mi otro blog en castellano
cuentosdelmagodelcuento.blogspot.com
es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...
pour mes amis français, j'ai créé une autre page
http://auteurjeunessedecuba.blogspot.com/
Páginas
LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA
(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)
Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.
Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.
Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?
“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio
Dios cró al hombre... y murió de parto.
…
Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?
No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.
Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.
{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}
Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo
Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.
Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.
El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.
Los peces no mueren, naufragan.
(Tengo músculos de payaso)
13/06/11
"mi identidad por un plato de raíces" en Peonza n° 96
¿MI IDENTIDAD A CAMBIO DE UN PLATO DE RAICES?
Lo que debes trasmitirle es el acento cubano, la grandeza de la expresión de Martí. La Antología de la poesía cubana te puede ser muy útil en este sentido, pues he procurado subrayar la nota cubana de sus poemas, siempre dándoles a comprender (a los lectores) que esa cubanía no es cosa externa, los cocoteros, las bandurrias y el bailongo, sino tratar de sorprender ese inefable cubano, un airecillo, una ternura, un estar y no estar. En fin, lo que cada cubano sencillo, cuando llega a su madurez, percibe como notas distintas, únicas, significantes de su circunstancia.
José Lezama Lima
Hijo de Eurípides caza ratones... de biblioteca
Mi padre se llamaba Eurípides.
¿Cómo podría resistir la tentación literaria alguien que convivió desde el nacimiento con semejante patronímico? La responsable es mi abuela, que tropezó durante su embarazo con una obra del famoso trágico (nunca me aclaró si la había leído en versión integral o en prosaica adaptación). Brillante profesor de matemáticas, el único gran fracaso pedagógico de mi padre consistió en no lograr inculcarme la más elemental certeza euclidiana.
Por un azar (“concurrente”, añadiría socarrón el poeta cubano José Lezama Lima) también mi madre tuvo un nombre griego. Y si bien ninguna Águeda brilla en la historia de las Bellas Letras, la que me trajo al mundo era profesora de Castellano y Literatura... aunque perteneciente a esa extraña, pero no rara, especie de profesoras de literatura que leen poco.
O sea que no me corresponde realmente aquello de “hijo de gato caza ratones”... A menos que sea como excepción que confirma el refrán.
El caso es que yo no soy hijo de Changó (el dios afrocubano del fuego, la guerra justa y la virilidad) ni "hijo de Siboney" (cultura aborigen a la que rinde homenaje un viejo son), aunque mi fisonomía revele sangre africana, aborigen... y de los españoles que se mezclaron con los dos grupos anteriores para engendrar el pueblo cubano.
No es necesario explicar lo que España dejó en Cuba: la lengua, las instituciones, mucha gastronomía, música, literatura y tradiciones. Algo que nos une a la península y al resto de Hispanoamérica, y que no precisa desglose aquí, por obvio.
En cambio, las culturas aborígenes se extinguieron tan rápidamente que de su escaso desarrollo cultural poco nos quedó. Más complejo es el caso de la cultura afrocubana, que posee una rica literatura oral. Los patakines -singular combinación de fábula, mito y cuento picaresco de raíz yoruba- forman sin dudas un corpus narrativo lleno de sabiduría y fascinante fantasía; pero tanto los protagonizados por animales simbólicos como los que ponen en escena a los orichas (héros-dioses africanos perfectamente adaptados a la realidad y el imaginario cubano) han visto, incluso hoy, su difusión limitada por sus funciones y tabúes religiosos.
Lo cierto es que, antes que hijo de Cuba, soy hijo de Eurípides Rosell y Águeda Gómez y de las lecturas y otras formas culturales que ellos dejaron entrar en mi casa. Ambos eran mestizos de extracción popular, pero no me pusieron en el biberón esa salsa afrocubana que todo el mundo identifica con la “Perla del Caribe”. Los pocos cuentos de tradición oral que oí en mi entorno familiar procedían de la picaresca criolla o de remotas fuentes literarias, no de la mitología afrocubana. Mis padres no frecuentaban los bailables (prefiriendo, de última, el sosegado danzón al son telúrico), tampoco bebían ron ni fumaban puros ni paladeaban el quimbombó ni se apasionaban con el béisbol ni jugaban bien al dominó. Yo los calificaría de cubanos inefables, para usar el calificativo de Lezama.
El de mi familia es el caso típico de aquellos mestizos cubanos que invirtieron talento y sudor en alejarse del sótano social donde se confinaba, apenas una generación atrás, a los esclavos y libertos. Mi abuela paterna nació solo 15 años después de la abolición definitiva de la esclavitud y no puedo razonablemente contar con que ninguno de mis tatarabuelos arrastrara la cadena infame. La necesidad de borrar ese “oscuro pasado” llevó a buena parte de la clase media-baja mestiza cubana a rechazar toda conexión cultural o religiosa con lo africano.
