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es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

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15/8/13

La literatura infantil: un doble compromiso (terceros abstenerse)


Comunicación presentada en el II Congreso de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil. Bogotá, marzo 3 al 5 de 2013


 por Joel Franz ROSELL


La literatura infanto-juvenil define desde su propia denominación la raíz doble de su compromiso: con la literatura, por un lado, y con el niño y el adolescente, por otro (lo de “un lado… y otro” es, por supuesto, una manera de hablar puesto que se trata de las dos caras, indisociables, de la medalla que todo escritor se empeña en acuñar). Pero la LIJ se ha visto demasiado frecuentemente  forzada a cumplir tareas que la desnaturalizan, por no decir corrompen: compromisos con la moral, con la ideología religiosa o política, con la escuela y la familia (en tanto que defensoras y constructoras de ambas moral e ideología) e incluso, más recientemente, con el mercado.


Un poco de historia

La literatura infantil no nació del deseo de compartir las bellas letras con los más chicos, sino de la voluntad de hacer más eficaz la actividad de los pedagogos que educaban a las élites de la sociedad precapitalista. Educar divirtiendo fue el lema, y se buscó en el folclor técnicas y materiales con los cuales edulcorar las lecciones.

La subordinación de la literatura infantil a las tareas escolares y de ordenamiento social fue subvertida desde el principio por letrados que amaban a los niños y entendieron las posibilidades estéticas de la especialidad. Sin embargo, la instrumentalización de la literatura infantil ha demostrado una tenacidad de titanio  desde que, en 1697, Charles Perrault, que era escritor y no pedagogo como Comenius (inventor del libro ilustrado y del libro documental unos cuarenta años antes), publicara sus “Cuentos de Antaño”, inaugurando la literatura infantil moderna.

Cada época ha conocido períodos de esplendor de lo literario y períodos en que la instrumentalización gana terreno. Si el siglo XVIII, cuando las ciencias y el pragmatismo consiguieron poder absoluto, fue funesto a la creatividad, la segunda mitad del siglo XIX y la parte central del XX nos ofrecieron muchos de los clásicos que hoy veneramos.

En diversos momentos de su historia, la literatura infantil ha visto al mercado y a la escuela ir por caminos distintos: las novelas detectivescas de Enid Blyton –en su momento superventas comparables a los libros de Harry Potter– o las novelicas de  miedo de R.L. Stine, cosecharon el unánime rechazo del profesorado.  A medida que el radio transistor, el cine, la televisión, la fotonovela, la historieta, y más recientemente el video y las computadoras le disputaban su protagonismo en el ocio cultural de los jóvenes, el libro se ha visto cada vez más confinado en  la escuela.

Las nuevas formas de educación, basadas en un alumno partícipe en el proyecto de adquisición de conocimientos y valores, a través de métodos y materiales no exclusiva y específicamente creados para la enseñanza, fueron el catalizador de la nueva alianza entre la escuela y el mercado, el cual comprendió que la institución escolar devenía su principal cliente y que había que convertir los objetivos pedagógicos en motores de venta con novelas que abordan los contenidos de los programas (historia, geografía, ciencias naturales, etc) y las problemáticas sociales (droga,  conflictos familiares, guerras,  emigración, suicidios… ).


El lugar que corresponde a las ideas

A veces resulta difícil explicar a maestros, bibliotecarios y padres que la literatura es sin porqué, que los chicos no pierden el tiempo cuando leen una novela, un cuento o un poemario que no tienen otra función que la estético-lúdica. Si la búsqueda de sentidos en un libro que ha sido creado para ello no es un mal en sí, creer que TODOS los libros han de proporcionar esa clase de contenidos es altamente perjudicial para la literatura y para la formación de lo que, a falta de término más claro y ampliamente aceptado, llamaré yo también hábito de lectura.

