente respecto a su cultura, a sus modelos y maestros. Por ejemplo, mi novela Exploradores en el lago refleja mi compromiso con la ecología, nacido en la pasión con que me empeñé en revivir un limonero reseco del patio de la casa a la que me mudé antes de cumplir seis años; pero también se nutre de la “escuela al campo” (período que todo escolar cubano pasaba, cada año, como obrero agrícola, descubriendo, en compensación por las asperezas de la experiencia, la naturaleza tropical en su más nítida expresión).

Otro tanto puedo decir de libros como Javi y los leones y El pájaro libro. ¿Dicen acaso menos mis raíces que la Leyenda de Taita Osongo ? No lo creo: el método y la entraña evocada son diferentes sin dudas, pero se trata por igual de esenciales componentes del individuo que soy: si en La leyenda... hablo de mi identidad familiar y nacional, en El pájaro libro ahondo en mi obsesión de escritor que quiere ser leído, entrar en contacto directo con su lector (y yo no vivo del cuento, vivo para el cuento). Por su parte, Javi y los leones es una historia que me rondó desde la más temprana infancia; sublimando problemas como la timidez, el miedo a la soledad, la detestación de la violencia y la búsqueda de la figura protectora que mi padre -incapacitado por su propia privación paterna- era incapaz de encarnar.

Son ésos rasgos definitorios, constituyentes esenciales de mi persona y que me construyen como sujeto particular dentro del colectivo al que pertenezco por herencia, contagio o acomodamiento. Es en el conflicto dialéctico entre las raíces plurales y la personalidad singular que se construye todo individuo. De la misma manera que un pueblo se parece más a la yuxtaposición de sus componentes individuales que a un supuesto mínimo denominador común.
El colectivo no es la masacre de los individuos.
No es de sangre que se nutren las raíces sino de agua: sudor y lágrimas… las de felicidad incluidas.

Joel Franz Rosell


Peonza N° 96 / Cantabria / Abril 2011

SUMARIO

EDITORIAL: Iberoamérica y la LIF: falamos español - hablamos portugués.
Fanuel Hanan Díaz: ¿Literatura infantil latinoamericana?
Ana María Machado: Raíces que nutren y sostienen.
Joel Franz Rosell: ¿Mi identidad a cambio de un plato de raíces?
Enrique Pérez Díaz : Mis raíces duermen bajo el mar
Javier Flor: Horizontes cercanos o cómo hablar de Literatura Infantil en Iberoamérica en el siglo XXI.
ENTREVISTAMOS A : Marina Colasanti.
MIL PALABRAS PARA UNA IMAGEN. José Luis Polanco: Ser sombra y vacío.
BIBLIOTECA
NOTICIAS
COLOFÓN
NUESTRO ILUSTRADOR: Gabriel Pacheco.
GALERÍA

1 comentario:

nemo dijo...

es mucho lo que se habla es nuestros tiempos de las raíces. Debe ser por el individualismo galopante de la sociedad contemporánea y por el desarrollo simultáneo de lo que parece su contrario: el comunitarismo. Es interesante cómo Rosell opone las raíces familiares y personales a las raíces sociales y nacionales de un mismo individuo, que aparecen como un par dialéctico en creativa contradicción

la primera máquina que utilicé: sala Juvenil de la Biblioteca Marti. Santa Clara, Cuba (foto de 1993

Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.


Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Tengo músculos de payaso






PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).