Por supuesto, nunca ignoré el color de mi piel ni tuve problemas de identificación con mestizos como mi padre, mulatos como mi madre o negros, como varios mis tíos y primos cercanos. Pero ni siquiera estos últimos aportaron a la construcción de mi identidad los rasgos culturales y de “modo de ser” más característicos del afrocubano. Lo cierto es que en la Cuba actual no puede hablarse de grupos étnicos. Los diversos rasgos de la cubanidad se reparten sin relación directa con la aparencia física: hay blancos de “cultura negra” y viceversa, y todo cubano, de manera estructural o superficial, y más o menos conscientemente, contiene todos los rasgos de la cubanidad... Otra cosa es que esté en condiciones de recrearla y trasmitirla convincentemente dentro de su propia creación.
“Todo eso está muy bonito, pero… ¿y tú dónde estás?”
La cultura oficial cubana -literatura y música “cultas”, cine, radio y televisión, artes plásticas o escénicas- que promueve el Estado (propietario absoluto, en mi país, de la escuela y los medios de comunicación) fue nacionalista solo en los tres o cuatro primeros años de la Revolución, consagrándose de manera progresiva y hasta la caída del “Muro de Berlín” en 1989, a ahondar el vínculo con la Unión Soviética y demás países del “socialismo real” y a cultivar un tercermundismo más político que cultural. Solo a partir de 1990, cuando yo llevaba año y medio residiendo en el extranjero, comenzó el Castrismo su retorno a sus olvidadas raíces nacionales.
En mis años de formación, las editoriales cubanas apenas compartían su monopolio de la venta de libros con las ediciones en castellano de los “países hermanos”, la Unión Soviética en particular. Se publicaron en aquellos años infinitamente más textos marxistas-leninistas, discursos de Fidel y la literatura “políticamente correcta” de Europa Oriental que del mundo restante. Salvo por algún raro título que cayó en mis manos de manera providencial, mis únicas lecturas contemporáneas eran lo escrito por compatriotas adeptos al “proceso revolucionario” y obras de países que nada tenían que ver con nuestras raíces (pongamos Mongolia, Bulgaria o Vietnam). Incluso fueron raros los libros documentales o de ficción que me dieron a conocer con profundidad la América retóricamente llamada “Nuestra” o el África tildada –con bastante oportunismo y alguna hipocresía– de “hermana”.
Afortunadamente, a los 11 años descubrí la “cámara del tesoro”. La biblioteca municipal estaba repleta de libros que jamás pasaron por las librerías: ediciones españolas de autores contemporáneos; británicos, escandinavos, alemanes y de otros países de Europa Occidental, entre ellos varios premios Andersen.
Cuando terminé mi primera novela, inspirada por la película francesa La guerra de los botones (Yves Robert, 1962), acababa de cumplir 13 años. Mis modelos literarios eran Enid Blyton y Hergé; una inglesa y un belga. Catorce años después, cuando entregué a una editorial habanera el que se convertiría en mi primer libro, El secreto del colmillo colgante (La Habana, 1983) a mis preferencias se sumaban Mark Twain, Erich Kästner, Ake Holmberg, el soviético Arkadi Gaidar y la cubana Dora Alonso.
En 1974 me incorporé al entonces dinámico movimiento de talleres literarios. Estas agrupaciones cumplían una doble función: posibilitar el desarrollo estético de escritores aficionados y/o noveles, y controlar su “correcta” orientación ideológica. Ya adulto, leí a muchos autores cubanos, del “Campo Socialista” y del “Tercer Mundo”, sin que ello me acercase más a mis raíces. Los negros y mestizos no éramos precisamente mayoría en los talleres literarios y, por otra parte, la cultura vernácula -afrocubana o hispanocubana- no abundaba en el paisaje editorial, fuera de formas que me parecían caducas, marginales o estereotipadas.
La preceptiva cultural del momento promovía el acercamiento al obrero y el campesino, a la “vida del pueblo”. Pero el realismo socialista no conquistó más que a un reducido y poco convincente puñado de autores. Por formación, por gusto y tal vez por conflicto generacional, yo oponía al localismo, el mimetismo y el descuido formal de muchos de mis colegas de taller literario, un concepto de literatura de alcance universal y excelencia estilística.
