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es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

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13/10/16

Nosotros, los que nunca seremos Premio Nobel



En sus 115 años de existencia, el Premio Nobel de Literatura ha reconocido cultores de géneros tan diversos como la poesía, la novela, el cuento, el ensayo, el teatro, la biografía, las memorias…  e incluso, como acaba de demostrarlo el premio 2016 otorgado a Bob Dylan, a un compositor y cantante  [me enteré cuando estaba a punto de publicar este texto], por singular que este sea.

Pero si más de un nobelizado cultivó esencialmente uno solo de los citados géneros, ningún autor mayormente consagrado a la literatura infantil ha sido distinguido con el más prestigioso galardón de la literatura mundial.

No creo correr riesgo alguno al afirmar que esta regla, no escrita, jamás será violada.

Incluso teniendo en cuenta que uno que otro premiado, como la chilena Gabriela Mistral, el indio Rabrindranath Tagore o el británico Rudyard Kipling, son hoy mayoritaria o ampliamente conocidos por sus obras para niños y adolescentes, o que autores como la sueca Selma Lagërloff y el español Juan Ramón Jiménez son autores de clásicos como “El maravilloso viaje de Nils Holgersson” y “Platero y yo”, lo cierto es que su elección para el Nobel fue hecha al margen e incluso a pesar de sus muestras de amor a la infancia. 




A lo más que podemos aspirar es a que, como en el caso del belga Maurice Maeterlink, se destaque “una riqueza de imaginación y una fantasía poética que revela, a veces con el aspecto de un cuento de hadas, una profunda inspiración, mientras atraen los propios sentimientos de los lectores y estimulan su imaginación de una forma misteriosa”… rasgos evidentemente definitorios de la literatura infanto-juvenil, pero que el jurado del Nobel detectó dentro una obra dramatúrgica destinada al público general.

¿Y el premio Andersen?

Algunos dirán que los escritores para chicos debemos contentarnos con laureles endémicos: el premio ALMA (creado por Suecia en memoria de su gran escritora para chicos Astrid Lindgren) o el Premio Andersen, que otorga la Organización Internacional del Libro Infantil y Juvenil (IBBY por sus siglas en inglés) con el patrocinio de la Reina de Dinamarca, país natal de Hans Christian Andersen.

El primer premio goza incluso de una dotación económica que no desmerece la del Nobel, pero fue creado solamente en 2003 y no se destina únicamente a escritores, sino también a ilustradores y promotores del libro y la literatura para chicos. En cuanto al Premio Andersen, si bien tiene una trayectoria de más de medio siglo, carece de dotación económica y eso, en los tiempos que vivimos, limita mucho su impacto.

Osaré, no obstante, una comparación entre el Premio Nobel de Literatura y los premios Andersen de Literatura Infantil (dejando de lado los de Ilustración, que comenzaron a otorgarse en la sexta edición, cuando se hizo evidente el rol creciente de esa especialidad en el libro infantil y su lectura).

En materia de representación de la literatura mundial el Premio Nobel de Literatura (que ha prestigiado 40 países y 25 lenguas) y el Premio Andersen (con 22 países y 16 lenguas) revelan datos que son más difíciles de interpretar de lo que parece a primera vista; entre otras razones porque la práctica mitad de los premios Nobel fueron concedidos antes de terminar la Segunda Guerra Mundial, mientras que el Premio Andersen es precisamente hijo de los cambios que tuvieron lugar en Occidente tras el fin de la mentada contienda. O sea que no es solo cuestión de cifras, dado que el Nobel se entrega cada año desde 1901 (a excepción de 1914, 1918, 1935 y 1940-1943), mientras que el llamado Pequeño Nobel (mejor sería decir el Nobel de “los pequeños”) se otorga desde 1956 y con carácter bienal. También hay que tener en cuenta los cambios objetivos (desarrollo económico y cultural de diversos países y regiones del mundo, y cambios en la mirada eurocéntrica propia de las primeras décadas del siglo xx).

El Nobel ha recompensado autores de los cinco continentes, e incluso ha distinguido creadores de países tan pequeños y poco visibles literaria y editorialmente hablando como Nigeria, Sudáfrica, Egipto, Turquía o Santa Lucía. No obstante, dominan la plantilla del Nobel 5 escritores franceses, 12 norteamericanos y 10 alemanes.

