LIBROS CON PAGINA PROPIA

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Ilustración de Francisco Meléndez para "Los cuentos del mago y el mago del cuento"

mi otro blog en castellano

cuentosdelmagodelcuento.blogspot.com


es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

pour mes amis français, j'ai créé une autre page
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Concierto n°7 para violín y brujas


http://www.fondodeculturaeconomica.com/subdirectorios_site/libros_electronicos/desde_la_imprenta/100403R/index.html


Concierto n° 7 para violín y brujas » es mi más reciente libro. Recientísimo, puesto que ha sido publicado este mismo mes por el Fondo de Cultura Económica, en México.
En la nota de contratapa se puede leer: “El peligroso violín Stravagantius lleva años encerrado en una vitrina de cristal blindado, lejos de su arco. Muchos rumores  existen sobre su poder, capaz de desencadenare los peores trastornos. Su destino está ligado al de los príncipes D’Antagno, dueños del inquietante instrumento, y al de las brujas, quienes por más de tres generaciones han desplegado todas sus mañas para vengarse de la principesca familia. ¿Qué misterios esconde el Stravagantius?





Esta es la tapa de la edición cubana: Cauce. Pinar del Río, 2014, con hermosas ilustraciones en color de Valerio.
La nota de contratapa la redactó el propio Valerio, que no es solo ilustrador, sino poeta y narrador.


No son tres generaciones (aunque quién sabe cuánto dura una bruja, pues su pacto con el diablo la hace anormalmente longeva), sino más de tres siglos los que abarca esta historia. El Stravagantius es obra de Macario Stravidarius (Sic.), un talentoso lutier que los tenebrosos poderes del príncipe Soturno el Oscuro conducen a la cima de su arte. Cada capítulo es un relato, relativamente independiente, que cuenta las aventuras del enigmático violín y de todos los que se frotan con él en los siglos XVIII, XIX, XX y, finalmente, en nuestra época. El final es abierto, pero no porque yo planifique una continuación (¿realmente…?) sino para hacer más inquietante aún un libro que me ha manipulado sutilmente.


Tapa de la inminente edición brasileña



  





 
Todo comenzó en el verano de 2007, cuando la Asociación Cultural Titirilandia me invitó a participar en el proyecto de escritura y narración oral “Un verano de cuento” en la Casa Encendida (Madrid). Ese año, el tema del proyecto (en coordinación con los museos madrileños) era la música, y el instrumento que me tocó abordar fue el violín.


Dos de las imágenes que me enviaron: un cuadro de Frans Hals que representa un violinista ambulante de expresión pícara y una foto de un Stradivarius encerrado en una urna de cristal (foto) inspiraron dos cuentos que no me satisfacían y un tercero que finalmente leí-conté al público reunido el 28 de agosto en la Casa Encendida. Sus aplausos y la propuesta de Pilar Solana, coordinadora del proyecto, de publicar el cuento con el apoyo del banco que financiaba el proyecto, me hicieron ver mi texto con otros ojos. Sí, en realidad no estaba nada mal…

Ilustración mía que acompaña la versión de uno de los capítulo-cuentos en la versión publicada por la revista electrónica Cuatrogatos
  
Ese primer proyecto de publicación nunca se materializó, pero al releer mis tres violinísticos textos, me di cuenta de que bien podían integrarse en un librito que titulé “Concierto n° 3 para violín” y luego “Concierto n° 5 para violín y bruja” que, a fines de 2011 presenté a un gran editor español. Este me dijo que le gustaba mucho, pero que me haría algunas observaciones. Nunca llegaron pues, la crisis económica habiendo reducido la cantidad de títulos a publicar, me dijeron que habría que esperar al año siguiente. Y al año siguiente, me dijeron lo mismo, añadiendo, “Si estás con prisa, prueba con otros editores”.
Ni corto ni perezoso, solicité tres nuevos editores: uno no hizo ni acuse de recibo (¡ay, esos editores maleducados!), otro contestó vivamente interesado, pero demasiado tarde y el tercero (en realidad, el primero) respondió enseguida, entusiasmado, y con observaciones concretas que desencadenaron un intenso y fecundo trabajo de reescritura que transformó los tres, cinco y finalmente 7 cuentos en la pequeña novela que, a fin de cuentas, considero uno de mis mejores trabajos.
Gracias a la confianza, la exigencia, la lucidez y el perfeccionismo de las editoras del Fondo de Cultura Económica (México) Eliana Pasarán,  Socorro Venegas y  Angélica Antonio (profesionales así no vemos los escritores todos los días), he podido celebrar mis Bodas de Perla con la Literatura (en 1983 publiqué mi primer libro, que también acabo de reeditar, en una nueva versión titulada “El secreto del colmillo dorado”), con un libro enteramente nuevo. Un libro donde lo fantástico de la historia y lo poético de la prosa se combinan en una misma forma que caracteriza mis mejores libros: “Aventuras de Rosa de los Vientos y Juan Perico de los Palotes”, “Vuela, Ertico, vuela”, “La tremenda bruja de La Habana Vieja” y “La leyenda de Taita Osongo” (también publicado por el Fondo de Cultura Económica).

