LIBROS CON PAGINA PROPIA

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Ilustración de Francisco Meléndez para "Los cuentos del mago y el mago del cuento"

mi otro blog en castellano

cuentosdelmagodelcuento.blogspot.com


es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

pour mes amis français, j'ai créé une autre page
http://auteurjeunessedecuba.blogspot.com/

2/4/13

Un pequeño gran salón del libro infantil

El mes pasado (22 al 24 de marzo) fui uno de los autores invitados al 28° Salon del Libro del territorio Giennois (abarca varias localidades a orillas del Loira, aproximadamente a 150 km al este de París). Como suele ocurrir en eventos similares, los escritores e ilustradores estuvimos los días previos visitando escuelas donde los niños habían leído nuestras obras, mientras que el salón propiamente dicho tuvo lugar sábado y domingo, en este caso en el pequeño y hermoso castillo de Saint Brisson.



Me tocó pasar la mayor parte del viernes en compañía de pequeños que habían entrado en contacto con mis álbumes Petit Chat Noir a peur du soir  (inédito en castellano), L’oiseau-lire (El pájaro libro en la edición original de Ediciones SM) y « La chanson du château de sable » (La canción del castillo de arena en la edición castellana de A Fortiori, editorial bilbaína que también lo tradujo al vasco).

Este último es el único de mis siete títulos franceses que lleva mis propias ilustraciones ; por lo que fue uno de los libros que más vendí en el salón (los franceses mal resisten a la tentación de llevarse a casa un libro con un dibujo original por dedicatoria).





Si mis visitas a las escuelas primarias (prescolar, primero y segundo grado) fueron cuidadosamente preparadas y en cada aula me esperaban ejemplares de mes libros, la única secundaria que se había ofrecido a recibirme no solo no compró un triste ejemplar para su biblioteca sino que ni siquiera la profesora de Español (supongo que eso fue lo que motivó mi presencia allí) se tomó el trabajo de presentar a sus alumnos alguno de los numerosos textos míos que pueden descargarse de sitios de Internet en castellano. Y eso que, como me dijo, los chicos habían « investigado » sobre mí en la web.

En efecto, los alumnos se mostraron muy atentos (“¡Si todos los días se portaran así…!” comentó el director, que tuvo la amabilidad de asistir al encuentro) y me hicieron las preguntas habituales : « ¿Por qué escogió usted este oficio ? », « ¿Cuántos libros ha escrito? » « ¿Cuál es su preferido? »…

Preguntas semejantes podrían habérselas formulado a cualquier otro escritor, e incluso, sin cambio fundamental, a un camionero, bailarín o cosmonauta.

Es una pena que, pese a los muchos recursos que se gastan en la promoción de la lectura y a la pasión que ponen en ello muchos promotores culturales, todavía haya profesionales de la educación que no comprendan que de nada sirve traer al colegio un autor que no ha sido previamente leído y que tampoco será leído después, puesto que no hay un solo libro suyo a mano.

Mientras me hallaba en la biblioteca, rodeado de estantes llenos de libros y revistas, me decía que no era por falta de recursos que ni siquiera uno de mis libros había tenido el honor de hallarse allí.



De más está decir que entre los libros de mi autoría que fueron adquiridos en el Salón, muy pocos fueron ejemplares de La légende de Taïta Osongo (La leyenda de Taita Osongo en la edición del Fondo de Cultura Económica y de la cubana Ediciones Capiro) o de Cuba destination trésor (Mi tesoro te espera en Cuba ha tenido ediciones en Argentina y España). Los adolescentes que se me acercaron no eran estudiantes del colegio Mermoz, y tampoco se portó por allí la profesora de Español, que hubiera podido aprovechar alguno de mis textos más breves en sus clases… o adquirirlo por mero amor a la lengua que enseña. El caso es que me quedé pensando que la única razón por la que los adolescentes leen poco no es su preferencia por Internet, el celular, los juegos de video y otros culpables electrónicos.


Los voluntarios que aseguran la continuidad del Salón del libro del Giennois (¡veintiocho años llevan en ello!) no organizaron solo la visita de autores a colegios y la venta de sus obras en el segundo piso del castillo de Saint Brisson. También convocaron músicos, artistas plásticos, narradores orales… Entre estos últimos se destacó la cubana Mercedes Alfonso, que sin vaciar su maleta de retorno de La Habana (donde participó en un importante encuentro de narradores) encantó al público con su espectáculo “Paroles face a la mer” (Palabras de cara al mar) donde reúne cuentos de tradición oral y de autores contemporáneos.