Tras unos años de tanteos infértiles, en 1979 comencé algo diferente, consecuente con el “universalismo” que me seducía: una fábula ecológico-política con la que conseguí mi primer premio y publicación nacional: el cuento “La gran rosa blanca”, que junto a otros textos similares integró el que sería mi segundo libro (estrenado en Santiago de Cuba en 1987, y en su versión actualizada y corregida, publicado por la editorial mexicana Progreso con el título de La lechuza me contó).
Con aquellas primeras “fabuleyendas” yo daba un paso decisivo hacia la construcción de un estilo propio. Pero mi identidad de autor seguía demasiado subordinada a la satisfacción de las necesidades de mi destinatario para pasar definitivamente de una literatura para niños a una plena literatura infantil. Por lo demás, aquellos textos ecológicos recreaban un mundo “esencial” donde ni siquiera los animales y plantas protagónicos eran reconociblemente cubanos.
Fue el gran novelista José Soler Puig quien, tras leer el manuscrito de mis “fabulendas”, puso el dedo en la yaga al espetarme: “Mira, todo eso está muy bonito, bien escrito y demás… pero ¿y tú dónde estás?”
Acababa yo de instalarme en la muy caribeña Santiago de Cuba y poco después, sin que hubiera la menor relación con las palabras de Soler Puig, la visita a una asociación musical de barrio me reveló la potencia de una cultura afrocubana que, por primera vez, resonó en mis entrañas.
Un año después terminaba un relato que, sin proponérmelo y sin estar siquiera consciente de ello, resume metafóricamente el doloroso mestizaje que construyó al pueblo cubano... y a mi propia familia. Gané con esa obra el premio José María Heredia; así denominado en honor al poeta que propició a los cubanos su primer amor romántico a la patria. Una patria que todavía no asumía al negro, mayoritariamente esclavo en esa primera mitad del siglo XIX.
Pero renuncié a la posibilidad de publicar un manuscrito que presentaba de manera maniquea al antagonista, reduciendo por ende la dimensión de los héroes. La solución técnica del problema pude haberla encontrado mucho antes; pero para que ese libro alcanzara el equilibrio que exigía su mensaje, me resultaba indispensable el proceso de investigación sobre mí mismo y sobre la identidad cubana que cubrí en l9 años de trashumancia por Brasil, Dinamarca, Francia, Argentina y la Guayana Francesa. La publicación de La leyenda de taita Osongo -primero en francés, en castellano dos años después y posteriormente en portugués- ejemplifica el camino que debían recorrer esta obra y su autor. Es quizá mi más ambiciosa y ciertamente la que más me compromete.
Lo realmente significativo de esa novela es que utilizo la estructura de un cuento tradicional ruso junto a algún elemento muy libremente inspirado de las religiones afrocubanas para contar un amor imposible entre un negro esclavo y una muchacha blanca, hija de un traficante y propietario de esclavos. Mi motivación inmediata fue un conflicto amoroso (aunque el diferente color de piel no es lo que impedía aquella relación). Muchos años después comprendería que la inspiración profunda me llegaba de mucho más lejos y profundo: del amor frustrado de mi abuela, mestiza de negro y aborigen, por el hombre blanco que le negó su apellido a mi padre.
Raíces subterráneas, raíces aéreas...
En toda obra hay parte de la vida y de los sueños del autor. Su vida y sueños están anclados en una determinada evolución familiar y social, en sus estudios, en el marco socio-económico de su infancia y adolescencia, en las obligaciones que siente respecto a su cultura, a sus modelos y maestros. Por ejemplo, mi novela Exploradores en el lago refleja mi compromiso con la ecología, nacido en la pasión con que me empeñé en revivir un limonero reseco del patio de la casa a la que me mudé antes de cumplir seis años; pero también se nutre de la “escuela al campo” (período que todo escolar cubano pasaba, cada año, como obrero agrícola, descubriendo, en compensación por las asperezas de la experiencia, la naturaleza tropical en su más nítida expresión).
Otro tanto puedo decir de libros como Javi y los leones y El pájaro libro. ¿Dicen acaso menos mis raíces que la Leyenda de Taita Osongo ? No lo creo: el método y la entraña evocada son diferentes sin dudas, pero se trata por igual de esenciales componentes del individuo que soy: si en La leyenda... hablo de mi identidad familiar y nacional, en El pájaro libro ahondo en mi obsesión de escritor que quiere ser leído, entrar en contacto directo con su lector (y yo no vivo del cuento, vivo para el cuento). Por su parte, Javi y los leones es una historia que me rondó desde la más temprana infancia; sublimando problemas como la timidez, el miedo a la soledad, la detestación de la violencia y la búsqueda de la figura protectora que mi padre -incapacitado por su propia privación paterna- era incapaz de encarnar.
