LIBROS CON PAGINA PROPIA

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es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

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25/6/17

"La Isla de las Alucinaciones", premio de novela juvenil en España



El choque cultural, sobre la convivencia entre jóvenes urbanos y de una apartada zona rural, de Cuba y España, con referencias al pasado colonial de la Isla, al tráfico de drogas que tiene lugar entre el Sur y el Norte de América, a la corrupción de las autoridades... son los principales ingredientes (con la aventura, el amor, los celos) de "La Isla de las Alucinaciones", una de las raras novelas juveniles cubanas (y latinoamericanas) premiadas en España en los últimos años. El premio Avelino Hernández de novela juvenil 2016 fue otorgado por unanimidad a "La Isla de las Alucinaciones", actualmente en el mercado editorial gracias a la cuidada edición de Premium.Desde mi experiencia como autor cubano residente en Francia (después de haber vivido en Brasil, Dinamarca, Argentina...) he intentado aproximar la "exótica" realidad cubana a lectores de España y de Europa en general. Ya una experiencia similar emprendida en el año 2000 me permitió tan buena conexión con los chicos franceses que mi novela "Mi tesoro te espera en Cuba" (en fancés "Cuba destination trésor") fue recompensada con el premio de la Ville de Cherbourg y finalista del Prix des jeunes lecteurs... ambos integrados por jurados de chicos lectores muy exigentes. 

La Isla de las Alucinaciones recibió el premio de novela juvenil Avelino Hernández que patrocina el ayuntamiento de Soria. Proclamado en enero pasado, el galardón me fue formalmente entregado durante mi primera estancia en la ciudad de los poetas Bécquer, Machado y Gerardo Diego.


Palabras  de aceptación del V Premio Avelino Hernández de novela juvenil


Comenzaré con una cita obligada: “Seré breve…”






El 27 de octubre de 1492, cuando Cristóbal Colón desembarcó en Cuba ni remotamente se le ocurriría pensar que más de cinco siglos después un descendiente de los indios desnudos que amablemente le recibían ganaría un premio en Soria… tierra grata a la reina Isabel que tanto lo ayudara en su viaje de revelación (evitemos el polémico término de “descubrimiento”) de un “Nuevo Mundo” al  mundo viejo.

Por supuesto, no escribí “La Isla de las Alucinaciones” con una pluma de guacamayo como las que ornaban las cabezas  de mis remotos antepasados. Cuando presenté por primera vez una novela a premio  -hace 40 años- esos vistosos papagayos ya estaban más extinguidos que aquellos aborígenes de los que desciendo por línea paterna.


En 1977 yo no escribía siquiera con la estilográfica china que me habían regalado por mis quince años, pues perdía tinta; pero chinos hay muchos en mi novela premiada con el Avelino Hernández. También hay una pandilla de chicos como en aquella novela mía de hace cuatro décadas, que se titulaba “Aventura en el campamento vacacional” y compartía con “La Isla de las Alucinaciones” el escenario costero, el misterio y la cercanía siempre problemática entre Cuba y Estados Unidos.  

manuscrito presentado al premio UNEAC en 1977
... y la novela, de aquel derivada, que publicó Alfaguara en 2009
Aquel premio de la Unión de Escritores de Cuba al que me presenté en 1977 fue declarado desierto.  Pero Dora Alonso, escritora que presidía el jurado con su enorme prestigio, me dijo: “tu libro fue lo mejor que se presentó y tú sin dudas tienes madera de escritor; por eso puedo decirte francamente qué falla en tu libro”. 

