LIBROS CON PAGINA PROPIA

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es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

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23/4/18

Sherlock Holmes en Cuba...


 Aventuras de Sheila Jólmez, por el docto Juancho
es mi más reciente libro, publicado en Cuba por Ediciones Capiro 

Aventuras de Sheila Jólmez, por el docto Juancho
Ediciones Capiro (colección Taita)
Santa Clara, abril de 2018
Ilustraciones del autor

Como ocurre en la casi totalidad de las historias (cuentos y novelas) de su modelo Sherlock Holmes, las aventuras de Sheila Jólmez son narradas por su amigo el docto Juancho (inspirado evidentemente en el doctor Watson). Si el doctor Watson no parece sufrir de cuestionamientos literarios, el docto Juancho parece tomar más en serio su vocación literaria, y su admirada Sheila manifestarle puntos de vista exigentes en la misma materia. Por ello, la cuestión del estilo es evocada en la breve introducción:

El modesto volumen que el lector tiene en sus manos contiene los cuatro primeros casos de Sheila Jólmez… Aunque no se debe excluir la posibilidad de que mi singular amiga, quien une a sus extraordinarias dotes de observación y deducción una ejemplar modestia y una cierta predilección por el secreto, haya protagonizado antes hazañas que me son desconocidas.
Sheila es, hasta el momento, la detective más joven del mundo, pero no por ello es la menos brillante y experimentada. He tenido el honor de vivir junto a ella aventuras tan apasionantes como las aquí relatadas… sin ir más lejos

Mis lectores santaclareños reconocerán fácilmente algunos lugares, nombres y sucesos de su ciudad, mientras que otros les parecerán extranjeros o enteramente salidos de mi imaginación. Esto se debe a que la divulgación de algunos detalles de los casos brillantemente resueltos por Sheila Jólmez es de momento imposible sin poner en peligro la reputación o la seguridad de ciertas personas. De ahí que me haya tomado lo que en literatura se conoce como “licencia poética” y que nada tiene que ver con la poesía sino con la libertad que posee todo escritor, incluso simple aficionado como yo, de borrar las huellas de su “crimen” de papel y tinta...
(fragmento escogido por la editorial como nota de contratapa)

En realidad no me parece enteramente satisfactoria la elección de ese fragmento, puesto que en él, el tono es un poco más lento que en los cuentos propiamente dichos, caracterizados por una acción más pura. Este es el "verdadero" comienzo de la trama:

