LIBROS CON PAGINA PROPIA

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es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

pour mes amis français, j'ai créé une autre page
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18/12/17

Mi novela china

La contribución de la emigración china no es la más conocida de entre las diversas fuentes de la cultura cubana. Todo el mundo conoce o adivina la importancia de aportes europeos (de España en primer lugar) y africanos, y el substrato aborigen que  quedó pese a la rápida extinción de los pobladores arawacos de la Cuba precolombina. 

Poco se tiene en cuenta, sin embargo, el impacto de las migraciones chinas. 

Ocurrió una ola principal a mediados del siglo XIX (según el historiador Julio Le Riverend, entre los años 1847 y 1874 llegaron a Cuba alrededor de 150 000 chinos, casi todos hombres, contratados por ocho años como peones agrícolas) y otra menor en las décadas finales del mismo siglo. La agitación política en la China de los años 1920 generó una emigración que tenía por destino ideal los Estados Unidos; pero que a menudo terminó en Cuba... a las puertas del American dream.

La Isla de las Alucinaciones es una novela juvenil que tiene por centro las aventuras de una niña española y sus amigos cubanos en torno a un pueblito imaginario, poblado esencialmente por descendientes de chinos, y en una isla, igualmente imaginaria, vinculada al tráfico de mano de obra china (los llamados coolíes) en el siglo XIX. Uno de los personajes principales del libro, la niña de fuerte carácter Maruchi Pérez Chong, es descendiente de chinos y sus vivencias junto con la española Paloma y los otros cuatro cubanos de la pandilla revive y actualiza el pasado chino-cubano.  

http://elpajarolibro.blogspot.fr/p/la-isla.html


"La Isla de las Alucinaciones"
Editorial Premium. Sevilla, 2017
Premio Avelino Hernández de Novela Juvenil

Los protagonistas de La Isla de las Alucinaciones aparecen por primera vez en mi novela Mi tesoro te espera en Cuba, estrenada en francés en el año 2000 bajo el título Cuba, destination trésor y que tiene dos ediciones en castellano: la de Sudamericana (Buenos Aires, 2002) y la de Edelvives (Zaragoza, 2008) actualmente en el comercio.

En esa primera novela "la china" Maruchi ya se destaca por su carácter indomable, pero del pueblo donde vive su numerosa parentela de origen asiático no se habla todavía en detalle.


ilustración de Boiry para ambas ediciones de Cuba, destinationt trésor



Es un relato organizado en torno a 17 capítulos, que nos lleva a la Cuba actual sin miedos ni reservas y que nos hace ver que los pueblos, por muy distintos que sean, pueden entenderse si así lo desean puesto que, como humanos, hay más puntos de unión que de diferencia.
...
Aprovecha el autor para aludir a la llegada, en condiciones casi de esclavitud, de más de 100.000 chinos a Cuba a mediados del S. XIX. Los descendientes de estos chinos son los pobladores de La Chongolina, el lugar donde vive la  familia de Maruchi, una de las jóvenes de la pandilla. 
...
Hay un personaje que destaca entre todos. Nos referemos a Mamá Chong, la matriarca del poblado, una mujer de edad indefinida, que parece una vidente y que observa más allá de lo que los sentidos le ofrecen. Ella es quien alerta a los chicos acerca de la maldición de la llamada Isla de las Alucinaciones, muy cercana a la Chongolina. En esta Isla, misteriosa, en el pasado, se dieron casos de tráfico de esclavos y parece que la isla tenga su propia manera de ser. Eso llama la atención al grupo de amigos que acaban yendo a la isla, al principio diciéndolo y, después, de forma clandestina. Descubren otro misterio no menos duro que el tráfico de esclavos: el de drogas.
Así llegamos a la segunda parte de la novela, narrada de manera más rápida, con más acción e intriga
...
La Isla de las Alucinaciones es una novela contra los prejuicios, contra los tópicos culturales y a favor de la interculturalidad. Es una novela viva, muy bien narrada, con unas descripciones certeras y con un diálogo real que nos permite conocer, de primera mano, a los personajes. Una novela juvenil, sin duda, pero que ha de ser del gusto de cualquier lector porque contiene intriga, acción, testimonio humano y crítica social.