Sus observaciones y consejos me fueron muy útiles y si no salvaron de momento aquella primer manuscrito, sí  contribuyeron la publicación de mi primer libro, El secreto del colmillo colgante, seis años después. No obstante, cuando salí de Cuba en 1989 seguía sin haber ganado un premio de la importancia del Avelino Hernández… y ya no podría ganarlo allí porque ningún emigrado cubano “es profeta en su tierra”.

las dos versiones del que fuera mi primer libro:
El secreto del colmillo colgante. La Habana. Gente Nueva, 1983
y la versión "definitiva"
El secreto del colmillo dorado. Hillmann. Bogotá, 2013
He publicado más de treinta libros en doce países y diez lenguas, e incluso algunos de mis libros han sido galardonados tras su publicación (en Francia, Alemania, Cuba y Venezuela). Pero ha debido ser en esta antigua ciudad de la Madre Patria que un jurado confíe totalmente en una de mis novelas inéditas. “La Isla de las Alucinaciones” cuenta el desentrañamiento del enigma cubano por una chica española, con formas más frecuentes en la narrativa hispana que en mi isla nativa: combinando aventura, historia y actualidad.

Ya he sido bastante breve y quiero agradecer al Ayuntamiento de Soria la excelente idea de crear un premio de novela juvenil que, al ser independiente de los planes y estrategias editoriales, se arriesga con un tema que “no se lleva”… aunque estoy seguro de que muchos jóvenes, y uno que otro adulto, se llevará en el corazón mi libro cuando lo publique (y será pronto) la editorial Premium… de aquella Andalucía que tanto sembró en los primeros tiempos de la Cuba española.

No puedo dejar de pensar en este momento en los autores que NO ganaron el Avelino Hernández en su quinta edición… y en los muchos escritores que pasan años mandando a premios que ganan otros. Entre los decepcionados (que son una abrumadora mayoría, pues solo puede ganar uno cada vez) siempre hay quien dice que los premios son una lotería. Es injusto porque, salvo condenables excepciones, los jurados trabajan con tanta seriedad como los autores que merecen –ganen o no– el galardón. Lo único de azar en un evento de este tipo es la coincidencia entre un jurado sensible a ciertos temas, formas o contexto y la obra que los posee, destacándola entre los demás manuscritos de calidad.

tapa y portadilla de la primera
novelita que terminé apenas cumplir
13 años
Y ahora sí voy a acabar de ser breve de una maldita vez:



Yo empecé a escribir en 1492… perdón, en 1967, siendo todavía un niño, cuando me faltaron las ediciones españolas que tanto me gustaba leer. Eran libros de autores peninsulares como Carmen Kurtz o Montserrat del Amo; pero sobre todo de autores ingleses, escandinavos o alemanes editados por Juventud, Molino, Noguer… que Cuba dejó de importar por razones ideológicas.

El caso es que demoré medio siglo en ganar este premio. Pero en el camino -que no ha sido largo y tortuoso, sino ancho y venturoso- he dejado una decenas de libros y muchas satisfacciones (también  una que otra frustración, ¿por qué ocultarlas puesto que ponen sal y pimienta a toda carrera literaria?). Ha sido un camino de crecimiento y de encuentros que me trae hoy, feliz, a Soria: tierra de poetas.

Perdonen que haya sido tan breve… ¡MUCHAS GRACIAS A TODOS!

Joel Franz Rosell


En Soria, el 13 de junio de 2017


La Isla de las Alucinaciones
desde este verano en toda España
Editorial Premium
http://www.autorespremiados.com/