Entre otras experiencias memorables, traje de regreso un bonito regalo: un cuaderno con los dibujos en que los niños de una de las escuelas que visité recrearon mi cuento El pájaro libro. Que esta fábula sobre la lectura y el sueño de todo autor de ver llegar sus obras a los lectores más diversos alcanzó a los chiquitos de Saint Brisson, he aquí una muestra:








Leyenda: el cuaderno lleva el muy apropiado título de “Mi Pájaro libro”

la literatura infantil latinoamericana

LA LITERATURA INFANTIL IBEROAMERICANA: NOTAS PARA UN VIAJE DE DESCUBRIMIENTO *

Revueltos, los orígenes

La literatura infantil, en tanto que entidad cultural definida es, en Iberoamérica, un producto del siglo XX. La especificidad del desarrollo económico, social, educativo y cultural de cada país permite un adelanto o retraso de algunos años en el proceso global y en su rapidez de desarrollo. Salvo raras excepciones (el cubano Martí o el colombiano Pombo), el XIX no supone otra cosa que un período de tanteos que repite caminos ya recorridos por la literatura europea: silabarios, catones, textos para la formación de jóvenes elites, las primeras fábulas en prosa y verso, compilaciones de cuentos populares, etc.

Algunos estudiosos han creído descubrir antecedentes de literatura infantil en los primeros siglos de la colonia, e incluso en la palabra cultivada de los tiempos precolombinos. Si entre los mitos y leyendas aborígenes y en las crónicas de la conquista podemos encontrar páginas cuyo contenido fantástico, épico o testimonial resulta interesante y útil al joven lector de hoy, ello no nos autoriza a considerarlas literatura infanto‑juvenil porque carecen de una intencionalidad transformada en rasgo tipificador de discurso literario para el destinatario niño o adolescente. Aun cuando ‑invirtiendo el proceso‑ logremos identificar en dichas obras algún que otro rasgo que más tarde caracterizará a la literatura infantil, esto apenas demuestra que lo que los pueblos dan a leer a sus chicos suele tener puntos de contacto con lo que los pueblos crearon durante su propia infancia.

Paralelo procedimiento de asimilación se verifica a expensas de los grandes autores. Cada nación escogerá los suyos entre las filas de sus nacionalistas románticos (Argentina tomará a José Hernández, Colombia a Jorge Isaacs, Cuba a José María Heredia), o acudirá a sus figuras mayores: Neruda en Chile, Rómulo Gallegos en Venezuela, Santos Chocano en Perú...

Evidentemente no es la adecuación al gusto y necesidades infantiles lo que explica la selección de dichas obras sino la importancia histórico‑literaria de sus autores y su aporte a la formación y consolidación de la identidad. Las citadas lecturas ‑totales, parciales o en adaptaciones‑ son promovidas por la escuela e integradas a los programas de lengua.

Especial es el caso de creaciones que, al tener al niño como interlocutor virtual o tema, utilizan también elementos de su percepción y expresión, lo que proporciona páginas de brillante ambigüedad en autores del temple de Rubén Darío (Nicaragua), Manuel Gutiérrez Nájera (México) o José María Arguedas (Perú).

De amores que matan y otros venenos

El folklore es uno de los más importantes moduladores y caracterizadores de la literatura infantil Iberoamericana. Su presencia es tan fuerte en algunos casos que suplanta a la literatura infantil e incluso ‑no es paradójico‑ a la literatura infantil de inspiración folklórica. La falta de condiciones para una sostenida actividad literaria y la abundancia de tradiciones orales ‑puestas al servicio de la formación de la identidad nacional y de la instrucción moral‑, provocaron la sobrevaloración del folklore por parte de educadores, editores e incluso escritores. Contribuye a esto el «neoclasicismo nuevomundista» practicado por sectores de la intelectualidad iberoamericana que valoran más el rescate de los «oros viejos» que la creación de nuevas joyas. La real o supuesta grandeza del pasado (civilizaciones precolombinas y gesta independentista) y el propio conservadurismo inherente a la escuela prolongan los efectos de esta desviación.