No estoy pretendiendo que exista -y mucho menos que sea superior- una literatura “blanca”, que no trasmite conocimientos ni enseñanza alguna; sino que  una historia bien tramada, de lenguaje esmerado y que exalta estéticamente los grandes sentimientos, instruye en la ciencia de la vida mil veces mejor que un texto denso en valores y de temática crucial, pero escrito sin corazón y sin arte. El narrador cubano Onelio Jorge Cardoso, tan enamorado de la literatura como de la revolución castrista, decía que no era el autor quien debía -interrumpiendo la narración o manipulando a sus personajes- decir : “¡Viva la Revolución!”, sino el lector quien, al terminar una emotiva y convincente historia, habría de concluir: “¡Viva la Revolución!”. 

Los escritores escribimos para ser leídos y esto puede llevar a redactar no lo que el alma pide, sino lo que la casa editora encarga, sugiere o, supone uno, desea publicar. Y como la editorial publica para vender, y su principal comprador es, en muchos países, la escuela, se piensa en las necesidades escolares antes que en los requisitos de la literatura y en las auténticas necesidades de los chicos.

Hace 50 años no existían los libros documentales e informativos que conocemos hoy, con recursos comunicativos y gráficos (que pueden incluir un DVD o sitio web). Si entonces podía comprenderse que la ficción asumiera tareas educativas, ¿por qué  se sigue lastrando novelas, cuentos y poemas con contenidos que aportan, de manera más pertinente libros documentales y productos audiovisuales?

Habría por lo menos dos razones. La primera ya la he esbozado: la práctica de la lectura se ve mayoritariamente confinada a la escuela, donde se cae en confusión de géneros al aplicar a una lectura que debería ser de estricto placer estético, técnicas de apropiación correspondientes a las materias escolares. Por otra parte, la edición latinoamericana no traduce o importa suficientes obras documentales, con lo que  nuestros países tienden a mantener e incluso acentuar una servidumbre que corresponde a otro tiempo.

lectura con adolescentes en el Parque Nacional, junto a Marina Colasanti, María Teresa Andruetto y Gloria Cecilia Díaz

La interferencia del mercado

Los cambios introducidos por las nuevas tecnologías de la comunicación en la vida cotidiana y en las prácticas culturales y de ocio, generan interrogantes a propósito de su influencia en la literatura y la edición. Hay una demanda implícita y a veces explícita de textos más cortos, con vocabulario simple y tramas estereotipadas. Pienso en series de gran éxito comercial como Gerónimo Stilton que suplantan a la -más compleja-  novela tradicional y encabezan las listas de best sellers junto a los voluminosos tomos de fantasy.

El uso y abuso de celulares, tabletas y sitios “sociales” como Facebook, Twitter y compañía están “configurando” una lectura rápida, diagonal, superficial, fragmentada, repetitiva y saltarina que influye en el tipo de narrativa que un número creciente de editores prefiere. Las series televisivas y dibujos animados se vuelven referenciales, y no es extraño ver que los autores mimados y promovidos por las editoriales más comerciales son, antes que nada, guionistas de televisión o “creativos” de publicidad. Me pregunto si se trata solo de la fascinación por medios de fácil consumo y mayor rentabilidad o también de solidaridad de clase, dado que hoy el verdadero poder de decisión en las grandes casas editoras no lo tiene el personal literario, sino los comerciales y responsables de promoción, generalmente salidos de la industria de “gran consumo”, que tratan al libro -producto cultural sui generis- como si se tratara de un detergente o champú más.

Contra estas deformaciones y simplificaciones yo no veo mejor solución que un conocimiento de la LIJ en toda su calidad y diversidad: altérnese cuento, poesía, novela, teatro y documentales; venerables clásicos, textos de hace algunas décadas y contemporáneos; nacionales y de otros países; originales de nuestra lengua y traducciones... y se debilitará la tendencia a reducir el libro a saco de valores (¿será por casualidad que se usa la misma palabra en las bolsas comerciales y financieras?).

¿El mensaje o la trama? Una falsa disyuntiva

Tal vez por deformación profesional, el docente (y su coaching editorial, el promotor) suele insistir en el mensaje. Nada, sin embargo, fastidia más a un profesional de las letras que la pregunta “¿Qué quiso decir el autor?”

El autor quiso decir lo que dijo.