Son ésos rasgos definitorios, constituyentes esenciales de mi persona y que me construyen como sujeto particular dentro del colectivo al que pertenezco por herencia, contagio o acomodamiento. Es en el conflicto dialéctico entre las raíces plurales y la personalidad singular que se construye todo individuo. De la misma manera que un pueblo se parece más a la yuxtaposición de sus componentes individuales que a un supuesto mínimo denominador común.
El colectivo no es la masacre de los individuos.
No es de sangre que se nutren las raíces sino de agua: sudor y lágrimas… las de felicidad incluidas.
Joel Franz Rosell
Peonza N° 96 / Cantabria / Abril 2011 / 6,50 €
SUMARIO
EDITORIAL: Iberoamérica y la LIF: falamos español - hablamos portugués.
Fanuel Hanan Díaz: ¿Literatura infantil latinoamericana?
Ana María Machado: Raíces que nutren y sostienen.
Joel Franz Rosell: ¿Mi identidad a cambio de un plato de raíces?
Enrique Pérez Díaz : Mis raíces duermen bajo el mar
Javier Flor: Horizontes cercanos
o cómo hablar de Literatura Infantil
en Iberoamérica en el siglo XXI.
ENTREVISTAMOS A : Marina Colasanti.
MIL PALABRAS PARA UNA IMAGEN. José Luis Polanco: Ser sombra y vacío.
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NUESTRO ILUSTRADOR: Gabriel Pacheco.
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la literatura infantil latinoamericana
LA LITERATURA INFANTIL IBEROAMERICANA: NOTAS PARA UN VIAJE DE DESCUBRIMIENTO *
Revueltos, los orígenes
La literatura infantil, en tanto que entidad cultural definida es, en Iberoamérica, un producto del siglo XX. La especificidad del desarrollo económico, social, educativo y cultural de cada país permite un adelanto o retraso de algunos años en el proceso global y en su rapidez de desarrollo. Salvo raras excepciones (el cubano Martí o el colombiano Pombo), el XIX no supone otra cosa que un período de tanteos que repite caminos ya recorridos por la literatura europea: silabarios, catones, textos para la formación de jóvenes elites, las primeras fábulas en prosa y verso, compilaciones de cuentos populares, etc.
Algunos estudiosos han creído descubrir antecedentes de literatura infantil en los primeros siglos de la colonia, e incluso en la palabra cultivada de los tiempos precolombinos. Si entre los mitos y leyendas aborígenes y en las crónicas de la conquista podemos encontrar páginas cuyo contenido fantástico, épico o testimonial resulta interesante y útil al joven lector de hoy, ello no nos autoriza a considerarlas literatura infanto‑juvenil porque carecen de una intencionalidad transformada en rasgo tipificador de discurso literario para el destinatario niño o adolescente. Aun cuando ‑invirtiendo el proceso‑ logremos identificar en dichas obras algún que otro rasgo que más tarde caracterizará a la literatura infantil, esto apenas demuestra que lo que los pueblos dan a leer a sus chicos suele tener puntos de contacto con lo que los pueblos crearon durante su propia infancia.
Paralelo procedimiento de asimilación se verifica a expensas de los grandes autores. Cada nación escogerá los suyos entre las filas de sus nacionalistas románticos (Argentina tomará a José Hernández, Colombia a Jorge Isaacs, Cuba a José María Heredia), o acudirá a sus figuras mayores: Neruda en Chile, Rómulo Gallegos en Venezuela, Santos Chocano en Perú...
Evidentemente no es la adecuación al gusto y necesidades infantiles lo que explica la selección de dichas obras sino la importancia histórico‑literaria de sus autores y su aporte a la formación y consolidación de la identidad. Las citadas lecturas ‑totales, parciales o en adaptaciones‑ son promovidas por la escuela e integradas a los programas de lengua.
Especial es el caso de creaciones que, al tener al niño como interlocutor virtual o tema, utilizan también elementos de su percepción y expresión, lo que proporciona páginas de brillante ambigüedad en autores del temple de Rubén Darío (Nicaragua), Manuel Gutiérrez Nájera (México) o José María Arguedas (Perú).