TOMADO DEL EXCELENTE COMENTARIO DE
ANABEL SAINZ RIPOL EN SU BLOG
LAS DOS ORILLAS
https://vocesdelasdosorillas.blogspot.com/2018/04/la-isla-de-las-alucinaciones-no-veo-por.html?spref=fb

Fragmentos 


Del capítulo 2
"Viaje al oriente"


–¿La Chongolina se llama así porque la habitan los Chong? –le preguntó Paloma.
–Es lo que nos gusta creer. Pero ¿quién quita que sea al revés? Nuestros antepasados eran pobres y analfabetos; campesinos del sur de China que fueron traídos a Cuba a mediados del siglo xix con promesas de una vida mejor. Pero los encerraron en grandes plantaciones, donde los trataban casi igual que a los esclavos africanos con los que debieron compartir penas y no solo trabajo. Al llegar les españolizaban el nombre y muchos hasta perdieron el apellido.
–Por suerte para una que yo conozco –se rio Kilito–. Maruchi Pérez suena mejor que Maruchi Chong, Maru Chichón.
–Espera a que te ponga la mano encima –le prometió la niña–. Vas a ver quién es el de los chichones.
Carbó abandonó el libro que estaba leyendo y relanzó la conversación.
–En la segunda mitad del siglo xix, Cuba era la colonia más importante que le quedaba a España. Las plantaciones de caña de azúcar exigían mucha mano de obra, pero los ingleses habían obtenido la prohibición del tráfico de esclavos a partir de 1821. Los africanos siguieron llegando, pero de contrabando. Era arriesgado, costoso…
–Y eso no les gustó a los tacaños españoles –intercaló Maruchi.
–Ni al gobierno español, que mandaba en Cuba, ni a los dueños de plantaciones y centrales azucareros; fueran cubanos, españoles o de otros países –precisó Carbó–. Lo cierto es que la mayoría de los que se oponían al tráfico de esclavos, y a la esclavitud misma, lo hacían por interés y no por sus buenos sentimientos. Los ingleses fabricaban maquinarias, telas y otras cosas, así que preferían que la industria azucarera funcionara con sus máquinas y que en lugar de esclavos hubiese obreros. Los obreros tendrían un salario que gastar en otros productos ingleses: ropa, cacharros, herramientas…
Todos los viajeros escuchaban en silencio, impresionados por aquel niño que hablaba como un manual de historia. Pero Maruchi volvió a lo suyo:
–Es lo que yo decía: los ingleses eran gente avanzada y los españoles, brutos y abusadores.
–Esclavitud seguía habiendo en Estados Unidos y en Brasil, que eran países independientes y nunca tuvieron nada que ver con España –aclaró Carbó–. La trata de esclavos la practicaron todos: portugueses, franceses, holandeses, brasileños, norteamericanos… Y españoles y gente nacida en Cuba también, por supuesto. En cuanto al tráfico de peones asiáticos, lo organizaron los propios ingleses con ayuda de comerciantes y funcionarios chinos a quienes no les importó la suerte que iban a correr sus compatriotas. 


Del capítulo 3
"Bienvenidos al fin del mundo"


El taxi colectivo se puso en marcha con una salva de explosiones y humo negro. Crujía como un velero antiguo y con cada irregularidad del terreno hacía saltar a sus ocupantes.  Sin embargo, encaró valientemente las alturas que separaban a Puerto Madre de la zona de farallones y caletas donde se escondía La Chongolina.
–En este paraje despoblado y remoto mis antepasados esperaban escapar de la explotación –explicó Antonio Chong–. La servidumbre de los chinos se suprimió en 1883, tres años antes de la liberación de los últimos esclavos de origen africano. La mayoría de los chinos se fueron a las ciudades, pero mis antepasados prefirieron quedarse entre ellos. Así nació La Chongolina.
–Mi tío es quien mejor conoce la historia de nuestra familia –afirmó Maruchi con orgullo.
–Soy el que más ha leído y el único que ha buscado en archivos y bibliotecas –aclaró el pescador–. Pero nadie cuenta cosas tan interesantes como Mamá Chong. Ella nació en Cantón y es la única de todos nosotros que todavía habla chino.
–Sí –ironizó Maruchi–. Cuando habla.
–Mamá Chong tiene casi cien años y no siempre está para charlas. Pero cuando se presenta la ocasión, vale la pena soportar sus manías.