Hay cosas que deben pasar, como han libros que han de ocurrirle (más que ocurrírsele) a un escritor. Durante la redacción tuve una duda sobre los elementos que componen el arco. Yo quería usar el "talón" del arco como elemento magico, pero no tenía una idea clara de cómo era esta parte del instrumento, pues no había tocado (no lo digo en términos musicales, no soy violinista) un violín desde niño (pasé un año bastante infructuoso en el Conservatorio musical de mi casi natal Santa Clara). Lo que debía pasar es que en mi cuadra (a unos 70 metros de mi casa) está el taller de un lutier. Nunca le había prestado atención (al punto de ignorar que el lutier era un antiguo colega del gimnasio del barrio), pero esta vez pude evacuar fácilmente mis dudas y hasta respirar un poco el aire de un taller de reparación y construcción de instrumentos de cuerda... y corregir el grave error que estuve a punto de cometer.
Una de las cosas que más me gustan en este libro es que algunos episodios tienen lugar en un imaginario país de América Latina. Es un terreno en el que me interesa profundizar, pues opino –a pesar de la vía mostrada por el Realismo Mágico- que la moderna fantasía ha enraizado poco en la rica literatura infanto-juvenil de nuestro continente.  Algunas ideas ya tengo, pero… ¡shhh! Es un secreto entre nosotros.

Esta es una de las ilustraciones de Julián Cicero
(edición del FCE) que más me gusta

He aquí un fragmento de "Concierto n°7 para violín y brujas" (capítulo 2 "Sonata del extraño viajero")

El viajero montaba un caballo bayo. Tras él, cargaba su equipaje una yegua mora, y más allá, trotando a su gusto, iba un potro hermoso; blanco de los cascos a las crines, solo le faltaba un cuerno largo y retorcido para parecer un unicornio.

Era evidentemente un caballero que viajaba desde hacía largo tiempo, pero en sus ropas no se veía una mota de polvo, una mancha de barro ni un zurcido.  Sin embargo,  si viajaba sin paje, ¿quién se ocupaba de mantener sus pertenencias en tan perfecto estado?, ¿quién desensillaba y daba de comer al caballo bayo, la yegua mora y el potro blanco?
Nadie podría decirlo, y tampoco explicar dónde dormía, qué comía ni cómo se aseaba. El viajero no se refugiaba en las posadas del camino ni pedía abrigo en granjas o castillos.
Todo el mundo se hacía preguntas al verlo llegar, pero nadie hacía preguntas al verlo marchar. Es que, si la sorpresa era compañera obligada de su arribo, el olvido se instalaba invariablemente a su partida.
Si su presencia no dejaba huella en la mente de las gentes que le vieron pasar, tampoco las cosas que vio dejaron huella en el viajero.
Era como si en realidad el caballo bayo y su jinete, la yegua mora y el potro blanco no hubieran pasado por los bosques y sembradíos, por los palacios y monasterios, por las aldeas y ciudades que jalonaron su trayecto.
Recorrió tres mil leguas y cuatro países, indiferente como un sonámbulo… Hasta que al fin se detuvo, y pareció despertar de un largo sueño.