De amores que matan y otros venenos
El folklore es uno de los más importantes moduladores y caracterizadores de la literatura infantil Iberoamericana. Su presencia es tan fuerte en algunos casos que suplanta a la literatura infantil e incluso ‑no es paradójico‑ a la literatura infantil de inspiración folklórica. La falta de condiciones para una sostenida actividad literaria y la abundancia de tradiciones orales ‑puestas al servicio de la formación de la identidad nacional y de la instrucción moral‑, provocaron la sobrevaloración del folklore por parte de educadores, editores e incluso escritores. Contribuye a esto el «neoclasicismo nuevomundista» practicado por sectores de la intelectualidad iberoamericana que valoran más el rescate de los «oros viejos» que la creación de nuevas joyas. La real o supuesta grandeza del pasado (civilizaciones precolombinas y gesta independentista) y el propio conservadurismo inherente a la escuela prolongan los efectos de esta desviación.
Hasta la primera mitad del siglo XX los sectores de la infancia iberoamericana con acceso a la lectura recibían ‑de autor nacional‑ casi exclusivamente las consabidas reelaboraciones del folklore y obras en prosa y verso de didactismo generalizado y amanerado lirismo que, con su patriotismo romántico o su realismo denunciador, satisfacían los objetivos moralizantes e instructivo‑movilizadores de los educadores y no las necesidades estéticas y lúdicas de los chicos. Paradójicamente, esta producción se encontraba en el centro del muy iberoamericano enfrentamiento intelectual entre tradicionalismo y modernidad, pero este combate se desarrolló básicamente en el plano ideológico y raramente se convirtió en una verdadera fuerza motora de la evolución de la literatura infantil en toda la vasta y compleja envergadura que la caracteriza.
La anterior situación perdurará, pese a la aparición periódica de disonantes astros solitarios como el brasileño Monteiro Lobato (años 20 y 30), el boliviano Oscar Alfaro (en los 40) o la chilena Marcela Paz (años 50), quienes preludian y plantan las bases del movimiento renovador iniciado hacia 1965.
Es evidente que el gran problema del libro infantil en América Latina es de orden estructural: la pobreza y la injusta distribución de la riqueza, la escolarización insuficiente o efímera y la precariedad de editoriales, librerías y bibliotecas no pueden ofrecer suelo de suficiente fertilidad a la invención, fabricación y consumo de obras para niños y adolescentes. Como colofón, y cerrándose a la manera de un círculo vicioso, la actividad editorial se ve confinada a un mercado estrecho ‑nacional o regional‑ que prefiere originales de interés o potabilidad geográficamente restringidas. Las bajas tiradas consecuentes exigen un producto barato, lo que excluye automáticamente el acceso al mercado mundial y al atractivo terreno de las coediciones.
Por otra parte, la poca envergadura de los medios de expresión de las problemáticas sociales y el escaso respeto de la identidad nacional siguen haciendo a la literatura infantil rehén de tareas que no le son inherentes, por mucha tradición que hayan tenido dentro de las prácticas culturales de la región.
En las últimas décadas se presenta, sin embargo, un peligro nuevo y formidable: los medios electrónicos de comunicación que, con sus formas expresivas y contenidos foráneos, llegan de manera masiva e indiscriminada a los rincones más apartados, allí donde el libro y la cultura alfabética no han tenido todavía implantación. La mayor parte de los países de América Latina ven así amenazado el empeño de transformación de su cultura nacional oral en cultura nacional escrita (tarea concluida por Europa en el siglo XIX). De verificarse, tal catástrofe incluiría el aborto del proceso ‑de formación en unos casos y de consolidación en otros‑ de la literatura infantil iberoamericana.
Eclosión de una primavera anunciada
En un sentido mucho más profundo que la literatura para adultos, la literatura infantil es espejo de la sociedad en que surge; depende del interés de las fuerzas sociales por el desarrollo de sus jóvenes y concretamente de la escuela, ya que aún cuando la primera supera el didactismo, la segunda sigue siendo el principal ‑cuando no el único‑ fomentador de la lectura y mayor comprador de libros).
Es fácil constatar en la producción editorial del continente el predominio de los géneros, temas y estilos accesibles a la más amplia y mejor atendida población escolar: la clase media urbana de entre 7 y 12 años; con desventaja para prelectores y adolescentes, y claro perjuicio para la población rural, los sectores pobres y las minorías étnicas.
Es sintomático que países que carecen de auténtico ambiente literario y editorial, como Paraguay o Guatemala, pudieran engendrar escritores vigorosos, innovadores y trascendentes como Augusto Roa Bastos y Miguel Angel Asturias y que, sin embargo, no suceda lo mismo con autores consagrados a la infancia.