 Una niña fuera de lo común

Era la tercera vez en diez días que yo terminaba la jornada en la enfermería del colegio. A medida que se acercaba la hora de la salida, comenzaba a sentir mareos, sudores fríos y deseos de vomitar o de correr hacia el inodoro más cercano.
–¿De nuevo tú? –exclamó la enfermera al verme llegar, sostenido por dos compañeros de aula cuyos nombres todavía no había tenido tiempo de aprenderme–. Esta vez voy a tener que llamar a tus padres.
–Por favor, señorita –supliqué mientras me desplomaba en la cama–. No moleste a mi mamá. Ya se me pasa…
–Se te pasa, se te pasa… ¡hasta la próxima vez! –rezongó la enfermera–. Lo tuyo debe ser un virus y tus padres tienen que llevarte al médico.
–Es que mi madre está muy ocupada. ¿Para qué darle más motivos de inquietud?
–Bueno, tómate esto y cuando te sientas mejor, seguimos discutiendo.
La enfermera me dio un vaso en el cual se disolvía un medicamento efervescente y, tras ayudarme a tenderme, se volvió hacia la otra persona que se hallaba en la enfermería.
Era una niña tan delgada que parecía más alta de lo que ya era. Su nariz, fina y levemente encorvada, hacía más visibles unos ojos grises y penetrantes a los que, incluso sin darse ínfulas de escritor, cualquiera atribuiría una “mirada de águila”.
–Y tú, dame acá ese dedo para desinfectarlo –le espetó la enfermera–. No comprendo qué te ocurre últimamente, Sheila. Siempre te creí una de las alumnas más inteligentes y mañosas del colegio; pero hoy te has cortado y ayer te caíste de un muro... al que no sé por qué diablos tuviste que trepar. Sin mencionar que la semana pasada te quemaste con ácido en el laboratorio de química… donde tampoco tenías por qué estar, puesto que no comenzarás esa materia hasta el año que viene. Y antes, ¿qué fue lo que hiciste…? ¡Ah, sí! Golpeaste con un palo, con un tubo de goma y con una cuerda a varios de tus compañeros… ¡O sea que eres un peligro público, además de un peligro para ti misma!
La enfermera no había alzado los ojos del dedo que estaba desinfectando y no advirtió que la niña sonreía: ¡como si en vez de fechorías le estuviera recordando honrosas hazañas! Por mi parte yo no veía qué podía en todo aquello ponerla de buen humor.
–Ya está. Quédate tranquila un rato, con el dedo en alto, para que la sangre no haga presión sobre la herida –suspiró la enfermera. Y volviéndose hacia mí, exigió con un tono que no admitía réplica–. Dame el número de tu mamá.
Saqué mi agenda de bolsillo y se la entregué, abierta por la primera página.
–Aquí tiene, señorita.
La enfermera hizo una mueca y gruñó:
–Llámame “enfermera” o “doña Nursy” como todo el mundo.
La sonrisa maliciosa volvió al rostro de Sheila y otra vez me quedé sin comprender por qué.
–Voy a llamar –dijo la enfermera. Pero antes de salir se volvió hacia su otra paciente–.Y tú no te muevas de esa silla. No te pongas a curiosear ni toques nada, ¿entendido?
No debía estar a tres metros de la puerta, cuando ya Sheila había abierto un cajón y se ponía a examinar los instrumentos médicos. Lo que más le interesó fueron unas curiosas tijeras que al mismo tiempo eran pinzas.
–¡Ten cuidado con eso! –susurré.
–No pasa nada –replicó Sheila con un tono que no tenía nada de tranquilizante–. No soy ni torpe ni violenta. Simplemente hago experimentos. Suelo probar conmigo misma, pero de vez en cuando necesito colaboración ajena para poder observar fría y objetivamente los resultados. Un detective tiene que saber mucho sobre contusiones, heridas, cicatrices…
–¿Detective? –repetí sin poder aguantar la risa–. Yo diría que tienes doce años.
–Doce años y cinco meses –precisó Sheila–. La vida es muy corta: si aspiras a ser bueno en algo, empieza ya.
Estuve a punto de preguntarle: “¿Quieres ser detective cuando seas mayor?”, pero me contuve a tiempo. No solo estaba claro a qué aspiraba, sino que se consideraba suficientemente mayor.
–Y aprende de una vez que no se habla de edad a las damas. ¿Cómo se te ocurre decirle “señorita” a una cincuentona? Todo el mundo sabe que a doña Nursy no se le puede recordar que nunca se ha casado ni tiene pareja. Y no te justifiques diciendo que eres nuevo en el colegio. Tú vienes del norte de la provincia y no de otro planeta.
–¿Cómo sabes…? –comencé estupefacto, pero me interrumpió con un encogimiento de hombros y un movimiento de cabeza perfectamente sincronizados.
–Que eres nuevo se nota en tu manera de mirarlo todo y en cómo tratas a la gente…
–Sí, pero ¿cómo sabes que vengo de Motembo?