El burgo estaba a orillas de un río fogoso, entre un bosque umbrío y una montaña que coronaba un castillejo de murallas hurañas. Toda su fortuna se la debía el poblado al río, pues solo allí un puente conseguía cruzar las aguas revoltosas, y estas aceptaban prestar su fuerza a un molino de granos y una fábrica de paños que procesaban todo el trigo y la cebada, el lino y la lana cosechados en la comarca.


El río se llamaba Undoso Rumoroso y el poblado era conocido, por eso mismo, como Burgo Undroso.
En el centro del burgo, frente a la misma plaza donde se alzaban la iglesia, el palacete del burgomaestre y las mansiones del molinero y el dueño de la fábrica de paños, se hallaban dos confortables posadas: “El León de Oro” y “El Dragón de Bronce”. Pero ni en una ni en otra buscó el viajero hospedaje. Y no porque careciera de dinero, puesto que al buhonero a quien preguntó el camino del castillejo, le arrojó una bella moneda de plata.
–Ese nido de arpías no le abre sus puertas a nadie –le advirtió el vendedor ambulante–. Y nadie debería ser tan insensato como para acercarse a la Dama Negra, la Dama Gris y la Dama Blanca.
Pero el viajero condujo su caballo bayo, su yegua mora y su potro blanco por el sendero que el buhonero, de todas formas, había indicado.
Un portón de roble y hierro era la única abertura visible en las hurañas murallas del castillejo. Y en su única torre, solo una ventana, herméticamente cerrada, miraba hacia afuera. El portón carecía de aldaba y el viajero golpeó con el pomo de su espada. Sus tres golpes retumbaron cuatro veces sin que nadie se dignara responder.
Entonces el caballero sacó de sus alforjas un estuche negro y de éste, un violín rojo fuego.
El violín era hermoso, pero más hermosa fue la melodía que de él brotó.

En realidad, los gestos del músico carecían de la maestría que hubiese requerido música semejante. Incluso, por momentos, se diría que las manos del instrumentista quedaban inmóviles mientras la melodía prolongaba su vuelo. Pero ¿quién se hubiera fijado en ello? Solo el bosque y las piedras hurañas de la muralla parecían asistir al concierto.

Dentro de su lógica unidad de estilo, cada capítulo de la novela tiene un tono peculiar: unos son más poéticos, otros más humorísticos, aquí hay un toque de realismo, allá un aire de parodia. Tal vez los títulos de los capítulos sugieran la coherente diversidad que me propuse: "En una urna de cristal blindado...", "Stravagantius, el violín embrujado", "El concierto de la bruja", "El secreto del arco rebelde", "Las brujas no olvidan ni perdonan..."   

ilustración de Valerio para la edición de Cauce





Este es uno de los primeros textos que escribí en 2007, cuando me encargaron un cuento para participar en la operación "Un verano de cuento" en la Casa Encendida de Madrid. El cuadro de Franz Haals fue una de las tres imágenes vinculadas al "personaje" del violín que se me impuso como parte del tema del año: la música. 
Es un texto que no encontraría lugar en libro. Por lo menos, no en "Concierto n°7 para violín y brujas". Pero el texto es, creo, simpático:

Frans Hals (1580 o 1585-1666) 
fue un pintor holandés de vida oscura y disoluta.
Este "Pescador tocando un violîn" se le atribuye,
sin que haya constancia absoluta de que es obra suya

¡Qué cara de pícaro tiene este violinista! ¿Tan divertida será la música que está tocando? ¿O es que el violín le hace cosquillas? Si te fijas bien, la barba del violinista se enreda con las cuerdas del violín… ¿será eso? El violinista hace sonar su barba. ¡Tiene una barba musical!
Pues no me extraña. Conozco un país donde toda la gente es así. En particular las chicas: tienen tanta música en el pelo que cuando se peinan la música sale a chorros.
¡Y ese era el gran problema del reino! Porque todas las chicas se peinaban a la misma hora, por la mañana, antes de salir para el cole. 
¡Y la que se formaba! Era como una música de perros y gatos, como una pelea de fusas y corcheas (así se llaman las notas musicales cuando están de mal humor). Era un ruido a matar de los oídos a cualquier alma sensible. 
Es que, no sé si lo sabes, la música del pelo rubio no va con la música del pelo negro… ¡y ni decir con el pelo rojo! Y cuando el pelo está mojado no suena igual que cuando está seco, ni suena tan bien cuando está limpio y perfumado que cuando está sucio y sudado.
De manera que el rey Melómano Sexto, más conocido por Sexteto Musical, convocó una asamblea de sabios para poner armonía en las mañanas del reino.