Hasta la primera mitad del siglo XX los sectores de la infancia iberoamericana con acceso a la lectura recibían ‑de autor nacional‑ casi exclusivamente las consabidas reelaboraciones del folklore y obras en prosa y verso de didactismo generalizado y amanerado lirismo que, con su patriotismo romántico o su realismo denunciador, satisfacían los objetivos moralizantes e instructivo‑movilizadores de los educadores y no las necesidades estéticas y lúdicas de los chicos. Paradójicamente, esta producción se encontraba en el centro del muy iberoamericano enfrentamiento intelectual entre tradicionalismo y modernidad, pero este combate se desarrolló básicamente en el plano ideológico y raramente se convirtió en una verdadera fuerza motora de la evolución de la literatura infantil en toda la vasta y compleja envergadura que la caracteriza.

La anterior situación perdurará, pese a la aparición periódica de disonantes astros solitarios como el brasileño Monteiro Lobato (años 20 y 30), el boliviano Oscar Alfaro (en los 40) o la chilena Marcela Paz (años 50), quienes preludian y plantan las bases del movimiento renovador iniciado hacia 1965.

Es evidente que el gran problema del libro infantil en América Latina es de orden estructural: la pobreza y la injusta distribución de la riqueza, la escolarización insuficiente o efímera y la precariedad de editoriales, librerías y bibliotecas no pueden ofrecer suelo de suficiente fertilidad a la invención, fabricación y consumo de obras para niños y adolescentes. Como colofón, y cerrándose a la manera de un círculo vicioso, la actividad editorial se ve confinada a un mercado estrecho ‑nacional o regional‑ que prefiere originales de interés o potabilidad geográficamente restringidas. Las bajas tiradas consecuentes exigen un producto barato, lo que excluye automáticamente el acceso al mercado mundial y al atractivo terreno de las coediciones.

Por otra parte, la poca envergadura de los medios de expresión de las problemáticas sociales y el escaso respeto de la identidad nacional siguen haciendo a la literatura infantil rehén de tareas que no le son inherentes, por mucha tradición que hayan tenido dentro de las prácticas culturales de la región.

En las últimas décadas se presenta, sin embargo, un peligro nuevo y formidable: los medios electrónicos de comunicación que, con sus formas expresivas y contenidos foráneos, llegan de manera masiva e indiscriminada a los rincones más apartados, allí donde el libro y la cultura alfabética no han tenido todavía implantación. La mayor parte de los países de América Latina ven así amenazado el empeño de transformación de su cultura nacional oral en cultura nacional escrita (tarea concluida por Europa en el siglo XIX). De verificarse, tal catástrofe incluiría el aborto del proceso ‑de formación en unos casos y de consolidación en otros‑ de la literatura infantil iberoamericana.

Eclosión de una primavera anunciada

En un sentido mucho más profundo que la literatura para adultos, la literatura infantil es espejo de la sociedad en que surge; depende del interés de las fuerzas sociales por el desarrollo de sus jóvenes y concretamente de la escuela, ya que aún cuando la primera supera el didactismo, la segunda sigue siendo el principal ‑cuando no el único‑ fomentador de la lectura y mayor comprador de libros).

Es fácil constatar en la producción editorial del continente el predominio de los géneros, temas y estilos accesibles a la más amplia y mejor atendida población escolar: la clase media urbana de entre 7 y 12 años; con desventaja para prelectores y adolescentes, y claro perjuicio para la población rural, los sectores pobres y las minorías étnicas.

Es sintomático que países que carecen de auténtico ambiente literario y editorial, como Paraguay o Guatemala, pudieran engendrar escritores vigorosos, innovadores y trascendentes como Augusto Roa Bastos y Miguel Angel Asturias y que, sin embargo, no suceda lo mismo con autores consagrados a la infancia.

Pero la literatura infantil es tan literatura como la otra e igualmente sensible a factores subjetivos y pulsiones estéticas. Esto explica el hecho de que prácticamente todos los países del subcontinente hayan tenido adelantados talentos individuales que vieron en el niño no el maleable material para la formación del ciudadano modelo, sino un ser dotado de una muy particular percepción, capaz y merecedor de obras donde predomine la función estética. Posible sería constituir una selecta Biblioteca de Literatura Infantil Iberoamericana con precursores tan ilustres como José Martí (Cuba, 1853‑1895), Rafael Pombo (Colombia, 1833‑1912) y Horacio Quiroga (Uruguay, 1878‑1937), y pioneros como Monteiro Lobato (Brasil, 1882‑1948), Gabriela Mistral (Chile, 1889‑1957), Aquiles Nazoa (Venezuela, 1920‑1976) u Oscar Alfaro (Bolivia, 1921‑1963); aunque con frecuencia solo se trate de una obra que titila aislada dentro del legado de un autor universalmente conocido por sus libros para adultos (Juana de Ibarburu, César Vallejo, Nicolás Guillén...).