Fragmento del capítulo 4 "Más preguntas que respuestas"


Paloma se bebía sus palabras con más placer que el café con leche (y eso que estaba muy bueno, aunque demasiado dulce). La abuela de Maruchi, por su parte, estaba encantada con su interés. No venían muchos forasteros a La Chongolina, y extranjera, Paloma era la primera.
–Hoy en día hay mucho respeto por la identidad, las raíces y todo eso. Pero en aquellos tiempos la expresión “diversidad cultural” no significaba nada. Los chupatintas que debían inscribir a los emigrantes hallaban muy difíciles los nombres chinos. Se los cambiaban por algo que les sonara parecido ¡o por lo primero que les viniera a la cabeza! Fue así que acabamos llamándonos Arocha, como yo, o Rodríguez, García y González como cualquier hijo de español.
La abuela se sirvió café y se sentó junto a Paloma.
–Obviamente, también perdimos nuestra cultura. Mi hijo Antonio dice que en La Habana están tratando de revivir el barrio chino que se formó alrededor de la calle Zanja. Pero ya no quedan chinos de verdad. Cuando yo era niña conocí gente que hablaba menos castellano que mandarín o cantonés. Sin embargo, ahora, en cien kilómetros a la redonda, la única que habla chino es Mamá Chong. Ella ha vivido cosas extraordinarias y sabe mucho. Un día de estos te invitará a visitarla…
–¿A mí? –se asombró Paloma–. ¿Acaso sabe que estoy aquí?
La abuela de Maruchi soltó una risa pícara.
–Mamá Chong apenas sale de su casa y habla poco, pero oye mucho. Dicen que sus oídos son tan finos que puede captar cuanta conversación se produce en La Chongolina… y que tiene poderes. ¡Poderes sobrenaturales!
Paloma puso tal cara de estupefacción que la mujer le dio una  palmadita en el brazo, como para devolverla a la realidad.
–No tienes por qué creerme –aclaró–. Somos gente sencilla, aislada del mundo y de sus cosas modernas. Puede ser que le demos demasiado uso a la imaginación… Pero de que Mamá Chong es una persona absolutamente fuera de lo común, no tengas la menor duda.

Del capítulo 8"Misteriosa Mamá Chong"