presentación oficial en la Feria del Libro de Soria
4 al 11 de agosto


FRAGMENTO

... todas las ventanas de la casa, excepto la de la cocina, estaban cerradas. Para abrir la puerta, la nieta más joven de Mamá Chong usó la llave; cosa sorprendente pues los chongolinos solo echaban el cerrojo cuando salían del caserío.
Adentro estaba oscuro, casi frío y olía fuerte. Cuando su vista se ajustó a la poca luz, los chicos descubrieron mazos de hierba, hojas y flores secas en los rincones o colgando del techo. Eran las plantas medicinales con las que Mamá Chong trataba los problemas de salud que los chongolinos preferían no someter a la “médica de la familia”, y que también servían, como decía la centenaria, “para purificar los años que viven escondidos en mi vieja casa”.
Otra de las nietas de Mamá Chong acompañó a los visitantes a una habitación donde había muebles cuyas formas y colores se borraban en la penumbra. Paloma tuvo la impresión de volver a la tienda de antigüedades que tanto gustaba a su tío Homero. Había unas estatuillas y un jarrón que brillaban poco a pesar de estar junto a una lámpara de aceite. A la mente de los chicos vinieron palabras exóticas como “jade”, “laca” y “marfil”.
–¿No les han enseñado a saludar? –preguntó una voz.
Los cinco se volvieron sobresaltados hacia lo que habían creído un armario y que en realidad era una especie de sillón. Allí se hallaba Mamá Chong. Era pequeña y delgada como una muñeca, y su piel estaba tan arrugada y oscurecida que parecía madera. Sin embargo, sus ojos brillaban. Y eso que la lámpara de aceite no la alcanzaba con su luz ambarina.
Comenzó por preguntarle a cada uno cómo se llamaba, cuáles eran los nombres y la profesión de sus padres, qué edad tenía y en qué curso estaba. Pero no parecían interesarle las respuestas y sus ojos vagaban por los rostros de los otros chicos. A continuación repetía las mismas preguntas al chico de al lado, sin mirarlo mientras le contestaba. A Maruchi, en lugar de interrogarla, le espetó:
–¡Tú, igual que siempre!
Todos se preguntaron, inquietos, si el asunto del repelente y la rivalidad con Paloma habían llegado a sus oídos. Pero la centenaria ya decía, como para sí misma:
–La Chongolina tiene un problema con los alacranes. Un problema antiguo…
Creyeron que Mamá Chong iba a hablar de lo ocurrido esa mañana. Pero tras un silencio, tan largo que pensaron que la centenaria se había dormido, su voz resurgió con una entonación completamente distinta, suave y al mismo tiempo cavernosa, como si brotase de un enorme jarrón de porcelana:
–Los primeros chinos que llegaron a esta comarca fueron víctimas de un filibustero; gallego por parte de padre, filipino por parte de madre y malvado por todas partes. ¡Pobres chinitos! Caer en manos de Jefe Escorpión fue lo peor que pudo ocurrirles. El maldito se enteró de que los ingleses se proponían abastecer con chinos el mercado de trabajadores del Caribe, y les ofreció su conocimiento del litoral cubano y del Mar de China Meridional, su habilidad para el comercio ilegal y su goleta Ocamba, enteramente tripulada por bribones.
Mamá Chong hizo una pausa. Su mirada se detuvo tanto tiempo en Paloma y Maruchi que todos tuvieron la impresión de que buscaba en ellas la inspiración para proseguir.
–Largo y penoso era el viaje. Había que atravesar el Océano Índico, contornear África y cruzar el Atlántico hasta los puertos de La Habana o Matanzas. Algunos morían, y los demás llegaban flacos y débiles. Para que soportaran aquellos meses de angustia, Jefe Escorpión ordenó distribuir opio entre los desgraciados chinos. Luego tuvo la idea de dejarles descansar en una isla desierta antes de llevarlos al mercado de braceros. Los chinitos podían bañarse en el mar, tomar sol, recuperarse del mareo y la mala comida de a bordo, y fumar más opio...
–No era tan malo el Escorpión ése –comentó Kilito.
–¡Era el peor de todos! –graznó Mamá Chong–. La salud de los chinitos no le importaba nada. Solo pretendía que lucieran bien para cobrar más dinero por ellos. Sus “buenos tratos” y el opio reducían la desconfianza de sus víctimas, que creían haber pasado lo peor y acababan firmando contratos de trabajo que los convertían prácticamente en esclavos. Gracias a sus trucos, Jefe Escorpión comenzó a obtener mayores ganancias que los demás traficantes. 
La nieta mayor de Mamá Chong entró con una bandeja y varias tazas humeantes. 
–Es la hora de su té, Mamá –dijo en voz baja.
Las tazas eran antiguas, de porcelana, todas diferentes. Alguna estaba un poco rota, pero resultaban un lujo comparadas con los jarritos de lata que usaban los chongolinos. Por el olor, los chicos comprendieron que su infusión no era la misma que llenaba la taza de la centenaria. Una taza grande y dorada, decorada con un dragón... ¿O era un escorpión?
Mamá Chong cerró los ojos y aspiró el vapor que salía de su taza. De los chicos, el único que apreciaba el té era Carbó. Jorge y Kilito intercambiaron una mueca y dejaron las tazas en el suelo. Pero la anciana, siempre con los ojos cerrados, ordenó:
–¡Beban!... Dejar enfriar el té es ingrato, tonto y hasta dañino.
Los cinco sintieron como la infusión corría por sus gargantas, sus estómagos… hasta llevar su calor a las plantas de sus pies y a la raíz de sus cabellos. Tuvieron la impresión de que la habitación se llenaba lentamente de una luz dorada y vaporosa que nada tenía que ver con la lámpara de aceite.
–Jefe Escorpión se convirtió en un hombre rico, poderoso, y compró la isla donde enmascaraba los sufrimientos de los chinitos. Allí, como en los tres barcos que llegó a poseer, sus menores deseos eran órdenes para los marineros, y leyes inviolables para la mercancía humana que le reportaba un cofre de oro por  viaje. Sin embargo, Jefe Escorpión no vivía mejor que cuando era un miserable filibustero. Él no se cubría de oro y terciopelo, como sus lugartenientes, y no comía faisán ni bebía coñac francés como ellos. A él lo que le gustaba era el poder, ejercer su autoridad sobre todos y sobre todo: fueran quienes fueran, fuese lo que fuese. Por eso, aunque ya había cumplido ochenta años, seguía capitaneando su goleta Ocamba, y mandando como un rey en su isla de opio y mentiras…