–Ah, claro, Motembo… –comentó Sheila lentamente, como tomando nota–. El lugar exacto no lo había determinado, pero sí que era un pueblo chiquito donde la tierra es roja…
–¿Y cómo diablos sabes que la tierra de mi pueblo es roja? –la interrumpí cada vez más asombrado.
–Por mucho que hayas lavado tus zapatillas, en los surcos de las suelas han quedado restos de esa arcilla roja que en nuestra provincia solo abunda por el noroeste. Por supuesto, alguien que hubiera estado unos días en esa región también tendría restos de tierra roja en las suelas; pero tus cordones, que fueron blancos, han cogido un tinte rosado que indica que has pisado tierra colorada durante mucho más tiempo. Si observas las zapatillas de nuestros compañeros de colegio, verás que sus cordones se han vuelto grisáceos, como ocurre con todo calzado de ciudad.
 –¿Y por qué no podría yo venir de Matanzas donde, como tú misma has dicho, la tierra es igual de colorada que en Motembo?
–Porque estás acostado frente a un banderín de Los Cocodrilos y no te has dado por enterado.
–No me gusta la pelota –argumenté.
–Eso no cambia nada –replicó Sheila inmediatamente–. Cuando uno acaba de irse de un lugar, todo cuanto se lo recuerda le llama la atención. Te hubieras preguntado “¿qué hace aquí un banderín del equipo de mi provincia?”, pero si viste el banderín, no lo miraste.
A quien yo no podía dejar de mirar era a aquella niña extraordinaria. No sé si empezaba a contagiarme su manía de analizarlo todo, pero me dije que mirar fijamente a una persona no basta para entender lo que tiene en la cabeza. Por algo el Principito advirtió que “lo esencial es invisible a los ojos”.
–Todo es cuestión de observación y deducción –aseguró Sheila–. Pero también hay que entrenarse. Si yo no hubiera estudiado los suelos del centro de Cuba, no podría distinguir la tierra roja de Manacas de la tierra colorada del norte de Villa Clara.
–Yo prefiero la astronomía –dije para que no creyera que soy de esos que no se interesan en nada.
–No me extraña –respondió con un tonito superior–. A primera vista se ve que tienes la cabeza en las nubes. La astronomía no tiene ninguna utilidad práctica. No ayuda a comprender lo que sucede alrededor de una.
Aventuras de Sheila... es el segundo libro que
ilustro para Capiro, y el tercero donde los lectores
cubanos pueden apreciar (o no) mi trabajo de ilustrador.
Para no reconocer que algo de razón tenía, intenté cambiar de tema.
–¿Qué más has adivinado de mí, a ver?
–Yo no adivino nada –aclaró secamente–. Yo observo y deduzco.
–De acuerdo –concedí–. ¿Qué es lo que la observación te ha permitido deducir sobre mí?
Pero en ese momento reapareció la enfermera.
–Tu madre pasará a recogerte dentro de quince minutos –me dijo. Y a Sheila–. ¿Serías tan amable de acompañar a Juancho mientras tanto?
–¡Cómo no, doña Nursy!
Pensé que aquella interrupción haría olvidar a Sheila mi pregunta. Pero ese día aprendí que ningún suceso ordinario la apartaba de lo que realmente le interesa. Ya estábamos sentados junto al portón del colegio, esperando a mamá, cuando sin el menor preámbulo, soltó:
–Tu madre y tú han venido a Santa Clara contra su voluntad y tienen problemas en el lugar donde se alojan; la casa de un pariente cercano, sin dudas. No sé qué ha sido de tu padre, pero está claro que él no puede ayudar.
Esta vez quedé tan sorprendido que estuve a punto de caerme del banco.
–¡Elemental, mi querido Juancho!– dijo Sheila, sosteniéndome por un brazo–. Las dos veces que la enfermera dijo que debía hablar con tus padres, tú solo mencionaste a tu mamá. Y cuando te preguntó su teléfono, no te lo sabías de memoria. O sea, que el número lo conoces desde hace poco. No debe ser el de casa, sino el de su centro de trabajo. Y como empezó a trabajar ahí recientemente, no creo que haya tenido problemas tan graves como para contártelos. Una madre no le haría eso a un hijo que, como tú, se esfuerza en evitarle preocupaciones... Aunque no pareces ser de mucha ayuda.
Sheila es así: muy inteligente y observadora, pero muy poco delicada. Te suelta lo que piensa sin tomar en consideración que pueda ser una verdad dolorosa.
–Por lo que ha dicho la enfermera, tu malestar aparece siempre a la hora de regresar a casa, así que… ¡está clarísimo! El problema de ustedes está en el sitio donde se alojan.
Después de aquello, no me costó mucho contarle en detalle la situación que tan admirablemente había adivini… (perdón) deducido. 