Entre los años sesenta y setenta se produce en todo el mundo occidental una reforma social y educacional progresista y democratizante que de una u otra manera se integra a circunstancias específicas del continente (procesos políticos, económicos, demográficos y culturales) que posibilitan un salto cualitativo en la evolución de la literatura infantil.

El crecimiento económico y el desarrollo de la clase media propician la extensión y modernización de la enseñanza. Esto permite que la literatura infantil sea exonerada de tareas que mejor correspondían a la escuela o a la prensa especializada, mientras ‑con la ampliación de la población lectora‑ se incrementan el número y la especialización de escritores, ilustradores y editores.

Por su parte, el antiguo complejo de insuficiente valoración de la nacionalidad fue conjurado por regímenes que utilizaron el nacionalismo como instrumento de legitimidad política y como estrategia de desarrollo económico.

Estos procesos se presentan de manera muy acentuada y productiva en Argentina, Brasil y Cuba. En los dos primeros casos funcionan como catalizantes la impopularidad de las dictaduras militares, la saturación del nacionalismo y la necesidad de burlar la censura. En el caso de Cuba ‑donde el régimen también ha sido autoritario, pero contó con prolongado apoyo popular‑ es esencialmente la contradicción entre las intensas transformaciones sociales y la retórica oficial lo que condujo a una renovación que llegó más tarde que a la Argentina y Brasil, e indudablemente influída por ellos y por los avances de la literatura infantil occidental.

La actividad creadora, hasta entonces dominada por cierta inmediatez castradora y por la hipertrofia de la poesía, el relato y sus respectivos híbridos didácticos, se abre a los géneros más ricos en fabulación y va siendo enriquecida por recursos tales como la combinación de realismo y fantasía, el humor, la ironía, la parábola, la carnavalización, el metalenguaje, etc. Al mismo tiempo se produce una ampliación de temas y asuntos a expensas del reencuentro con el folklore y la naturaleza propios, de la prospección en las circunstancias humanas y sociales de nuevo tipo, de la explotación de los progresos de la ciencia, las artes y la comunicación, de la revisión de la historia, etc.

Los tres países mencionados integran el A,B,C de la literatura infantil iberoamericana. Son ellos los que poseen la serie literaria infantil1 más completa y los que han hecho aportes más trascendentes. Se trata en realidad de la vanguardia de un movimiento iberoamericano de literatura infantil moderna que se extiende desde la década del 80 a Chile, Colombia, Costa Rica, México...

Todo final es un punto de partida

La estabilización democrática de los 80 (los 90 en Centroamérica) y las crisis económicas del período se combinan para diseñar un marco de esperanzas y frustraciones en el panorama social, educativo y cultural que dinamizan y frenan alternativamente el desarrollo del libro para niños y jóvenes en nuestro continente. Una mejora en los presupuestos de la enseñanza, en los servicios bibliotecarios y en las economías familiares serviría de extraordinario estímulo a la industria del libro, que luego de consolidarse en los comienzos de las recuperadas democracias, sufrió los embates de las crisis económicas continentales y de los procesos de concentración que vienen remodelando el panorama editorial en la mayor parte del planeta.

En los últimos años, junto a los esfuerzos dispersos y apasionados de siempre y a las viejas editoriales (públicas, universitarias o privadas) sobrevivientes, han aparecido las sucursales de grandes grupos editoriales, por lo general españoles (aunque su capital pueda ser alemán o francés), que han reorganizado la propuesta bibliográfica en colecciones y series por edades, reconocibles por sus maquetas y colores. Esta es la cara visible de una estrategia basada en tácticas de mercado probadas en la América Anglosajona y en Europa Occidental. Nuestra producción, antes caótica (para bien y para mal) viene adquiriendo un rostro racional, pero insuficientemente adaptado al mosaico de nuestras realidades; algo que, a la larga, puede acabar resultando empobrecedor.