–La Isla de las Alucinaciones –musitó Carbó
                                                   
                                      (...)





EN LA PRENSA







Unprimera aventura  de los protagonistas de "La Isla de las Alucinaciones" se cuenta en Mi tesoro te espera en Cuba, publicada en España por Edelvives (2008) y estrenada en su versión francesa Cuba destination trésor (Hachette. París, 2000)

tres versiones de Mi tesoro te espera en Cuba: Hachette, 2000; Sudamericana, 2002 y Edelvives, 2008 


6/6/17

CUBA. AUTORES ADULTOS Y LECTORES NIÑOS: HERMANOS DE INTERCAMBIO

La Habana. Editorial Gente Nueva, 2016
Premio Pinos Nuevos
ilustraciones: Ares

Hermanas de intercambio y el pacto con el lector infantil

¿Realismo o desencanto?

Desde mediados de los años 1990, los autores de literatura infantil que en Cuba suplen la falta de una verdadera actividad crítica (que no es la opinión de creadores sobre su obra o la de sus colegas, y a veces amigos, ni la promoción que hacen las editoriales de sus productos y ni siquiera la mayoría de los trabajos universitarios, más elogiosos que exegéticos). Esos autores desdoblados en ensayistas y normativos (al también ejercer como jurados y editores) han defendido la tesis de que el abordaje sin cortapisas de los males de la familia, la escuela y la sociedad en general, es la marca definitoria de la literatura (en realidad se refieren esencialmente a la narrativa) cubana para chicos posterior a 1989.

Lo que yo veo es que la literatura infanto-juvenil cubana contemporánea está fuertemente impregnada del mismo desencanto que Leonardo Padura señala como rasgo característico del conjunto de la creación en la isla. Esa posición o sensibilidad se manifiesta en la narrativa que podemos considerar propiamente realista porque sitúa en un marco (geográfico, histórico, socio-económico, cultural) reconocible, a personajes “comunes” que reciben golpes, enfrentan y a veces (pocas) vencen problemas objetivos -o subjetivos con base objetiva- sin herramientas, estrategias o recursos mágicos, parabólicos o simbólicos. Otra parte, en absoluto desdeñable, de la narrativa infanto-juvenil cubana posterior a 1995 recurre a distopías, parábolas, escenarios no localizados o personajes fantásticos no solo por preferencias estéticas (como Mildre Hernández en su lograda Memorias de una vaca o Luis Cabrera en su atrevido Camposanto florecido) sino porque su necesidad de cuestionar la realidad implicaría un choque castrador con la dificultad que todavía tienen ciertos estamentos para aceptar una representación crítica de la Cuba actual.