Por idiomas se impone el inglés (¿debido a que lo practica el mayor número de países?) con 28 autores, seguido del francés; una lengua también internacional, pero que ha sido honrada solo en la persona de autores galos. El alemán cubre apenas un puñado de países y territorios del centro de Europa y sin embargo dispone de 14 laureados, mientras la también internacional lengua española figura en cuarto lugar, con 11 nobelizados (9.8% del total) distribuidos en cinco países: España (sexto lugar con 6 laureados que equivalen al 5.3% del total), Chile (con 2), y Colombia, México y Perú con uno, respectivamente.

Por su parte, el Premio Andersen muestra una diversidad mucho menor, y ello no se debe solamente al hecho de que la literatura infantil es una especialidad más reciente y mayormente determinada por el desarrollo socio-cultural (la extensión y consolidación de la enseñanza y de la red bibliotecaria, sin las cuales el público lector es limitado), el desarrollo industrial (las imprentas de calidad son costosas y requieren personal especializado) y el desarrollo comercial (editoriales sólidas y eficaces sistemas de distribución y venta).

El más antiguo y prestigioso premio internacional de literatura infantil muestra una dispersión geográfica muy inferior a la del Nobel. De los 32 escritores premiados, 24 proceden de Europa y Estados Unidos, y 11 se expresan en inglés (5 estadounidenses, 3 británicos y uno de Australia, Nueva Zelandia e Irlanda, respectivamente). Llama la atención que el país más novelizado, Francia, deba contentarse con un único titular del Andersen (lo mismo que el único representante de Europa Oriental, la antigua Checoslovaquia). Alemania, Brasil, Japón y Suecia cuentan, respectivamente con dos galardonados; la misma cantidad (un español y una argentina) que las 22 naciones de expresión castellana. Tres asiáticos (2 japoneses y un chino) y dos de Oceanía (las “desarrolladas” Australia y Nueva Zelanda) completan un panorama del mundo donde África no existe.

El premio Nobel se ha mostrado escandalosamente machista al solo incluir 14 mujeres entre sus 113 premiados. El Andersen es infinitamente más equilibrado con 15 mujeres y 17 hombres… pero… ¿no está probado que las féminas son más numerosas en el mundo de la literatura infantil?

Si el Nobel fue rechazado por Pasternak (obligado por las autoridades soviéticas) y Jean Paul Sartre (que no aceptaba honores institucionales), y muchos son los grandes escritores que nunca lo recibieron; desde Tolstoi, Zola, Ibsen o Proust, a  Kafka, Borges, Carpentier, Roa Bastos o Nabokov), el Andersen no escapa a la polémica. Y no solo por “ruidosas” ausencias como Michael Ende, Road Dhal, Peter Härtling, Juan Farias, René Goscigny, Marcela Paz o María Elena Walsh (a quien se concedió el patético placebo de una “mención honorífica)…

¿La justicia tarda, pero llega? Confiemos en que pronto reciban el Premio Andersen autores como Alki Zei o Alice Vieira (¿Grecia y Portugal son países periféricos?) o como el español Fernando Alonso, quien lo merece mucho más que su único compatriota José María Sánchez Silva (autor recompensado en 1968 con tan poca razón que es el único que se vio obligado a compartirlo; con el alemán James Krüss, mucho más meritorio). Por su parte, la argentina María Teresa Andruetto no debió ser la primera (y única) hispanoamericana en obtenerlo en 2012.

¿Otro Síndrome de Estocolmo?

Esta prolongada digresión en torno al premio Andersen no debe apartarnos de lo esencial: ¿por qué un autor de libros infantiles no puede aspirar a ser recompensado con el Nobel de Literatura? ¿En qué sería la literatura para niños y adolescentes inferior a su similar para adultos?

Tres el número perfecto… incluso en teoría literaria. Ya en tiempos de la Grecia Antigua había tres tipos consagrados de oratoria, tres niveles de estilo y tres modos de representación. La teoría literaria romántica acuña una tríada pretendidamente platónico-aristotélica al consagrar tres géneros: el dramático, el épico y el lírico; es decir: el texto dramatúrgico, la narrativa (novela y cuento) y la poesía.
¿Una primera imperfección clásica de literatura infantil vendría del hecho de no ajustarse a la tríada genérica? Lo cierto es que mal podría excluirse de ella un cuarto género: el documental (que asegura la función informativa sin renunciar a recursos lúdicos que lo harían confundirse con el manual escolar), e incluso un quinto: el álbum ilustrado, donde un discurso predominantemente narrativo se expresa no solo a través de palabras sino de imágenes, en una completa interacción. Como si no bastara, tenemos que admitir que la llamada literatura infantil es en realidad una literatura infantil Y juvenil, donde la primera parte se desglosa en literatura para “pre-lectores” y literatura para niños que ya poseen la capacidad alfabética, y la segunda se confunde a menudo con las expresiones menos complejas, desde el punto de vista ideo-temático y estructural, de la literatura para adultos.

