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es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

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12/7/14

mi artículo chino

 En 2004, la revista Publicaciones infantiles y juveniles en Chine, presentó una traducción en mandarín de mi artículo « Andersen y Marti : dos cantos para un ruiseñor », estudio comparativo del cuento « El ruiseñor », de Hans Christian Andersen (Odense, 1805 - Copenhague, 1875) que fuera adaptado por el escritor, pensador y político cubano José Martí (La Habana, 1853 - Dos Rios,1895) e incluido en el cuarto y último número de su revista infantil La Edad de Oro (Nueva York, 1889) con el título significativo de “Los dos ruiseñores”. 


tapa de la revista Publicaciones infantiles y juveniles en China

La Edad de Oro, conocida generalmente en formato libro (la primera versión que reunió los cuatro números en un solo volumen fue publicada en Costa Rica, en 1921) ha sido numerosas veces reeditada en Hispanoamérica, donde se la considera como uno de los clásicos de nuestra literatura infantil y juvenil. En Cuba, donde se la reedita frecuentemente, los niños conocen perfectamente esta fabulosa compilación de cuentos, poemas y artículos de temática diversa.


tapa original de La Edad de Oro


primera página del número que contiene "Los dos ruiseñores"

índice del número 4 que presenta también "Un paseo por la tierra de los anamitas", un importante artículo referido al extremo oriente

A diferencia de los otros textos de La Edad de Oro que no fueron escritos por el propio Marti  (los otros dos cuentos son del francés Edouard de Laboulaye, que los había adaptado a su vez de tradiciones nórdicas), “Los dos ruiseñores” no es una simple traducción, sino una versión libre. Los cambios introducidos por Martí reflejan claramente sus ideas políticas y su admiración por la resistencia china al dominio occidental que tenía lugar a fines del siglo XIX. En ese sentido el cuento de Martí es realista, mientras que la versión de Andersen utiliza la China imperial como mero marco exótico. Por otra parte, todo el resplandor de la prosa modernista del gran escritor cubano y su admirable capacidad para comunicarse con los pequeños resaltan en la adaptación.

La primera traducción integral francesa de La Edad de Oro comenzó a publicarse (número a número, como en la versión original) en 2012. Es la iniciativa de la modesta asociación de Lyon (la segunda ciudad de Francia) L’Atelier du Tilde. En febrero del año siguiente, durante la Feria Internacional del Libro de La Habana tuve la satisfacción de presentar los dos primeros números en la Sociedad Cultural José Martí y en el Centro de Estudios Martianos. A esta última institución y a la Biblioteca Nacional de Cuba (que lleva precisamente el nombre del gran poeta, pensador y organizador de nuestra independencia) ofrecí sendos ejemplares de la publicación.
.

tapa del segundo número de la edición francesa (Lyon, 2013)



indice en inglés de la revista china de literatura infantil y juvenil

primera página de mi artículo en mandarín


DOS CANTOS PARA UN RUISEÑOR

El cuento chino de Andersen


por Joel Franz ROSELL

El año 2005 reúne una vez más a Hans Christian Andersen (Odense, 1805- Copenhague, 1875) y a José Martí (La Habana, 1853-Dos Ríos, 1895). En este artículo me referiré particularidades y circunstancias de la creación de uno de los más hermosos y característicos textos del Príncipe de la literatura infantil. “El ruiseñor” se ha popularizado en Cuba en la versión que hizo Martí para su revista La Edad de Oro, y de las peculiaridades de dicha adaptación nos ocuparemos en un segundo artículo.