No obstante, si hablé en mis primeras líneas de desencanto más que de realismo, es porque no veo en la LIJ cubana actual tanta representación concreta de nuestras realidades (¿alguna vez he leído términos como “reunión del CDR”, “picadillo de soya”, “se cayó del camión”, “batalla de ideas”, “paladar”, “bloqueo”, o la evocación explícita de una calle, de un barrio o de un hecho relevante reciente?). En cambio veo un pesimismo casi programático en gran parte de la producción; sea de corte realista o parabólico-fantasiosa, en forma de libro independiente o integrado a una de las abundantísimas “antologías”.

Pero si puedo entender y hasta compartir la inquietud de muchos frente a ciertos aspectos de nuestra realidad, lo que realmente me preocupa es verla expresada con evidente desconocimiento de las necesidades y posibilidades de comprensión y disfrute  por su destinatario supuesto, que son almas cargadas de futuro.

Para ganar un premio de literatura infantil e incluso para publicar un libro, hoy, en Cuba, parece obligatorio mostrar un niño más o menos infeliz, con los padres divorciados y uno de ellos al menos, alcohólico, ausente, violento, frustrado… sin que se indiquen, en la mayoría de los casos, los motivos sociales de tanta disfuncionalidad: falta de utilidad, mala remuneración y/o de reconocimiento social de la labor ejercida, hacinamiento en una vivienda con malas condiciones, injusticia social, desacuerdo con el Sistema… Parecería que se dice a los chicos: tus adultos son malos porque sí; las dificultades de los individuos y de la sociedad están desconectados de los grandes problemas estructurales o coyunturales de la nación y el mundo.    

ilustración de Ares
Ruptura de contrato

Las fuentes del fracaso de los personajes adultos están a menudo ocultas tras veladas alusiones, símbolos, metáforas u opacas elipsis. Demasiado vagamente para la comprensión o la catarsis a que el joven lector tiene derecho. Abundan (¿predominan?) temáticas, ideas y personajes adultos; pero incluso cuando no es así, la perspectiva y las referencias –culturales, históricas, cotidianas- de los personajes y del propio narrador (frecuentemente una tenue máscara del autor) evidencian que numerosos libros infanto-juveniles cubanos no son libros para niños y adolescentes. Para decirlo más claro: hay demasiado texto ombliguista, más preocupado en mostrar a los colegas el dominio de las técnicas literarias de moda o en aliviar al autor de sus decepciones, frustraciones, cóleras y dudas… sin tener para nada en cuenta la necesidad de sus compatriotas más jóvenes, que en definitiva también son impactados por frustraciones, cóleras y dudas (las mismas y otras que son específicas de su edad).

Hay quien evacúa el problema –del que está perfectamente consciente- con una pirueta demagógica, afirmando que los niños lo comprenden todo, que incluso comprenden mejor que los adultos, que cualquier tema cabe en la literatura infantil si está debidamente tratado… Pero he ahí el problema: que demasiado a menudo aparecen libros para niños de escritores que no conocen ni les interesa conocer a los niños. Lo digo francamente: hay mucho poeta, narrador o dramaturgo que no encuentra lugar en los planes editoriales para adultos y se apea con un presunto libro para chicos única y exclusivamente para tener un título más… y cobrarlo. Y arman su artefacto con el oficio que tienen (un oficio a base de fórmulas que no funcionan en la LIJ), con mucho lenguaje y muy poca trama, y –lo repito- desde un desconocimiento casi completo del infante como lector.

Pero el problema no radica solo en un puñado de oportunistas, sino en parte de la masa que, con la mejor intención, se lanza o instala en la literatura infantil sin conocerla y sin esforzarse en comprender a su destinatario.

Tratar a los chicos como si fueran adultos no es respetarlos. Es, al contrario, depreciarlos (¿despreciarlos?) al punto de no querer conocer sus peculiaridades sicológicas e intelectuales, su rango de vivencias y cultura. Es, sobre todo, no ser capaz de hallar en sus peculiaridades todo lo contrario de una limitación: un vasto horizonte donde explorar y desarrollar invenciones estéticas.