Las aventuras de Sheila Jólmez, por el docto Juancho está básicamente integrado por cuatro cuentos inspirados en personajes y situaciones de los cuentos y novelas que el escritor británico Arthur Conan Doyle consagró a sus universalmente conocidos Sherlock Holmes y el doctor Watson. No confieso así un crimen de falta de originalidad o admiración devoradora por un clásico, sino la forma intensa de intertextualidad (recurso tan frecuente en la literatura infantojuvenil cubana, aunque en pequeñas dosis) que se ha convertido en trigésimo tercera entrada de mi bibliografía.

Lo cierto es que el famoso detective de la pipa, la lupa y el violín es una de las figuras literarias más populares de la Historia, al punto de ser considerada como un ser real por no pocas personas. Al punto que en el lugar aproximado del número 221B de la londinense calle de Baker Street, donde Conan Doyle situó el domicilio de  Holmes, Watson y su ama de llaves Mrs. Hudson, existe hoy un museo, y que el correo británico creó un servicio especial encargado de responder las cartas –a veces demandas de ayuda para la solución de un misterio- que sigue recibiendo un detective nacido en 1854 y cuya fecha de muerte se ignora (a diferencia de la de Watson, que fue revelada por Conan Doyle en una de sus narraciones).  

El mundo del genial detective han sido adaptados a todas las formas de creación: radio, cine, televisión y teatro, han reaparecido en relatos de los más diversos escritores, con sus propios nombres o más o menos deformados e incluso transformados en toda clase de animales en el caso de la literatura infantil; por no hablar de las versiones en historieta gráfica, dibujos animados, juegos de video… y un sinnúmero de artículos derivados (yo mismo poseo una gorra tipo “deerhunter” como la que Holmes usaba en entorno rural, y que algunas películas le encasquetan en cualquier circunstancia, olvidando que como todo “gentleman” Holmes usaba sombrero de copa o bombín en sus apariciones sociales). Pese a ello, todavía hay formas originales de recrear a los inmortales personajes de Conan Doyle…. Y es lo que me propuse con mis Sheila Jólmez y el docto Juancho.

De lo anterior se deduce que soy un admirador y casi un especialista en el canon holmesiano y que es desde el respeto y el amor que emprendí mi reescritura de tres de las más famosas aventuras del mayor detective de todos los tiempos. Mis títulos: “Estudio Escarlata”, “El caso de los seis coroneles” y “El dilema del Reino de Bohemia” disimulan apenas cuales son los tres cuentos que me propuse cubanizar, actualizar y poner al alcance de los chicos de 12 años que escogí como protagonistas y como destinatarios. Es por eso que mis historias tienen el mismo escenario que frecuenta un adolescente cubano común (la escuela, el barrio, la casa, el típico centro urbano con parque, teatro, tiendas y heladería), y los temas son propios de la Cuba actual: crisis de vivienda, familias en conflicto,  doble moral, pasión por los juegos de video y las computadoras…

Quien lo desee puede comparar mis cuentos con los de Conan Doyle y entretenerse detectando qué cambié (nombres de personas y lugares, situaciones, trama), y cómo y porqué. Por ejemplo, Sheila y Juancho se conocen en circunstancias parecidas a las del encuentro entre Holmes y Watson (cuyo nombre, por cierto era John, es decir Juan) en “Estudio en rojo” primera aventura del genio de la deducción. Mis héroes entran en contacto en la enfermería de la escuela pues fue en una escuela de enfermería donde se conocieron los protagonistas de sir Arthur. Y como el doctor Watson, que resultara herido durante una campaña colonial británica en Afganistán, mi docto Juancho está afectado por la misión que su padre, médico internacionalista, cumple en ese mismo Afganistán más de un siglo después. Por su parte, Sheila hace como Sherlock: experimenta en sí misma sus técnicas de investigación…

La primera historia de mi libro gira en torno a un salón de color rojo y pone en escena la casa número 221B de la calle Panadero (en inglés “Baker”) y una señora Hudson.

Las aventuras de Sheila Jólmez, por el docto Juancho incluye unas “notas” de la agenda de Juancho que sirven para profundizar en los personajes o acotar cuestiones de estilo, sin perturbar las tramas detectivescas, así como para separar entre sí las historias principales. 

