ILUSTRACION TOMADA DE MI LIBRO HONTZAK KONTATU ZIDAN (LA LECHUZA ME CONTO). BILBAO. DESCLEE, 2006.

mago del cuento

mi otro blog en castellano

cuentosdelmagodelcuento.blogspot.com


es mi segunda página web en castellano. Los cuentos del mago y el mago del cuento es el primer libro que publiqué en España (en 1995) y marca una etapa completamente nueva de mi trabajo literario que comenzó en 1987 con la redacción del cuento "El paraguas amarillo", incluido desde la versión brasileña de 1991 de este libro... que sirvió de caldo de cultivo a algunos de mis mejores libros e incluye un pequeño ensayito sobre mi concepto de literatura infantil. Quedan ustedes cordialmente invitados...

pour mes amis français, j'ai créé une autre page
http://auteurjeunessedecuba.blogspot.com/

libros con página aparte

libros con página aparte
"LA NUBE", "DON AGAPITO, EL APENADO", "JAVI Y LOS LEONES", "MI TESORO TE ESPERA EN CUBA", "UN OFICIO DE CENTAUROS Y SIRENAS"... cada uno de estos libros tiene su página en este blog

LA QUINTAESENCIA DE LA PACOTILLA

(Ideas que andan por ahí revoloteando y se le enredan a uno en el pelo)


Hay victorias pírricas, pero también derrotas pírricas e incluso empates pírricos.

Algunos proyectos que fracasan faltos de medios, y es una pena. Hay proyectos que fracasan faltos de fines, y es una suerte.

Andersen escogió contar la historia de un pequeño cisne
abandonado entre patos. Pero ¿cuál es la otra mitad de la historia? La madre cisne, ¿era una joven alocada que abandonó a su hijo? ¿o murió en el “parto” de aquel huevo? ¿O acaso sacrificó abnegadamente su vida por salvar la de su hijo, como la mamá de Harry Potter? Y si se trata de un error en el hospital materno, ¿qué ocurrió con el Cisnecito Feo...?

“Lo mío es un árbol geniológico”, dijo el Genio

Dios cró al hombre... y murió de parto.

Dios castigó tan duramente al hombre constructor de la torre de Babel, que le quitó las ganas de conquistar el cielo. Desde entonces no hacemos más que buscar el infierno. ¿Por qué ese brutal castigo? ¿Amenazaba el hombre de entonces la paz del cielo o simplemente Dios tuvo miedo a compartir su poder? ¿Quién es entonces el culpable de la maldad del hombre?

No tengo nada contra la desmitificación, salvo cuando el
desmitificador tiene menos talento que el autor del mito… y es,
desgraciadamente, lo que ocurre más a menudo.

Mientras más aislados, solitarios e individualistas más necesitamos de hábitos gregarios: compartir los mismos eventos deportivos, los mismos programas de tv, las mismas ropas… Las marcas son nuestra nueva tribu. Ya no podemos abarcar la comunidad a la que pertenecemos entr el resplandor de la hoguera, ahora la tribu la delimita la comunidad de consumo. Dentro de la enorme diversidad de la web, nos unifican los portales compartidos. La tele le gana al libro porque menos ubicuo, y el best seller sustituye a la obra original por lo mismo.

{ El vecino siempre tiene la barba más larga y menos quijada}

Era tan bello aquel texto, que había que ponerse de pie para leerlo

Todo el mundo puede apreciar el brillo del diamante, pero pocos y sabios son los que se regocijan con los íntimos destellos del carbón.

Yo si no sueño, me aburro de noche. Solo duermo porque sé que voy a soñar mucho. Y cuando acabo un sueño me despierto. Yo duermo para soñar.

El hombre ha buscado –otrora más intensamente- el Paraíso
terrenal. Incluso la búsqueda de vida extraterrestre va, en el fondo, en la misma dirección. Un día los hombres de ciencia nos dirán lo que no hemos querido saber: el Paraíso estaba aquí mismo, en la época en que el Hombre aún carecía de fuerzas para destruir a sus semejantes y a su medio. Ese Paraíso lo hemos convertido en Infierno: un infierno con espacios o momentos de Purgatorio.

Los peces no mueren, naufragan.

(Tengo músculos de payaso)






05/08/10

confieso que he leído (1) Gloria Cecilia Díaz, Luis M. Pescetti, Paloma Sánchez, Dora Alonso

Leo mucho y a menudo comparto mis impresiones. He aquí cuatro ejemplos de libros de Gloria Cecilia Díaz (Colombia), Luis María Pescetti (Argentina), Paloma Sánchez (España) y Dora Alonso (Cuba).