Pero la literatura infantil es tan literatura como la otra e igualmente sensible a factores subjetivos y pulsiones estéticas. Esto explica el hecho de que prácticamente todos los países del subcontinente hayan tenido adelantados talentos individuales que vieron en el niño no el maleable material para la formación del ciudadano modelo, sino un ser dotado de una muy particular percepción, capaz y merecedor de obras donde predomine la función estética. Posible sería constituir una selecta Biblioteca de Literatura Infantil Iberoamericana con precursores tan ilustres como José Martí (Cuba, 1853‑1895), Rafael Pombo (Colombia, 1833‑1912) y Horacio Quiroga (Uruguay, 1878‑1937), y pioneros como Monteiro Lobato (Brasil, 1882‑1948), Gabriela Mistral (Chile, 1889‑1957), Aquiles Nazoa (Venezuela, 1920‑1976) u Oscar Alfaro (Bolivia, 1921‑1963); aunque con frecuencia solo se trate de una obra que titila aislada dentro del legado de un autor universalmente conocido por sus libros para adultos (Juana de Ibarburu, César Vallejo, Nicolás Guillén...).
Entre los años sesenta y setenta se produce en todo el mundo occidental una reforma social y educacional progresista y democratizante que de una u otra manera se integra a circunstancias específicas del continente (procesos políticos, económicos, demográficos y culturales) que posibilitan un salto cualitativo en la evolución de la literatura infantil.
El crecimiento económico y el desarrollo de la clase media propician la extensión y modernización de la enseñanza. Esto permite que la literatura infantil sea exonerada de tareas que mejor correspondían a la escuela o a la prensa especializada, mientras ‑con la ampliación de la población lectora‑ se incrementan el número y la especialización de escritores, ilustradores y editores.
Por su parte, el antiguo complejo de insuficiente valoración de la nacionalidad fue conjurado por regímenes que utilizaron el nacionalismo como instrumento de legitimidad política y como estrategia de desarrollo económico.
Estos procesos se presentan de manera muy acentuada y productiva en Argentina, Brasil y Cuba. En los dos primeros casos funcionan como catalizantes la impopularidad de las dictaduras militares, la saturación del nacionalismo y la necesidad de burlar la censura. En el caso de Cuba ‑donde el régimen también ha sido autoritario, pero contó con prolongado apoyo popular‑ es esencialmente la contradicción entre las intensas transformaciones sociales y la retórica oficial lo que condujo a una renovación que llegó más tarde que a la Argentina y Brasil, e indudablemente influída por ellos y por los avances de la literatura infantil occidental.
La actividad creadora, hasta entonces dominada por cierta inmediatez castradora y por la hipertrofia de la poesía, el relato y sus respectivos híbridos didácticos, se abre a los géneros más ricos en fabulación y va siendo enriquecida por recursos tales como la combinación de realismo y fantasía, el humor, la ironía, la parábola, la carnavalización, el metalenguaje, etc. Al mismo tiempo se produce una ampliación de temas y asuntos a expensas del reencuentro con el folklore y la naturaleza propios, de la prospección en las circunstancias humanas y sociales de nuevo tipo, de la explotación de los progresos de la ciencia, las artes y la comunicación, de la revisión de la historia, etc.
Los tres países mencionados integran el A,B,C de la literatura infantil iberoamericana. Son ellos los que poseen la serie literaria infantil1 más completa y los que han hecho aportes más trascendentes. Se trata en realidad de la vanguardia de un movimiento iberoamericano de literatura infantil moderna que se extiende desde la década del 80 a Chile, Colombia, Costa Rica, México...
Todo final es un punto de partida
La estabilización democrática de los 80 (los 90 en Centroamérica) y las crisis económicas del período se combinan para diseñar un marco de esperanzas y frustraciones en el panorama social, educativo y cultural que dinamizan y frenan alternativamente el desarrollo del libro para niños y jóvenes en nuestro continente. Una mejora en los presupuestos de la enseñanza, en los servicios bibliotecarios y en las economías familiares serviría de extraordinario estímulo a la industria del libro, que luego de consolidarse en los comienzos de las recuperadas democracias, sufrió los embates de las crisis económicas continentales y de los procesos de concentración que vienen remodelando el panorama editorial en la mayor parte del planeta.
En los últimos años, junto a los esfuerzos dispersos y apasionados de siempre y a las viejas editoriales (públicas, universitarias o privadas) sobrevivientes, han aparecido las sucursales de grandes grupos editoriales, por lo general españoles (aunque su capital pueda ser alemán o francés), que han reorganizado la propuesta bibliográfica en colecciones y series por edades, reconocibles por sus maquetas y colores. Esta es la cara visible de una estrategia basada en tácticas de mercado probadas en la América Anglosajona y en Europa Occidental. Nuestra producción, antes caótica (para bien y para mal) viene adquiriendo un rostro racional, pero insuficientemente adaptado al mosaico de nuestras realidades; algo que, a la larga, puede acabar resultando empobrecedor.