De hecho la literatura infantil y la literatura juvenil constituyen una especie de archigénero (tal vez dos archigéneros, respectivamente) caracterizados, en lo esencial, no por formas específicas (fuera del álbum ilustrado, todos sus géneros existen en la producción para adultos) sino por su peculiar forma de apropiarse la percepción y la relación con el mundo que son inherentes al niño o el adolescente (especificidades psicológicas, vivenciales, de cultura) que, captadas por los autores, configuran un modo de expresión estética sui generis.    

La definición de la literatura infantil y juvenil que acabo de esbozar, no es tenida en cuenta por la absoluta mayoría de los críticos, teóricos e historiadores de la literatura (para adultos) y por los miembros de la Academia Nobel de literatura. Para la mayoría de los profanos, la literatura infantil y juvenil no hace más que simplificar y̸o dosificar los temas y formas de la literatura para adultos y desde ese punto de vista, nuestro archigénero solo podría ser una forma inferior de la literatura para adultos, incapaz de renovar en la forma o de profundizar en el contenido con la intensidad que se espera de las más grandes obras, aquellas que en principio recompensaría con sus dorados laureles el Premio Nobel de Literatura.

Una lectura atenta de lo mejor de la literatura infantil y juvenil mundial (que ningún miembro de la Academia Nobel ni los más conspicuos especialistas de la mal llamada literatura general perderán su tiempo en realizar) permitiría descubrir interesantes innovaciones formales, funciones literarias, y aspectos de la realidad, las relaciones humanas o la conciencia que solo la literatura infantil y juvenil ha realizado o que ha completado antes que nadie (influyendo en la literatura para adultos). Pero todo lector con derecho al voto casi siempre tendrá la impresión de déjà vu cuando se adentra en las páginas destinadas a los chicos. Los temas trascendentes (la muerte, la traición, la guerra, el sentido de la vida) que habitualmente se asocia a los Grandes Autores parecerán, si no ausentes, superficialmente tratados en los libros para niños y adolescentes. Nosotros sabemos que no es así, pero los “nobelistas” no lo saben… y tampoco están demasiado interesados en enterarse.

He utilizado arriba el término literatura general, que se aplica a la literatura que no es específica como la infantil y juvenil –definida por su destinatario niño o adolescente– olvidando que todo adulto fue alguna vez chico y que ningún chico ha sido ya adulto. O sea que si no todo el mundo ha leído La Divina Comedia (y muchos no la leerán, aunque vivan centenarios), sí todo el mundo leyó Caperucita Roja y fue marcado por el intenso mensaje –más complejo de lo que parece en sus versiones abreviadas, edulcoradas y llamativamente ilustradas– en torno a los peligros de la sociedad, representada por el bosque, la relación entre verdad y mentira o las pulsiones sexuales... que bordean el incesto en el famoso diálogo entre el lobo disfrazado de abuelita y la ¿totalmente inocente? Caperucita.

Pero, claro, los niños y adolescentes no constituyen ni siquiera un tercio de la humanidad y cuentan todavía menos en términos de poder económico e intelectual. Un Premio Nobel interesa a todo el mundo, incluidos los no lectores, pero un Premio Nobel otorgado a un escritor para niños y adolescentes solo implicaría a la franja más débil de la humanidad y a los prescindibles millones de bibliotecarios, escritores, editores o maestros que a los susodichos se consagran… con salarios y prestigio social siempre inferior a quienes hacen lo mismo para un cliente adulto.

Y esta es la única, verdadera razón, por la que ningún buen escritor de libros para niños y adolescentes será nunca Premio Nobel.


1 comentario:

Mirtha Gonzalez dijo...

Impresionante el análisis que haces, por su profundidad y objetividad. Lo suscribo y comparto. Gracias por compartirlo.

la primera máquina que utilicé: sala Juvenil de la Biblioteca Marti. Santa Clara, Cuba (foto de 1993

Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.


Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Tengo músculos de payaso






PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).