Y…
¿Cómo crees tú que continuará este cuento?
¿Podrán los sabios poner de acuerdo a tantas cabelleras?
¿Les cortarán el pelo como proponía la reina Octava la Calva, a quien le daban envidia las cabelleras musicales?
¿O le cortarán las orejas a todos como proponía el verdugo Machazo, que se aburría porque ese año solo habían sido condenados a muerte trece truhanes y cuatro cuatreros?
¿O habrá que prometer la mano de la princesa, que tenía una larga cabellera de tres colores, a un príncipe extranjero capaz de poner orden y concierto?

Dejo en tus manos, la continuación de este desafinado cuento…



UNA INFLUENCIA QUE NO FUE


“El violín rojo” es un filme canadiense de François Girard (1998) que presenta algunos sorprendentes puntos de contacto con mi Concierto n°7 para violín y brujas. La primavera pasada, cuando comenzábamos el proceso de edición, mis editoras mexicanas me preguntaron si conocía “El violín rojo”. Creyendo que se trataba de un libro, busqué en Internet y descubrí que se trataba de una película de fines del siglo pasado. Pero solo fue ayer que, estando de visita en una biblioteca parisina, se me ocurrió tomarlo en préstamo. Es una película apasionante y muy bien hecha, sólidamente documentada sobre el mundo de los violines antiguos y acompañada, en el DVD, por un documental sobre el “misterio” Stradivarius. Lo que más me llamó la atención, obviamente, fueron los puntos de contacto con mi novela.    

La cuestión de la originalidad de las obras literarias ha sido discutida desde hace varios siglos. Desde que la pretensión de originalidad misma surge. En tiempos clásicos y neoclásicos lo importante no era contar nuevas historias ni innovar en las formas, sino reinterpretar los grandes mitos clásicos y demostrar el dominio de las formas a la moda. Es con el Romanticismo que la originalidad se convierte en un gran valor y motor de la creación literaria, musical, pictórica, etc. Seguramente, yo hubiera desarrollado la trama de otra manera de haber conocido antes “El violín rojo”; más por evitar puntos de contacto que por seguir la senda trazada por el filme.

Ya he contado en otra ocasión cómo se formó este libro, a partir de unos cuentos (dos de los cuales consideré fallidos) que me fueron encargados para participar en un proyecto de animación a la lectura en torno al tema de la música y con el “pie forzado” argumental de trabajar en torno a ese gran instrumento musical que es el violín. Me había propuesto las imágenes de tres obras pertenecientes a museos de Madrid para inspirarme: un cuadro de Frans Hals, la foto de un Stradivarius y una tercera imagen que no recuerdo. Primero me limité a una descripción ficcionalizada del cuadro de Franz Hals, luego procedí de manera similar con el Stradivarius encerrado en su urna de cristal blindado, y finalmente acudí a los recursos narrativos y al estilo de mis historias de brujas para el cuento que, finalmente, se convirtió en el capítulo 4 del libro.

Este capítulo-cuento tiene un tono humorístico que no está presente en los demás capítulos-cuentos que componen la novela, pero sí se caracteriza por la presencia de lo mágico, que está dado tanto por la esencia misma del violín, verdadero protagonista del libro como a través de las brujas que son el antagonista colectivo de los co-protagonistas, los príncipes d’Antagno. En la película, lo mágico se reduce a un elemento parapsicológico: la conexión entre la esposa de un lutier que muere al dar a luz el niño a quien el fabricante destina la mejor de sus obras: el fabuloso “Violín Rojo”. Al utilizar la sangre de su recién fallecida esposa para dar color al barniz, y cabellos de la misma para confeccionar la brocha con que aplica el citado esmalte, esta conexión espiritual tiene también un soporte material. 
Curiosamente, en mi historia, también los cabellos de una dama (la Dama Blanca, amada casi imposible del príncipe mago que ordena la fabricación del violín) sirven para confeccionar la “cinta” del arco, y la sangre del propio mago, mutilado durante una especie de ceremonia de iniciación del instrumento, intervienen en la composición de mi violín protagonista, nombrado Stravagantius por su creador, el lutier Stravidarius (Sic.).