Un encuentro impredecible
De entrada, nada predisponía al encuentro de estos dos titanes literarios. En primer lugar, pertenecían a generaciones diferentes y, de cierta manera, en conflicto, pues Andersen era romántico y Martí postmoderno. En segundo lugar, tenían conceptos muy distintos del libro infantil; para el danés lo importante eran los sentimientos y la fantasía, mientras para el cubano, los libros debían preparar al niño para la vida y darle una conciencia ciudadana crítica. Para terminar, sus preferencias políticas eran diametralmente opuestas, dado que uno admiraba la realeza y el otro era un convencido republicano.
Pero también hay cosas que los acercan. Andersen fue uno de los primeros autores infantiles, y sin dudas el que dejó una bibliografía más amplia y trascendente, en recurrir más a su imaginación que al acervo de narraciones populares anónimas (Perrault y los hermanos Grimm, por ejemplo, no son más que adaptadores de gran talento). Por otra parte, el escritor danés se atrevió a utilizar el habla común y no la prosa canónica en boga, y por ello fue incomprendido y criticado. Si hoy algunos de sus textos nos dan la impresión de explicitar sus mensajes y estar cargados de religiosidad, lo cierto es que Andersen supo posponer lo educativo al desarrollo de la trama y al placer de la palabra, y propició una imagen de Dios más amable y cercana que la autoridad severa y distante común en su época (la misma que quiso imponerle a Martí el editor de La Edad de Oro, causando así el prematuro fin de la revista).
Dos últimos factores se combinaron para posibilitar el encuentro del más famoso de los daneses con el más grande de los cubanos: en primer lugar la calidad literaria del cuento que los une, y en segundo, el conocimiento de la infancia adquirido por Martí en su relación con María Mantilla, que le permite no solo cambiar su opinión sobre Andersen, sino hacer de La Edad de Oro la obra maestra que es.
Andersen titula su texto "El ruiseñor" y Martí llama a su versión “Los dos ruiseñores”. Si el primero sugiere que no hay más que un ruiseñor: el verdadero, de canto portentoso e inimitable, comparable a la imperiosa individualidad de esos artistas románticos entre los que él mismo se inscribe, el segundo insiste en la oposición entre el arte verdadero (el ruiseñor vivo) y el falso (el ruiseñor mecánico, de oro y piedras preciosas).
Hans Christian Andersen siempre reclamó para sí el término danés digter, que unge al poeta con cierta aura divina. El artista incomprendido, el valor de lo sencillo-auténtico y el poder redentor del arte son motivos recurrentes en su obra. Hombre de orígenes extremadamente humildes, que luchó siempre por el éxito personal y el aplauso de la aristocracia (la de « sangre » y la del espíritu), Andersen tenía aspiraciones que estaban prácticamente en las antípodas de las de Martí, que salido de un estrato social menos humilde, puso su vida al servicio de la libertad, la democracia y la justicia.
 Pero a la larga, Andersen y Martí comparten una postura que los define como escritores modernos: saben vehicular en un relato para niños la pasión de sus vidas. Que una de esas pasiones fuese personal y estética, y la otra colectiva y revolucionaria, termina por no ser más que un detalle.

 

El "cuento de hadas chino"

El 11 de octubre de 1843 Andersen anota en su diario: "Pasé la noche en Tívoli para la celebración de Carstensen. Volví a casa y comencé mi cuento de hadas chino"[1]. Al día siguiente precisa que lo ha terminado y un mes después lo publica bajo el título de "El Ruiseñor"[2].
Andersen se inspira en las chinerías imaginarias y no en la China real, a la que no lo acercó ni siquiera una documentación fiable. Los primitivos pabellones del Tívoli, de madera y lona, fueron Morisco, Turco y Chino, sin contar el bazar oriental o el Concert Hall (todavía en pie), que, según rumores difundidos probablemente por el propio inventor del parque, habría sido diseñado por el emperador de China en persona.
El especialista en literaturas escandinavas Régis Boyer recuerda que: "la moda de las chinerías estaba viva a comienzos del siglo, en Dinamarca como en toda Europa: el motivo reaparece muchas veces en la obra de Andersen y la lista sería aquí ociosa. Apasionado como era del teatro, el autor pudo también tomar sus motivos chinos del libreto de Scribe para la ópera de Auber El Príncipe de China, representada en el Teatro Real (de Copenhague) el 29 de enero de 1836"[3].
Pero es en la infancia que se produce el primer encuentro de nuestro autor con la China fabulosa: « Una anciana lavandera me había asegurado que el Imperio de la China estaba justamente debajo del río de Odense. De tal modo que yo esperaba en las noches de luna ver surgir de las aguas a un príncipe chino que, tras haberme oído cantar, me llevaría con él a su reino, me llenaría de riquezas, me colmaría de honores y me permitiría regresar enseguida a Odense, donde haría construir castillos para radicarme en ellos »[4].
En líneas generales, el romanticismo danés consideraba que un artista, fuese poeta o pintor, debía trascender su país y buscar inspiración en climas exóticos. Andersen viajó abundantemente por Escandinavia, Alemania, Francia, Gran Bretaña... y sobrepasó los límites, entonces pintorescos, de Europa (Nápoles, Andalucía, los Balcanes...), para llegar a Malta, Marruecos y Turquía. Solo tres meses antes de escribir “El ruiseñor” ha terminado un largo periplo que lo llevó hasta la actual Estambul. El peculiar ambiente del Imperio Otomano debió dejar el espíritu de nuestro autor preparado para situar en China su nuevo cuento.
Pero al acontecimiento farandulero que pudo servir de detonante y al sueño infantil que aportó el combustible, el biógrafo danés Elias Bredsdorff añade el vínculo pasional que confiere a la obra su profunda significación. Todo el mes que precede la redacción del cuento la pasó Andersen en la fascinante cercanía de Jenny Lind, una bella y talentosa soprano que no tardaría en ser conocida en todo Occidente como “El ruiseñor sueco”.
Recuerda Bredsdorff que cuando se presentó en Copenhague en el otoño de 1843, la Lind aún no era conocida fuera de Suecia y el público prefirió la ópera italiana que daban en el Teatro de la Corte. Andersen, que ya había hecho de ella el más durable de sus amores platónicos, habría representado a la soprano en la figura del ruiseñor auténtico, y reservado a la compañía italiana el triste rol del ruiseñor artificial. Bredsdorff subraya que cuando la diva cantó para el rey de Dinamarca, éste la premió con diamantes. Andersen presenció la escena y pudo tomarla como modelo para la situación del cuento en que el emperador chino ofrece al ruiseñor su chinela de oro.
Régis Boyer evoca otra anécdota, recogida en sus memorias por la actriz y cantante Charlotte Bournonville :
Uno de los más cercanos amigos de mi padre, un joven muy amante de la música, estaba peligrosamente enfermo y la pena que le causaba no poder escuchar a Jenny Lind contribuía notablemente a empeorar su estado. Cuando Jenny Lind lo supo exclamó: “Querido señor Bournonville, déjeme cantar para ese enfermo”. Era arriesgado someter a un enfermo grave a tal emoción, pero dio resultado. Pues después de escucharla, se recuperó [5].