El único de los cuatro cuentos que salió enteramente de mi imaginación, "Caso Polo Norte", es el primero que escribí (hace más de 10 años; cuando aún no me había propuesto recrear las aventuras de Holmes y Watson en todo un libro). Es el de trama más sencilla y el más breve; pero tal vez por eso mismo está más centrado en los personajes y nutrido por una experiencia personal. Esta primera historia la estrené en Cuentosdelmagodelcuento.blogspot.com con un dibujo… que retomé para la edición de Capiro. Esos dibujos hasta podrían considerarse innecesarios en una obra que va a ser leída por adolescentes y adultos. Pero no resistí a la posibilidad de reunir en la tapa una imagen icónica de Santa Clara y mi propia concepción gráfica de los protagonistas.

el Teatro La Caridad es escenario de uno de los episodios del cuento "Los seis coroneles"
y lo representé en la ilustración de tapa


Si Santa Clara es el escenario de las aventuras de Sheila Jólmez y el “docto” Juancho es porque quise rendir homenaje a mi ciudad casi natal; aquella en la que me inicié en la creación teniendo, como el docto Juancho, 12 años. Allí publiqué mi primer dibujo en 1974 y obtuve mis primeros éxitos literarios en los cinco años siguientes a la citada fecha. Allí igualmente, volví a ser publicado en 1996, tras nueve años de ausencia de la edición cubana.

Pese a su importante movimiento literario, Santa Clara ha sido poco representada en las páginas de los libros, especialmente en los destinados a niños y adolescentes. Por eso pensé que mis más jóvenes paisanos apreciarían el intento. Como explica Juancho en la introducción, me he autorizado ciertas “licencias poéticas”, pero quienes conocen la capital del centro de Cuba la reconocerán en muchos detalles; algunos tan explícitos como el Teatro La Caridad, el Parque Vidal o la loma del Capiro... o como un conocido personaje de la literatura villaclareña que he introducido en uno de los cuentos, cambiándole ligeramente el nombre.



                 

Estos eran los dibujos de tapa y contratapa que me hubiera gustado ver en la edición
de Capiro. Pero por una confusión de ficheros y de diseño editorial, ambas imágenes
quedaron fuera.


El coronel independentista Leoncio Vidal da nombre al parque central
de Santa Clara. Es el lugar más importante de la ciudad y un busto situado frante al antiguo gobierno municipal
(hoy emisora de radio) le rinde homenaje.  El cuento "El caso de los seis coroneles" narra una aventura en torno a seis bustos
de yeso del patriota que resultan enigmáticas víctimas de un misterioso vándalo.

Prevista para la Feria Internacional del Libro de La Habana, en febrero, la publicación fue retardada por diversos problemas (de imprenta, de papel, etc) hasta solo 15 días antes de la Feria del libro en Santa Clara... en la que tampoco pude presentar mi libro, puesto que la inauguración de este último evento fue prorrogado al 25-29 de abril, cuando ya yo estoy en París. No obstante, llegué a presentar el libro en dos programas radiales de la provincia e incluso dejé un mensaje grabado para el público que asistirá al lanzamiento oficial, que dejé encargado al editor, librero, amigo y escritor (también policial) Lorenzo Lunar.

I
Invitado por la crítico literaria y cronista cultural Carmen Sotolongo,
presenté "Aventuras de Sheila Jólmez, por el docto Juancho"
en el programa Hablemos, de la emisora provincial CMHW

Como toda entrevista grabada y luego resumida para un periódico, esta que me hizo Yinet Hernández no es demasiado fiel a mis intenciones; pero tiene el mérito de existir y de decir alguna cosa oportuna:http://www.vanguardia.cu/cultura/11210-aventuras-de-sheila-jolmez-por-el-docto-juancho-y-un-conan-doyle-a-lo-cubano




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la primera máquina que utilicé: sala Juvenil de la Biblioteca Marti. Santa Clara, Cuba (foto de 1993

Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.


Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Tengo músculos de payaso






PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).