Es todo un nuevo estilo de hacer el que deben enfrentar los escritores y animadores de la lectura: desde la selección de originales ‑que prioriza al autor nacional, pero tipifica la oferta según fórmulas genéricas, temáticas y estilísticas importadas‑ hasta las campañas de promoción que procuran satisfacer las expectativas de ese prescriptor institucional que es la escuela, aunque sin valorar adecuadamente lo diverso y frágil de nuestros sistema educacional y tejido bibliotecario.
El parque de escritores, en todo caso, da garantías de una producción literaria rica y diversa: tres promociones están activas y cuentan con motores de la fuerza y personalidad de Lygia Bojunga Nunes, Ana Maria Machado, João Carlos Marinho o Marina Colasanti (Brasil), María Elena Walsh, Laura Devetach, Graciela Montes o Ema Wolf (Argentina), Dora Alonso, Hilda Perera, Luis Cabrera Delgado o Antonio Orlando Rodríguez (Cuba), Jairo Aníbal Niño, Gloria Cecilia Díaz o Yolanda Reyes (Colombia), Emilio Carballido, Guillermo Rendón Ortiz o Juan Villoro (México), Víctor Carvajal (Chile), Jorge Díaz Herrera (Perú) y tantos otros.
Como lo demuestra la experiencia de otras regiones del mundo, solo el crecimiento y clarificación de la oferta ‑dando mayor espacio a los auténticos talentos‑ y el crecimiento y eficacia del consumo de libros ‑al propiciar una mejor relación con el lector‑ garantizarán la superación definitiva de defectos tan tenaces en la literatura infantil iberoamericana como son la debilidad de las tramas y la proliferación de lirismos gratuitos, la escasa variedad temática, estilística y genérica, la insuficiente independencia y osadía de la ilustración, y la poca interrelación, tanto con la literatura infantil de otras regiones del planeta como con la literatura para adultos y con otras formas de la cultura (cine, periodismo, informática, ciencia, artes).
Probablemente una de las grandes tareas pendientes de la literatura infantil iberoamericana es el conocimiento mutuo. Aunque abundan las selecciones y listas de libros recomendados y no faltan premios literarios internacionales, lo cierto es que son pocos los libros que confirman con una presencia en todo el continente la aprobación que reciben en sus países de origen; eso cuando dentro de un mismo país la crítica y la promoción logran un verdadero impacto nacional.
Por supuesto que no se trata de imitar un mal que yo mismo he condenado en otras páginas de este libro: la homogeneización y la repetición de modelos. La única garantía de calidad en materia de literatura, es la diversidad puesto que los gustos y necesidades de cada lector son diferentes y también porque quienes escribimos, escogemos y entregamos los libros a los chicos somos adultos y, por ende, ajenos al fondo de la cuestión, por muy especializados en ella que nos sintamos.
Pero al menos sería conveniente que discutamos juntos los puntos de vista, los pesos y medidas que aplicamos a esa especie singular ‑anfibia y ambidiestra, voladora y excavadora, fecundante y estabilizadora, dinamizante y cuestionadora, seria y divertida, culta y popular, realista y soñadora‑ que es la literatura infantil. En otras regiones del mundo esta reflexión y decantación la realizó el tiempo, pero nosotros no tenemos derecho a seguir postergando una primera ‑y por supuesto discutible‑ clarificación del género y selección de paradigmas. A tales prisas nos obligan la globalización de los productos culturales y la crisis inminente de la letra impresa.
Quizás convendría que un equipo interdisciplinario y multinacional, representativo de todo el continente, trabajara en una Historia de la Literatura Infantil Iberoamericana, de sus orígenes hasta hoy, la cual pudiera servir de referencia común. Imagino que para que no nos caiga encima un patrón normativizante, deberían ser dos o tres estas historias, cada una con su equipo interdisciplinario y multinacional trabajando separada, aunque cordinadamente. Y algo similar convendría realizar en los terrenos de la teoría y la crítica a fin de sintetizar ‑al menos metodológicamente el «patrimonio genético» de la literatura infantil iberoamericana. Semejante clarificación de una producción vasta y dispersa es imprescindible si queremos alcanzar vigor y brillo dentro y fuera de nuestras fronteras.
Nada sería más fecundo, pues es mucho lo que la literatura infantil iberoamericana tiene para legar al mundo: la sensualidad de su lenguaje, símbolos e imágenes, esa ingenua frescura que le viene de la proximidad del folklore (todavía vivo y visitable), un formidable caudal imaginativo irrigado por inagotables reservas de personajes, asuntos y ambientes (realistas, históricos o imaginarios), y aquella sorprendente flexibilidad y capacidad de combinación que le aportan su carácter mestizo y la promiscuidad de un contexto donde se mezclan feudalismo y modernidad, oropel y miseria, tecnología de punta y selvas vírgenes, prehistoria y juventud.