"SOL DE GLORIA "

El sol de los venados

Gloria Cecilia Díaz.
Madrid. Ediciones SM (col. El Barco de Vapor, serie Roja)
primera edición 1993.
Novela
125 páginas.

El sol de los venados suscita en muchos de sus lectores una pregunta que podría calificarse de malsana: ¿Hasta donde va en este libro la biografía de Gloria Cecilia Díaz?

Resulta fácil comprobar que ante una narración en primera persona el lector medio tiende a identificar el yo narrativo con la voz del autor. Pero si es cierto que, como reconoce la propia Gloria Cecilia Díaz, toda obra literaria es autobiográfica, no menos seguro resulta el hecho de que una novela es ante todo creación.

El punto de vista, como otros instrumentos, métodos y materiales de la novela, resulta de una decisión del autor, no por menos consciente más impremeditada. La narración en primera persona no se apoya necesariamente en una relación directa con la fuente principal de inspiración, aun cuando esta realidad sea conocida de cerca por el escritor.

En otras palabras: siempre que se trate de una obra de ficción, lo que importa no es lo que hay en ella de verdadero, sino la coherencia del mundo que ha creado el autor no sólo con personajes y acontecimientos, ideas implícitas y explícitas, sino con el ritmo, timbre y tensión que sugieren los ingredientes formales que definen su estilo.

Gloria Cecilia escoge como personaje narrador a una niña que se siente algo insegura en su abundante pandilla de hermanos y que busca su lugar en el mundo. Con toda franqueza Jana nos confía su admiración por Tatá, hermana mayor y alumna brillante, y por Ismael, que es el personaje heraldo, detentor de la verdad (y el que menos me convence, por lo mismo); la niña narradora revela igualmente su amor por su madre, sus sentimientos encontrados respecto a los adultos, su fragilidad física y sus dificultades escolares.

Si la creación de este personaje puede estar sustentada en elementos vivenciales, su elección como portador de la narración responde a una necesidad técnica. Salvo cuando se premedita la interiorización o subjetivación de la perspectiva, los héroes no resultan buenos personajes narradores (como en la vida, donde vivir y contar se reparte casi siempre entre miembros distintos del elenco). Lo más frecuente es que los escritores escojan un testigo, un segundón o un antihéroe, puesto que lo necesitan para que cuente, para que observe, incluso para que juzgue. En El sol de los venados la indefensión del personaje narrador incremente la identificación de los lectores con él (ella), pues los chicos suelen sentirse en posición de debilidad en un mundo dominado por el adulto y regido por leyes que no conocen, cuyo aprendizaje es exigente y a menudo doloroso.

A través de los ojos de Jana, y a través de su corazón porque se trata de una novela de sentimientos (atención: no he dicho sentimental), el lector descubre estampas de su vida, del devenir de su familia y del pueblo en que reside. Resulta reconocible la Colombia andina de hace unos treinta años, con sus desigualdades económicas, su machismo, su violencia política, su retraso tecnológico, su rutina semirrural. Esto no significa que haya tipo alguno de "denuncismo"; como saldo queda un mundo perfectible, pero querido.

Es a través de la perspectiva de la niña narradora que se sostiene el único mensaje algo insistente del libro: un rechazo a la desigualdad entre grandes y chicos. El asunto no es abordado esquemáticamente, puesto que Jana no perdona ni a sus seres más queridos y no se limita al choque entre adultos y niños: "Me senté en un rincón de la sala. Papá estaba allí leyendo el periódico. Ni siquiera me preguntó lo que me pasaba. Mamá tampoco, como siempre estaba ocupada con los más chiquitos. No tenía a quién decirle que estaba triste. Tatá lo sabía, pero como yo soy más pequeña, no me hace mucho caso" (p. 63).

La narración abarca aproximadamente dos años (entre los 9 y los 11 de edad de Jana) y está básicamente estructurada al modo de una novela de crecimiento, aunque en los capítulos iniciales hay una intemporalidad intencional (consecuente con la vaga noción que del tiempo tienen los niños). Nótese como al principio la narradora utiliza el presente de indicativo y sólo paulatinamente pasa al pretérito simple con incursiones específicas en el imperfecto. No es sino a mediados de la novela que la secuencia se hace decididamente lineal y avanza en un crescendo dramático que culminará con la muerte de la madre, la disputa entre el padre y la abuela, y la reorganización de la familia en torno a la figura, deliberadamente poco esbozada, de Fanny.