La renuncia a nuestro papel de mediadores entre el niño-adolescente y el mundo me parece imperdonable porque si algo no podemos eludir los adultos, seamos escritores, padres, maestros u otros actores sociales, es nuestro deber de proteger y acompañar a los más nuevos en el difícil tránsito de la vida. Si no estamos capacitados o, peor, dispuestos a cumplir el rol de Mentor, no asumamos la tarea. Al igual que un adulto cualquiera que prefiere no tener hijos por considerarse incapaz de educarlos, un escritor que no se estime suficientemente apto o motivado para conciliar –al precio que sea necesario- su ambición personal y las necesidades del destinatario infanto-juvenil, no debe publicar libros para tan especial público.

Cuando el autor y lector son hermanos           

No son pocos los autores cubanos (de las diversas generaciones en activo) que han salido airosos del desafío que supone la literatura infantil contemporánea: ser un adulto que escribe para niños y adolescentes en una época que ha quebrado la campana de cristal que otrora los aislaba de las realidades socio-económicas, morales, sicológicas… Todo ello sin renunciar (el autor) a la expresión auténtica de su espíritu, ambición e ilusiones de individuo y creador ni sacrificar (en el lector) su derecho a comprender, crecer y disfrutar.

En otra oportunidad extenderé mi análisis a otras obras publicadas en años recientes que han sabido aunar audacia estética y amenidad, en complicidad y no en conflicto con el destinatario niño o adolescente. Entre los que lo han logrado sin abandonar una visión crítica mencionaré libros tan peculiares como: 274, de Andrés Pi Andreu; Alicia, de Yamil Ruiz; La tienda de nadie, de Elena B. Corujo; Manolito y las cosas muertas, de Karel Bofill Bahamonde o Una casa con jardín, de Rebeca Murga y Lorenzo Lunar… Pero voy a detenerme, por ser uno de los títulos más recientes, de uno de los más jóvenes autores del panorama literario nacional, en Hermanas de intercambio, de Eudris Planche Savón, que fuera premio Pinos Nuevos 2015 y ha sido publicado este año por la editorial Gente Nueva, con atinadas ilustraciones del siempre competente Ares.

Hermanas de intercambio es una noveleta breve (92 páginas en formato 16 x 10 cm) dividida, de manera no muy evidente, en varias series de capítulos cortos que pueden ser de dos tipos: la narración “directa” hecha por Camila, una niña de 10 años, observadora e inteligente pero no desprovista de ingenuidad (fuente de sonrisas para el lector adulto y de identificación por el lector juvenil), y los apuntes de la  “libreta-diario” de la propia heroína-narradora. Lo que hace compleja la lectura es la alternancia –de hogares y de protagonismo de las anécdotas- que practican Camila y su hermana Yunieska. Es que se trata de una familia recompuesta: dos niñas que van y vienen de casa de la mamá a la casa del papá, alternándose. La madre de Camila parece “ligera de cascos” (no voy a utilizar la palabra “jinetera” que calificaría demasiado duramente al personaje y que, por supuesto, no la emplea el propio Planche; pese a que su lenguaje no es siempre pedagógicamente correcto). De todos modos, la más mala de la historia es la amargada abuela Hortensia. No mejor paradas salen Kassandra, condiscípula de Camila que pertenece a una familia “maceta”, y la maestra, demasiado sensible a los regalos de la susodicha.

Desde la primera viñeta, muy corta, titulada “Yunieska”, se destaca el estilo irónico y con gran habilidad para decir lo que no parece, del autor y/o la protagonista. Empezando por el hecho de que es hablando de su hermana y de la abuela que la narradora, Camila, se define a sí misma: lúcida, pero subjetiva, muy interesada en la vida ajena y en comprender a los adultos, exagerada, bastante tramposa e incluso un poquito mentirosa… En resumen: una niña deliciosamente compleja e interesante; excelente elección como narradora.