Miembro del círculo de amistades de la Lind y los Bournonville, nuestro escritor estuvo ciertamente al tanto del singular suceso y pudo convertido en la situación central del cuento. De cualquier manera, tanto Jenny Lind como el propio Andersen fueron  grandes artistas, espíritus sensibles, frecuentemente incomprendidos, a quienes les cabía el rol del ruiseñor. Muchos son los textos, de ficción o no, en que el autor danés defiende su convicción de que el genio innato, cuyo talento natural sería de esencia divina, es necesariamente superior al artista de cultivo. Andersen, no lo olvidemos, tuvo una formación académica tardía y accidentada, y nunca consiguió el reconocimiento pleno de las cumbres intelectuales de su país.
La cuestión del escenario del cuento es decisiva a la hora de comprender el carácter autobiográfico que tienen muchos de los mejores textos de Andersen, pero también para entender las principales modificaciones que introduce Martí en su versión “Los dos ruiseñores”. En El cuento de mi vida leemos: « Los viajes son para mi espíritu como un baño refrescante y restaurador. Necesito de ellos, no para remozar mi inspiración, sino para dar en un marco común vulgar, una expresión y una forma novedosa e inédita »[6].
Hemos de concluir que tras el decorado oriental del cuento se halla Dinamarca. La relación de Andersen con su país fue una sucesión compleja de amor y rencores, de loas y reproches que se tornan explícitos en su correspondencia y en sus diarios, y se que adivinan en varios de sus textos de ficción (para niños o para adultos; cuentos, novelas, poemas o piezas teatrales).
Cuando escribe “El ruiseñor”, Andersen ha alcanzado su primera madurez, empieza a ser bien conocido en Alemania y Gran Bretaña, y a tener cierto reconocimiento en Dinamarca. Este cuento testimonia su maestría en la composición, en el manejo de las imágenes y la palabra, y su capacidad para transformar experiencias de vida y sentimientos íntimos en una fábula universal. La penúltima escena, en que el ruiseñor arranca al Emperador de las garras de la Muerte, puede inscribirse entre las más bellas páginas de la literatura (para chicos o no) de todos los tiempos.

Publicado como “Andersen y Martí: dos cantos para un ruiseñor” en Cuatrogatos, revista electrónica de literatura infantil. no 4. Miami, mayo de 2001. http://www.cuatrogatos.org/articulolosdosruisenores.html

Otras versiones:
“Andersen y Martí: los dos ruiseñores”. CLIJ. Barcelona, septiembre 2001
“Andersen y Martí: dos cantos para un ruiseñor”. Umbral números 17 y 18. Santa Clara, Cuba 2004-2005.

Bibliografía

ANDERSEN, Hans Christian: Oeuvres. Paris. Gallimard, 1992. Colección La Pléiade,   tomo I. Traducción, notas y presentación de Régis Boyer.
_______________________ : El cuento de mi vida. La Habana. Gente Nueva, 1989.
 Elias BREDSDORFF: Hans Christian Andersen. Paris. Presses de la Renaissence, 1989. MARTÍ, José: La Edad de Oro. La Habana. Centro de Estudios Martianos & Editorial Letras Cubanas, 1989. Edición Facsimilar.
Diversas versiones de “El ruiseñor”, en castellano, portugués, francés, italiano, inglés y danés.



[1]  Boyer,  In : Andersen : Oeuvres, p. 1354
[2]  Primera edición en libro:  Nuevos cuentos. Primer volumen. Primera colección. Copenhague, 1844.
[3]  Boyer,  Ibid.
[4]  Andersen : El cuento de mi vida;  p. 29
[5]  Boyer,  Op Cit, p. 1355
[6]  Andersen : Op Cit.; p. 129




Hay tres versiones de este artículo en castellano:

 “Andersen y Martí: dos cantos para un ruiseñor” en Cuatrogatos, revista electrónica de literatura infantil. no 4. Miami, mayo de 2001. http://www.cuatrogatos.org/articulolosdosruisenores.html

“Andersen y Martí: los dos ruiseñores”. CLIJ. Barcelona, septiembre 2001

“Andersen y Martí: dos cantos para un ruiseñor”. Umbral números 17 y 18. Santa Clara, Cuba 2004-2005.

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la primera máquina que utilicé: sala Juvenil de la Biblioteca Marti. Santa Clara, Cuba (foto de 1993

Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.


Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Tengo músculos de payaso






PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).