He utilizado arriba el término capítulo, pero en realidad las unidades que componen la novela son una mezcla de cuento, página de diario, estampa o anécdota, generalmente introducida por frases como: "una noche llegó el abuelo", "al atardecer, cuando el sol comienza a ponerse rojo" o "el sábado pasado fuimos al río". Casi siempre, estas unidades narrativas resultan desencadenadas por el retrato de uno de esos personajes secundarios, tan fuertes y entrañables, que sazonan la obra, aún cuando el tema que se desarrolle a continuación no tenga al personaje del caso por protagonista. Véanse, por ejemplo las páginas 22-24, introducidas por "Pacheco, mi padrino..." y que terminan por relatar la anécdota de la tentativa de hurto a la dulcera ciega. En esta ocasión se dice poco de Pacheco, quien volverá más adelante para justificar el importante papel que le corresponde en el mundo afectivo de la narradora.

Para mí, los personajes son el punto fuerte de esta novela. Incluso los menos importantes poseen un color intenso e inolvidable, aun cuando su dibujo sea un tanto difuso. Me atrevería a decir que la técnica de Gloria Cecilia es impresionista -entiéndase en el sentido pictórico- y por ello mismo el otro rasgo sobresaliente del libro es la atmósfera, lograda con un mínimo de recursos. Los personajes secundarios aparecen y se van, vuelven o son evocados dejando ver un ángulo antes no precisado. Entre ellos destacaría a la abuela; una abuela no tradicional puesto que está divorciada, fuma, es coqueta...

El sol de los venados es una novela sorprendentemente madura en autora tan joven (fue su segundo premio Barco de Vapor en 1992). Su estilo es depurado, de frases sencillas y certeras, con diálogos excelentes, y muy bien situados momentos poéticos, dramáticos y cómicos. Hay maestría para crear, a veces con una simple oración, una atmósfera o una situación intensa, como cuando se sugiere el desamparo de los huérfanos con solo decir: "Nena juega por ahí, solita y callada" (p. 119).

Probablemente uno de los elementos que más acercan a Jana y a Gloria Cecilia Díaz es su común pasión por la literatura. Los lectores no quedarán indiferentes ante la "predicción" hecha por varios personajes de que la protagonista será escritora. Por otra parte, la novela ofrece claves de una formación literaria que los lectores estarán en situación de compartir; sean los cuentos de miedo que narra el abuelo o las lecturas de Jana: poemas escolares, narraciones de Andersen, Alicia en el País de las Maravillas, Corazón, Las aventuras de Huckleberry Finn, El principito. A estas "fuentes directas" se suman la fascinación que ejerce el descubrimiento de un poeta de carne y hueso, y la "lectura" que hace Jana del paisaje y de la vida misma. Estos dos elementos vienen a juntarse en el último párrafo del libro, tan prometedor y balsámico como un horizonte:

le pedí a Ismael que fuera a buscar el libro de poemas del escritor que había sido amigo de su papá. Nos sentamos a leerlo en la acera mientras, arriba, el cielo empezaba su danza del fuego (p.125).

Casi tópica es la afirmación de que para escribir literatura infantil se requiere la capacidad de revivir el niño que uno fue o conservar un alma de niño. Es probable que al referirse a la obra que nos ocupa, muchos hayan evocado esta idea. Personalmente, la fórmula me irrita por su empirismo reductor, ya que suele presentársela como única y esencial, echando de lado la enorme complejidad de la literatura (la infantil como la otra) y el enorme trabajo de formación necesario para hacer de cualquier persona sensible un escritor. Para escribir El sol de los venados no basta con haber sido una Jana, hay que haber recorrido además el camino vital y profesional, lleno de riesgos y sacrificios, de Gloria Cecilia Díaz.



Publicado en la Revista Latinoamericana de Literatura Infantil y Juvenil, nº 3. Bogotá, enero-junio de 1996.

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"FRIN: VIDA, PASION... ¡Y SUERTE!"

Frin

Texto de Luis María Pescetti. Ilustraciones: 0'Kif
Alfaguara. Buenos Aires, 2000
(Serie naranja: lectores desde 10 años)
Novela.

Frin cuenta la vida de un chico. En verdad, unas pocas semanas de la vida de un chico, pero son de esas en las que –como nos ha pasado a todos- la vida revienta sus márgenes de rentabilidad y acumula un montón de experiencias, haciéndonos madurar de golpe, quemar etapas. A Frin le pasa de todo en las 203 páginas de esta deliciosa novela del escritor argentino Luis María Pescetti: sufre el hostigamiento de su profesor de educación física y reinventa la resistencia pacífica, asume su incompetencia deportiva y descubre su competencia literaria, admite su cobardía frente al abuso físico, pero demuestra valor y tenacidad frente a la violencia psicológica y la injusticia, se percata de que hay madres violentas y padres que abandonan el hogar, se da cuenta de las diferencias económicas, comienza a trabajar (a tiempo parcial, en una librería del barrio) y participa en una huelga. Pero sobre todo, Frin vive, sufre y goza la dicha y la tortura del amor, pasando por la incertidumbre, los celos, la vergüenza... hasta alcanzar esa maravillosa inflamación luminosa del alma que es la felicidad.