Todos se preguntaron, inquietos, si el asunto del repelente y la rivalidad con Paloma habían llegado a sus oídos. Pero la centenaria ya decía, como para sí misma:
–La Chongolina tiene un problema con los alacranes. Un problema antiguo…
Creyeron que Mamá Chong iba a hablar de lo ocurrido esa mañana. Pero tras un silencio, tan largo que pensaron que la centenaria se había dormido, su voz resurgió con una entonación completamente distinta, suave y al mismo tiempo cavernosa, como si brotase de un enorme jarrón de porcelana:
–Los primeros chinos que llegaron a esta comarca fueron víctimas de un filibustero; gallego por parte de padre, filipino por parte de madre y malvado por todas partes. ¡Pobres chinitos! Caer en manos de Jefe Escorpión fue lo peor que pudo ocurrirles. El maldito se enteró de que los ingleses se proponían abastecer con chinos el mercado de trabajadores del Caribe, y les ofreció su conocimiento del litoral cubano y del Mar de China Meridional, su habilidad para el comercio ilegal y su goleta Ocamba, enteramente tripulada por bribones.
Mamá Chong hizo una pausa. Su mirada se detuvo tanto tiempo en Paloma y Maruchi que todos tuvieron la impresión de que buscaba en ellas la inspiración para proseguir.
–Largo y penoso era el viaje. Había que atravesar el Océano Índico, contornear África y cruzar el Atlántico hasta los puertos de La Habana o Matanzas. Algunos morían, y los demás llegaban flacos y débiles. Para que soportaran aquellos meses de angustia, Jefe Escorpión ordenó distribuir opio entre los desgraciados chinos. Luego tuvo la idea de dejarles descansar en una isla desierta antes de llevarlos al mercado de braceros. Los chinitos podían bañarse en el mar, tomar sol, recuperarse del mareo y la mala comida de a bordo, y fumar más opio...
–No era tan malo el Escorpión ése –comentó Kilito.
–¡Era el peor de todos! –graznó Mamá Chong–. La salud de los chinitos no le importaba nada. Solo pretendía que lucieran bien para cobrar más dinero por ellos. Sus “buenos tratos” y el opio reducían la desconfianza de sus víctimas, que creían haber pasado lo peor y acababan firmando contratos de trabajo que los convertían prácticamente en esclavos. Gracias a sus trucos, Jefe Escorpión comenzó a obtener mayores ganancias que los demás traficantes. 
La nieta mayor de Mamá Chong entró con una bandeja y varias tazas humeantes. 
–Es la hora de su té, Mamá –dijo en voz baja.
Las tazas eran antiguas, de porcelana, todas diferentes. Alguna estaba un poco rota, pero resultaban un lujo comparadas con los jarritos de lata que usaban los chongolinos. Por el olor, los chicos comprendieron que su infusión no era la misma que llenaba la taza de la centenaria. Una taza grande y dorada, decorada con un dragón... ¿O era un escorpión?
Mamá Chong cerró los ojos y aspiró el vapor que salía de su taza. De los chicos, el único que apreciaba el té era Carbó. Jorge y Kilito intercambiaron una mueca y dejaron las tazas en el suelo. Pero la anciana, siempre con los ojos cerrados, ordenó:
–¡Beban!... Dejar enfriar el té es ingrato, tonto y hasta dañino.
Los cinco sintieron como la infusión corría por sus gargantas, sus estómagos… hasta llevar su calor a las plantas de sus pies y a la raíz de sus cabellos. Tuvieron la impresión de que la habitación se llenaba lentamente de una luz dorada y vaporosa que nada tenía que ver con la lámpara de aceite.
–Jefe Escorpión se convirtió en un hombre rico, poderoso, y compró la isla donde enmascaraba los sufrimientos de los chinitos. Allí, como en los tres barcos que llegó a poseer, sus menores deseos eran órdenes para los marineros, y leyes inviolables para la mercancía humana que le reportaba un cofre de oro por  viaje. Sin embargo, Jefe Escorpión no vivía mejor que cuando era un miserable filibustero. Él no se cubría de oro y terciopelo, como sus lugartenientes, y no comía faisán ni bebía coñac francés como ellos. A él lo que le gustaba era el poder, ejercer su autoridad sobre todos y sobre todo: fueran quienes fueran, fuese lo que fuese. Por eso, aunque ya había cumplido ochenta años, seguía capitaneando su goleta Ocamba, y mandando como un rey en su isla de opio y mentiras…
–La Isla de las Alucinaciones –musitó Carbó.
Mamá Chong lo miró como a alguien que te cuenta el final de la película justo cuando entras al cine.
–Nadie sabe cómo murió Jefe Escorpión –dijo con cierta brusquedad–. Eso ocurrió mucho antes de que me trajeran a Cuba, siendo una niña. Cuando los mayores hablaban del asunto nunca se ponían de acuerdo: unos pretendían que un rayo bajó de un cielo perfectamente despejado para incendiar la goleta, o que ésta se estrelló contra unos arrecifes surgidos de repente en un mar apacible. Otros hablaban de un motín de la tripulación, porque Jefe Escorpión también maltrataba a la marinería, o de una rebelión de chinitos, al fin hartos de mentiras y privaciones.