Es todo un nuevo estilo de hacer el que deben enfrentar los escritores y animadores de la lectura: desde la selección de originales ‑que prioriza al autor nacional, pero tipifica la oferta según fórmulas genéricas, temáticas y estilísticas importadas‑ hasta las campañas de promoción que procuran satisfacer las expectativas de ese prescriptor institucional que es la escuela, aunque sin valorar adecuadamente lo diverso y frágil de nuestros sistema educacional y tejido bibliotecario.

El parque de escritores, en todo caso, da garantías de una producción literaria rica y diversa: tres promociones están activas y cuentan con motores de la fuerza y personalidad de Lygia Bojunga Nunes, Ana Maria Machado, João Carlos Marinho o Marina Colasanti (Brasil), María Elena Walsh, Laura Devetach, Graciela Montes o Ema Wolf (Argentina), Dora Alonso, Hilda Perera, Luis Cabrera Delgado o Antonio Orlando Rodríguez (Cuba), Jairo Aníbal Niño, Gloria Cecilia Díaz o Yolanda Reyes (Colombia), Emilio Carballido, Gilberto Rendón Ortiz o Juan Villoro (México), Víctor Carvajal (Chile), Jorge Díaz Herrera (Perú) y tantos otros.

Como lo demuestra la experiencia de otras regiones del mundo, solo el crecimiento y clarificación de la oferta ‑dando mayor espacio a los auténticos talentos‑ y el crecimiento y eficacia del consumo de libros ‑al propiciar una mejor relación con el lector‑ garantizarán la superación definitiva de defectos tan tenaces en la literatura infantil iberoamericana como son la debilidad de las tramas y la proliferación de lirismos gratuitos, la escasa variedad temática, estilística y genérica, la insuficiente independencia y osadía de la ilustración, y la poca interrelación, tanto con la literatura infantil de otras regiones del planeta como con la literatura para adultos y con otras formas de la cultura (cine, periodismo, informática, ciencia, artes).

Probablemente una de las grandes tareas pendientes de la literatura infantil iberoamericana es el conocimiento mutuo. Aunque abundan las selecciones y listas de libros recomendados y no faltan premios literarios internacionales, lo cierto es que son pocos los libros que confirman con una presencia en todo el continente la aprobación que reciben en sus países de origen; eso cuando dentro de un mismo país la crítica y la promoción logran un verdadero impacto nacional.

Por supuesto que no se trata de imitar un mal que yo mismo he condenado en otras páginas de este libro: la homogeneización y la repetición de modelos. La única garantía de calidad en materia de literatura, es la diversidad puesto que los gustos y necesidades de cada lector son diferentes y también porque quienes escribimos, escogemos y entregamos los libros a los chicos somos adultos y, por ende, ajenos al fondo de la cuestión, por muy especializados en ella que nos sintamos.

Pero al menos sería conveniente que discutamos juntos los puntos de vista, los pesos y medidas que aplicamos a esa especie singular ‑anfibia y ambidiestra, voladora y excavadora, fecundante y estabilizadora, dinamizante y cuestionadora, seria y divertida, culta y popular, realista y soñadora‑ que es la literatura infantil. En otras regiones del mundo esta reflexión y decantación la realizó el tiempo, pero nosotros no tenemos derecho a seguir postergando una primera ‑y por supuesto discutible‑ clarificación del género y selección de paradigmas. A tales prisas nos obligan la globalización de los productos culturales y la crisis inminente de la letra impresa.

Quizás convendría que un equipo interdisciplinario y multinacional, representativo de todo el continente, trabajara en una Historia de la Literatura Infantil Iberoamericana, de sus orígenes hasta hoy, la cual pudiera servir de referencia común. Imagino que para que no nos caiga encima un patrón normativizante, deberían ser dos o tres estas historias, cada una con su equipo interdisciplinario y multinacional trabajando separada, aunque cordinadamente. Y algo similar convendría realizar en los terrenos de la teoría y la crítica a fin de sintetizar ‑al menos metodológicamente el «patrimonio genético» de la literatura infantil iberoamericana. Semejante clarificación de una producción vasta y dispersa es imprescindible si queremos alcanzar vigor y brillo dentro y fuera de nuestras fronteras.