De hecho, lo más interesante del libro es la voz de Camila: su personalidad y manera de contar personajes y situaciones, sean estos importantes o apenas incidentales. La narrativa infantil cubana de este siglo explota mucho la fragmentación, habiendo de hecho creado todo un género nacional con los libros de “viñetas”. Cuando el autor es capaz de adobar su precisa lengua con eficaces “perlas” de la oralidad infantil cubana, ese protagonismo del discurso, y la galería de personajes que dicho instrumento presenta, constituyen en sí mismos un valor narrativo… que una trama de mayor desarrollo quizás no garantizaría.

El centro del libro son los conflictos familiares e interpersonales, con un enfoque nada idealizado de la familia, la escuela y el barrio; de los adultos y de los propios niños. Los recursos narrativos pueden ser innovadores, puestos en función de una representación que si bien, como ya he dicho, se ha convertido en estilema de la reciente narrativa cubana para chicos, refleja no solo nuestra sociedad actual... sino lo muy al tanto que están nuestros benjamines –lo admitamos o no- de sus impurezas. Un ejemplo es esta discusión entre los padres de Camila y Yunieska, en plena crisis de divorcio, donde la división de los bienes incluye a las dos niñas, completamente objetalizadas:

Papá1: Es muy fácil llevarse todo lo nuevo. Hasta cuando voy a perder, la yunieska es nueva y me la quedo yo, al igual que la batidora: la compré por mi mamá, no por ti. Si quieres llévate este mueble y la camila, que están de uso.
Mamá: ¡Nada de eso! Si tú eres inteligente, yo lo soy también. Mejor, para que terminemos con esto de una vez, lleguemos a un acuerdo. Pero primero te digo que el dinero que está en el banco es mitad tuyo y mitad mío, ¿o aceptas o no hay trato?
Papá1: Okey, aunque es fácil para ti decir “mitad y mitad”, ya que el dinero no salió de tu bolsillo. ¿Cuál es la propuesta de la que hablas? ¿Cómo hacemos con la yunieska, la batidora, y la camila?
                                                    p.31

ilustración de Ares
  
Hermanas de intercambio tiene un tema similar (divorcio y recomposición familiar, problemas escolares, adultos egoístas y egocéntricos) al de otros muchos libros infantiles publicados últimamente en Cuba; pero en este caso no se rompe el pacto con el lector puesto que el tratamiento formal, la perspectiva y las anécdotas se basan directamente en el mundo que viven los niños, y en su visión de los conflictos y defectos adultos (los afecten directamente o no). Esos ojos que miran y voz que narra han sido hábilmente construidos por Eudris Planche Savón a partir de una captación eficaz del mundo y la psicología de una infancia… de la que se le siente próximo, y no solo por su propia juventud. Lo confirma esta declaración al diario salvadoreño CoLatino:

La realidad gris la convertimos en un juego. Podíamos estar en la calle desde que salíamos de la escuela hasta pasadas más de las 10 de la noche, jugando un juego tras otro. Juegos de grupo. A través de mi literatura trato de recuperar mucho de esa realidad que viví, aunque por supuesto dándole un enfoque moderno, con niños protagonistas de estos tiempos. El humor siempre tendrá un espacio en mi literatura, por muy cruda que sea la realidad que retrate. La infancia que viví me demostró que siempre hay un momento para la risa...

https://www.diariocolatino.com/traves-literatura-trato-recuperar-mucho-esa-realidad-vivi/

La reconstrucción que de la realidad cubana actual hace Eudris Planche resulta pertinentemente enriquecida por el humor, experiencias personales ficcionalizadas y experimentos formales. Es por eso, pero sobre todo, insisto, por su respeto del niño (tal cual es, y no puesto en un altar) que considero Hermanas de intercambio uno de los buenos ejemplos en que se desmiente el tabú de que escribir críticamente sobre la realidad cubana actual impide la amenidad y la comunicación con el niño real.

Joel Franz Rosell
  
ilustración de Ares


la primera máquina que utilicé: sala Juvenil de la Biblioteca Marti. Santa Clara, Cuba (foto de 1993

Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.


Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Tengo músculos de payaso






PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).