Mamá Chong cerró la boca, cerró los ojos y hasta pareció desaparecer dentro de aquel sillón suyo, tan parecido a un armario. Los chicos tuvieron la impresión de estar solos en la habitación, que de nuevo se había vuelto oscura y ya no olía a té, sino a las flores secas que colgaban del techo.
Pero de repente la anciana estaba ahí, con los ojos bien abiertos y hablando con su voz susurrante como la seda cruda.
–La súbita desaparición de Jefe Escorpión y sus hombres solo aumentó los sufrimientos de la última partida de chinitos. Se encontraron solos en la isla, sin alimentos y sin embarcación en la cual tratar de alcanzar la tierra firme. Muy pocos sabían nadar y ninguno conocía las traicioneras aguas, infestadas de tiburones. Los que intentaron la travesía, a nado o en una improvisada balsa, no llegaron a ninguna parte. La mitad de los chinitos era moribunda o cadáver, cuando apareció uno de los clientes de Jefe Escorpión, extrañado de no recibir el cargamento prometido. Arramblaron con los que todavía eran capaces de trabajar, y a los demás los abandonaron a su fatal destino.
Mamá Chong hizo otra pausa larga. A veces daba la impresión de que le faltaba el aire o le fallaba la memoria. Sin embargo, cuando hablaba de nuevo su voz era tranquila y segura; como si leyera un libro invisible, suspendido a la altura de sus ojos.
–La Isla de las Alucinaciones tendría que estar sembrada de esqueletos. Pero como es una tramposa, nunca se ha encontrado un hueso humano en su suelo. Y tampoco se ha descubierto el menor rastro de naufragio o de los cofres de oro que Jefe Escorpión debió dejar enterrados.
Esta vez Mamá Chong estuvo callada más tiempo. Los chicos se miraron, preguntando sin palabras si la extraña visita había llegado a su fin. Como una señal, escucharon abrirse la puerta de la casa. La luz del mediodía se filtró hasta el sillón, tan parecido a un armario, desde donde la anciana les había estado hablando.
Pero allí no había nadie. Solo un chal de seda gris, como un jirón de niebla, cubría el asiento.
–Vuelvan a visitarme un día de éstos…
La  voz de Mamá Chong les llegó desde el otro extremo de la habitación. Allí estaba más oscuro que en el sillón-armario, pero tuvieron la impresión de hallarse ante otra persona: más alta, más corpulenta y mucho menos vieja.
–… estoy segura de que tendrán preguntas que hacerme.
–¡Precisamente! –dijo Jorge precipitadamente–. Todo el mundo asegura que la Isla de las Alucinaciones está maldita y que no debemos visitarla.
Mamá Chong se dio vuelta y, sin contestar, se perdió en las sombras del pasillo. Pero cuando los cinco chicos estaban por abandonar la casa, escucharon su voz, lejana, pero nítida:
–La Isla de las Alucinaciones y la Chongolina están separadas por un acantilado mudo y un mar engañoso. Pero lo que separa, une… Mi padre y sus hermanos fueron prisioneros de esa isla. Sin embargo, cuando ganaron la libertad escogieron rehacer sus vidas aquí; tan cerca, pero tan lejos… Si van, tengan mucho cuidado. Sobre todo ustedes dos, Maruchi y Paloma.
las dos ediciones francesas de Mi tesoro te espera en Cuba
(en francés: Cuba, destination trésor
publicadas por Hachette. París, en 2000 y 2003

http://auteurjeunessedecuba.blogspot.com/p/cuba-destination-tresor.htmlhttp://elpajarolibro.blogspot.fr/p/mi-tesoro-te-espera-en-cuba-de-joel.html



Mi tesoro te espera Cuba recibió en 2001 el Premio de la Ville de Cherbourg , concedido por niños de 29 de las 30 escuelas de Cherbourg y Octeville (Normandía). En ese mismo año, mi novela fue cuarta finalista del Prix des jeunes lecteurs que conceden comités de lectura integrados por chicos de toda Francia.


Ilustración de tapa de la primera edición en castellano de "Mi tesoro te espera en Cuba"
Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 2002

Evidentemente, el ilustrador argentino de esta versión se basó en viajas publicciones chinas
para concebir la imagen de Maruchi Pérez Chong. 


La edición actual de "Mi tesoro te espera en Cuba"
Edelvives. Zaragoza, 2008
con una triste foto por tapa y sin ilustraciones


幻觉
 

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la primera máquina que utilicé: sala Juvenil de la Biblioteca Marti. Santa Clara, Cuba (foto de 1993

Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.


Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Tengo músculos de payaso






PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).