Nada sería más fecundo, pues es mucho lo que la literatura infantil iberoamericana tiene para legar al mundo: la sensualidad de su lenguaje, símbolos e imágenes, esa ingenua frescura que le viene de la proximidad del folklore (todavía vivo y visitable), un formidable caudal imaginativo irrigado por inagotables reservas de personajes, asuntos y ambientes (realistas, históricos o imaginarios), y aquella sorprendente flexibilidad y capacidad de combinación que le aportan su carácter mestizo y la promiscuidad de un contexto donde se mezclan feudalismo y modernidad, oropel y miseria, tecnología de punta y selvas vírgenes, prehistoria y juventud.



* Originalmente publicado en el n°2 de la Revista Latinoamericana de Literatura Infantil y Juvenil (Bogotá, julio‑diciembre de 1995) bajo el título "La literatura infantil latinoamericana: una hoja de vida", este artículo ha sido rebautizado como una nota parcialmente publicada en la en el n°153 de la Revue des livres pour enfants (Paris, otoño de 1995). Los cambios ocurridos en el panorama editorial iberoamericano en la segunda mitad de los noventa y un mejor conocimiento de la literatura de la región me han llevado a moderar el alcance de mi título y ampliar, en cambio, mis consideraciones.

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.

Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

(Tengo músculos de payaso)






PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).

un cuento y un escritor en rescate de la lengua

El 13 de noviembre pasado fui invitado por El Salón del libro, única librería especializada en la lengua española que existe actualmente en París, y la asociación Había una vez, que se dedica a la conservación y promoción de la lengua castellana -a través de la narración oral, la lectura y el libro- entre los hijos de emigantes latinoamericanos en Francia.

El público era el más difícil que imaginarse pueda: niños de 3 a 5 años, argentinos, españoles, colombianos y de otros países de Hispanoamérica; nacidos -o muy recientemente instalados- en Francia, los cuales tienden a expresarse exclusivamente en francés.Incluso si entienden el castellano en que sus progenitores (o al menos uno de ellos) les hablan.

Atraer y sobre todo conservar y disciplinar la atención de niños tan pequeños, en una actividad que se apoya básicamente en la palabra (en un idioma que su limitada experiencia les hace percibir extremadamente minoritario) es bastante difícil. El humor, el atractivo de una historia, la reutilización de una palabra “nueva”, la participación de todos y la reactividad por parte del conductor del taller, son recursos recomendables cuando se trata de acompañar a los chiquitos en una experiencia estética, que se quiere amena y provechosa, de valorización de la lengua (y la cultura por ende) que tienen en su legado familiar.

Comencé por contarles mi cuento “La Nube”, historia ecológica y sobre la evolución y los sentimientos del personaje cambiante (como los niños mismos) que es la nube del título. Ella recorre la playa, la ciudad, la montaña (donde la rechazan por su sombra), hasta hallar en una llanura reseca el lugar donde su agua es necesaria y bienvenida. Este cuento, uno de los primeros de la colección Cuentos de 4 colores de la editorial Sudamericana (Buenos Aires, 2001) se presenta con el texto que completan “pictogramas”: iconos tras los cuales se oculta una palabra que el niño todavía no alfabetizado puede “leer”. Siempre que presento este libro a un niño voy preguntándole “¿y aquí qué dice?” y comentando “ves como ya sabes leer” cuando nombra el objeto o persona representado. Esto los anima a perderle el miedo al texto y a desear más rápidamente poder descifrar ese componente inalienable de los libros ilustrados que tanto gustan a los pequeños.

Tras contar el cuento, recorriendo y explorando las imágenes de cada página, propuse a los chicos un diálogo y juego en torno a personajes, lugares y situaciones tomados del cuento o sugeridos por ellos mismos... que fuimos siempre nombrando en castellano (“¿cómo se dice en español?”, pregunté sistemáticamente cuando nombraban en francés). Derivamos casi inevitablemente hacia personajes y situaciones convencionales y bien conocidas como la bruja, la casita en el bosque, el lobo, la princesa, etc.

Cuando la fatiga y el alboroto comenzaron a volver ineficaz el intercambio linguístico-narrativo, pasamos a los dibujos en una pizarra blanca y terminé proponiendo a los chicos dibujar en una hoja de papel lo que cada cual quiso conservar del encuentro.

Para mi fue una primera experiencia con chicos tan pequeños en situación de bilingüismo asimétrico. Los padres y chicos parecían muy satisfechos. En todo caso, yo aprendí de mis errores... y la próxima vez incorporaré nuevas tácticas que espero de superior eficacia.