En mi novela, en cambio, la magia es explícita y está presente a lo largo de todo la trama y está encarnada en varios personajes y en el propio violín.
Pero hay otros puntos de contacto entre la trama del “El violín rojo” y la de “Concierto n°7 para violín y brujas”. El más importante es que ambas historias abarcan varios siglos (de principios de 1700 a nuestra época) y países: de Europa a China y Estados Unidos, en la película, y de Europa a América Latina, en mi libro. Y en ambos casos, el violín corre el riesgo de ser destruido en una pira; en la película, durante la mal llamada “Revolución cultural” maoísta, y en mi libro dos veces: durante un Auto-da-fe post medieval y bajo una dictadura militar latinoamericana.

La mayor diferencia entre ambas obras es, ya lo he dicho, la significación y el alcance de lo mágico, pero también el hecho de que una se dedica al público adulto, con claras referencias a la ambición, el sexo y la especulación (toda la película está estructurada por la tensa subasta del “Violín Rojo”), mientras que en mi libro el dinero no desempeña papel alguno, y si hay una clara presencia del amor, éste no llega a su aspecto sexual.


Tras ver la película, exactamente un año después de la publicación de mi libro, volví a reflexionar sobre la originalidad narrativa, cuestión que ya me ha inquietado otras veces. Finalmente –estoy lejos de ser el primero en decirlo- ninguna historia enteramente puede ser contada tras varios milenios de Literatura (oral, escrita… y en otras formas). Lo novedoso es la organización, el punto de vista, los recursos expresivos, la personalidad del autor… Tal vez lo que ocurre en literatura no es tan diferente de lo que sucede cuando diversos violinistas, con violines que han pasado por las manos de varias generaciones, ejecutan las obras compuestas por compositores de disímil talento, época y personalidad y les aportan nuevos ritmos, matices, timbres y pasión.

París, octubre 2014.




Concierto n°7 para violín y brujas
Autor: Joel Franz Rosell
Ilustrador: Julián Cicero
Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 2013, 5€

Joel Franz Rosell (Cruces, 1954) ha recorrido muchos países y mundos literarios adentrándose en su última obra en un relato casi de terror donde un violín es el centro de sucesos misteriosos. La historia se desarrolla en una obertura y siete episodios que ocupan tres siglos de vida de un peligroso violín que aparece encerrado en una urna en la obertura. Poco a poco, se va desgranando su nombre –Stravagantius-, su creador y su primer comprador. Intrigas, muertes, sorpresas y luchas entre brujas y príncipes, llevan a un final abierto e inquietante, donde una venganza anunciada puede ser realidad en pleno siglo XXI.
Escrito con pasión, cada parte de este concierto-libro se disfruta esperando los movimientos siguientes, la desaparición o nueva aparición de un instrumento con magia dentro, magia casi siempre negra o bicolor, como los ojos y piel de un gato que tiene su parte oscura en la narración. Un libro para leer con avidez, un relato que recuerda los clásicos de Poe o Le Fanu (Javier Flor Rebanal)
Peonza. Revista de Literatura Infantil y Juvenil. Junio 2014, n° 109, año XXVII. Apartado de Correos 2170. 39080 Santander. España. www.peonza.es, peonza@peonza.es


El programa de radio Juguemos con libros, conducido por niños mexicanos, presenta así Concierto n°7 para violín y brujas:


Si Ud quiere terminar esta lectura con música, le recomiendo el concierto n° 7 de Charles Auguste Blériot.
Curiosamente, ninguno de los grandes maestros compuso un concierto n°7 para violín. El inmenso Paganini se contentó con seis conciertos y el que con el número 7 se atribuye a Mozart (también conocido como Concierto en Re) es solo una dudosa versión que hizo el violinista E. Suzay en 1836.


dibujito (inédito) anterior a la publicación de Concierto n°7...











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la primera máquina que utilicé: sala Juvenil de la Biblioteca Marti. Santa Clara, Cuba (foto de 1993

Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.


Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Tengo músculos de payaso






PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).