Los escritores escribimos libros, no acertijos o recados para mandar en las pocas palabras -precipitadas y a menudo deformadas- que caben en la pantallita del celular. Las ideas de un autor no deben extirparse de la trama, los personajes, el personal estilo. Un prestigioso colega dijo: “las novelas no se hacen con ideas, se hacen con palabras”, y el lenguaje literario -el discurso- es una historia en sí mismo; una misma trama contada con otras palabras, es otra trama.

Las ideas son la levadura del libro, ¿y quién puede sacar la levadura de un pastel? ¿quién la extrae antes o después de comérselo? ¿quién piensa en la levadura cuando la boca se le hace agua en presencia de la sabrosa golosina?

No me pregunten entonces por el mensaje de mi cuento. Cómanse el cuento y ¡buen provecho!

Los libros sometidos a debates y comprobaciones de lectura pierden su poder de fascinación. Cuando, hace más de un siglo, José Martí dijo: “Conmover es moralizar”, estaba explicando que un libro bien escrito es un libro que educa; más aún, que solo un libro bien escrito educa. Y mientras más importante y polémico es el tema, más convincente debe ser la historia que le da carne, más esmerada la forma que le pone fisonomía y más complejamente verídicos, los personajes que le dan vida.

La instrumentalización de la obra literaria nos cuesta lectores, además de maltratar la labor (uso la palabra pensando en los bordados que hacían lejanas y dulces damas) en aras (pienso ahora en el rudo arado) de una siembra de ideas… que no siempre son las que realmente guiaron la pluma (delicado penacho, punta de acero) del autor.


Las ideas del autor, las ideas en la obra

Yo no estoy para nada en contra de los debates en torno a un libro, las visitas de autores a colegios o las discusiones sobre los valores –que son estéticos y no solo éticos- de una obra, y me consta que muchos maestros son apasionados lectores y saben guiar a sus alumnos en la aventura literaria. Pero, por ejemplo, me gustaría que no discutan solamente la visión que de mi país propongo en Mi tesoro te espera en Cuba, sino los personajes, los recursos narrativos, las palabras que utilizo para construir esa visión; porque de otra manera van a interpretarme mal y a desatender lo más arduo y hermoso de mi trabajo.

Lo que importa en un libro no es la semilla oculta en la masa blanca y perfumada (a tinta) de sus páginas; importa TODO. Y sin análisis formal no es posible extraer conclusiones  acertadas del asunto.

 

Broche de plomo

La literatura infantil enriquece el mundo del niño, le aporta sentimientos, conocimientos y experiencias estéticas que no le proporcionarán ni la vida cotidiana ni la escuela. La literatura infantil no es instrumento, sino aliado del trabajo escolar, y a los docentes les conviene que no se la confunda con la escuela, puesto que los textos literarios han de continuar, fuera del aula y del horario lectivo, la misión formadora.

El compromiso de la literatura infanto-juvenil es, como dije al principio, consigo misma. Literatura y niño-adolescente se comprometen y casan “hasta que la muerte los separe”. Lo demás son convenios circunstanciales; amoríos necesarios, pero sin trascendencia.

París (Francia) - Santa Clara (Cuba), febrero de 2013


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

Lage Fernández, Juan José, Diccionario histórico de autores de la literatura infantil y juvenil contemporánea, Editorial Octaedro Andalucía, Barcelona, 2010.

OTTEVAERE‑VAN PRAAG, Ganna, Le roman pour la jeunesse. Aproches, définitions, techniques narratives. Berna, Peter Lang, 1996.

ROSELL, Joel Franz, Un oficio de centauros y sirenas. Buenos Aires, Lugar Editorial, 2001.

SORIANO, Marc, La literatura para niños y jóvenes, Guía de exploración de sus grandes temas (traducción, adaptación y notas de Graciela Montes a partir de la versión, revisada por el autor, de la obra estrenada en Francia en 1975 con el título Guide de littérature pour la jeunesse. Courants, problèmes, Choix d’auteurs), Buenos Aires, Colihue, 1999.

VARIOS, Dictionaire historique, thématique et technique des littératures, Paris, Larrousse, 2007.

la primera máquina que utilicé: sala Juvenil de la Biblioteca Marti. Santa Clara, Cuba (foto de 1993

Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.


Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Tengo músculos de payaso






PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).