* Originalmente publicado en el n°2 de la Revista Latinoamericana de Literatura Infantil y Juvenil (Bogotá, julio‑diciembre de 1995) bajo el título "La literatura infantil latinoamericana: una hoja de vida", este artículo ha sido rebautizado como una nota parcialmente publicada en la en el n°153 de la Revue des livres pour enfants (Paris, otoño de 1995). Los cambios ocurridos en el panorama editorial iberoamericano en la segunda mitad de los noventa y un mejor conocimiento de la literatura de la región me han llevado a moderar el alcance de mi título y ampliar, en cambio, mis consideraciones.
PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha
El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.
Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.
La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).
Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.
El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.
De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.
Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).
un cuento y un escritor en rescate de la lengua
El 13 de noviembre pasado fui invitado por El Salón del libro, única librería especializada en la lengua española que existe actualmente en París, y la asociación Había una vez, que se dedica a la conservación y promoción de la lengua castellana -a través de la narración oral, la lectura y el libro- entre los hijos de emigantes latinoamericanos en Francia.
El público era el más difícil que imaginarse pueda: niños de 3 a 5 años, argentinos, españoles, colombianos y de otros países de Hispanoamérica; nacidos -o muy recientemente instalados- en Francia, los cuales tienden a expresarse exclusivamente en francés.Incluso si entienden el castellano en que sus progenitores (o al menos uno de ellos) les hablan.
Atraer y sobre todo conservar y disciplinar la atención de niños tan pequeños, en una actividad que se apoya básicamente en la palabra (en un idioma que su limitada experiencia les hace percibir extremadamente minoritario) es bastante difícil. El humor, el atractivo de una historia, la reutilización de una palabra “nueva”, la participación de todos y la reactividad por parte del conductor del taller, son recursos recomendables cuando se trata de acompañar a los chiquitos en una experiencia estética, que se quiere amena y provechosa, de valorización de la lengua (y la cultura por ende) que tienen en su legado familiar.
Comencé por contarles mi cuento “La Nube”, historia ecológica y sobre la evolución y los sentimientos del personaje cambiante (como los niños mismos) que es la nube del título. Ella recorre la playa, la ciudad, la montaña (donde la rechazan por su sombra), hasta hallar en una llanura reseca el lugar donde su agua es necesaria y bienvenida. Este cuento, uno de los primeros de la colección Cuentos de 4 colores de la editorial Sudamericana (Buenos Aires, 2001) se presenta con el texto que completan “pictogramas”: iconos tras los cuales se oculta una palabra que el niño todavía no alfabetizado puede “leer”. Siempre que presento este libro a un niño voy preguntándole “¿y aquí qué dice?” y comentando “ves como ya sabes leer” cuando nombra el objeto o persona representado. Esto los anima a perderle el miedo al texto y a desear más rápidamente poder descifrar ese componente inalienable de los libros ilustrados que tanto gustan a los pequeños.
Tras contar el cuento, recorriendo y explorando las imágenes de cada página, propuse a los chicos un diálogo y juego en torno a personajes, lugares y situaciones tomados del cuento o sugeridos por ellos mismos... que fuimos siempre nombrando en castellano (“¿cómo se dice en español?”, pregunté sistemáticamente cuando nombraban en francés). Derivamos casi inevitablemente hacia personajes y situaciones convencionales y bien conocidas como la bruja, la casita en el bosque, el lobo, la princesa, etc.
Cuando la fatiga y el alboroto comenzaron a volver ineficaz el intercambio linguístico-narrativo, pasamos a los dibujos en una pizarra blanca y terminé proponiendo a los chicos dibujar en una hoja de papel lo que cada cual quiso conservar del encuentro.
Para mi fue una primera experiencia con chicos tan pequeños en situación de bilingüismo asimétrico. Los padres y chicos parecían muy satisfechos. En todo caso, yo aprendí de mis errores... y la próxima vez incorporaré nuevas tácticas que espero de superior eficacia.

1 comentarios:
es mucho lo que se habla es nuestros tiempos de las raíces. Debe ser por el individualismo galopante de la sociedad contemporánea y por el desarrollo simultáneo de lo que parece su contrario: el comunitarismo. Es interesante cómo Rosell opone las raíces familiares y personales a las raíces sociales y nacionales de un mismo individuo, que aparecen como un par dialéctico en creativa contradicción
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