Pescetti ya ha demostrado en otros libros el conocimiento que tiene de las formas de actuar y expresarse de los pre-adolescentes, su dominio de la lengua coloquial y su capacidad para captar y expresar en pocas palabras la esencia del ser humano. Notable creador de personajes, aquí se destacan el propio Frin, Alma (la chica de la que está enamorado), Arno (el adorable fracasado), el cambiante y sin embargo estable Lynko... A esta magnífica galería de chicos, se unen varios adultos excelentemente trazados como la violenta madre de Arno, el energúmeno profesor de gimnasia, el antológico abuelo de Alma y la deliciosa loca servicial de doña Rosa.

La historia avanza serena y ágil, a base de anécdotas de la vida escolar y el siempre arduo aprendizaje del amor. Al mismo tiempo que el protagonista madura, el escenario va rebasando sus iniciales límites escolar-hogareños y abarca otros hogares, la calle, las afueras del pueblo y hasta un pueblo vecino. Frin viaja -a espaldas de sus padres, en una aventura que marca el fin de su niñez- al lugar a donde marcha Alma tras la separación de sus padres. Aquí el espacio ya no solo es colectivo, sino socializado de manera trascendente: el pueblo se levanta ante la amenaza de cierre del molino que emplea a la mayoría de los habitantes. De golpe, el libro rebasa los límites de una historia de crecimiento individual, de un “romance de escolares” para integrar la actualidad argentina; con sus huelgas, quemas de neumáticos y caras tapadas, con un corte de carreteras, un empresario corrupto y una televisión manipuladora.

Pescetti tiene una prolongada experiencia profesional en la radio y eso se nota en su escritura. Esto no significa que no sepa diferenciar el discurso radiofónico del discurso literario, sino todo lo contrario: que ha encontrado en la experiencia radial recursos con los cuales enriquecer, hacer más eficaz y personal su prosa narrativa.

En Frin los abundantes y eficaces diálogos participan sólidamente en la exposición de los acontecimientos y en la construcción de los personajes, disminuyendo las intervenciones del narrador. Este interviene siempre que hace falta e incluso es omnisciente (no solo sabe cosas que un observador exterior no podría conocer, sino que se remota en el pasado y se proyecta al futuro, asume las suposiciones, dudas, y planes de los personajes), pero no por ello se permite aparecer cuando es prescindible (eso se llama oficio). Otro rasgo estilístico singular –al punto de convertirse en todo un estilema pescettiano, es la omisión de acotaciones. Raramente leemos cosas como “dijo Frin” o “pensó Alma”. Pescetti prefiere colocar entre paréntesis el nombre del personaje que habla, pero no como en el teatro o en los guiones radiales, sino de una manera híbrida, que trasmite eficazmente las circunstancias de la situación al tiempo que escamotea la carga de convencionalidad que en la narrativa habitual tienen esas intervenciones “técnicas” del narrador. A veces entre semejantes paréntesis, el narrador encierra los pensamientos o la intención de los personajes, lo que le permite obtener efectos sorprendentes o cómicos.

El narrador se funde con uno u otro personaje y desde éste, en particular desde el protagonista –pero sin llegar a narrar en primera persona- dice cosas que no resultaría verosímil o pertinente en la voz del personaje. Hacia el final, en el capítulo 26 y en el epílogo, esas confusiones deliberadas entre narrador y personaje no consiguen del todo disimular que es el propio autor el que comienza a suplantar al narrador. Estas intervenciones, sin llegar a estropear la calidad de la novela, generan una cierta presión sobre el estilo y los acontecimientos, que modifica levemente el tono del relato de la huelga y su desenlace.

Con todo, es hacia el desenlace que leemos momentos tan logrados como éste:

Frin quiso mirarla, corrió su brazo y levantó despacio su cabeza. Se dio vuelta hacia ella. Alma también quiso mirarlo. Se quedaron. Ojos muy cerca de los ojos de cascabelito lindo. Muy cerca de la nariz que está cerca de la nariz de los ojos de cascabelito cascabelito lindo. No fue que Alma se acercó, sino que algo profundo y sencillo se le aflojó adentro. Frin se inclinó hacia delante y cerró los ojos. Alma cerró os ojos y se inclinó. Frin sintió, delicadamente, los labios de Alma con sus labios. Primero Frin sintió, delicadamente, los labios de Alma con sus labios. Luego, Frin sintió a Alma con sus labios, y Alma sitió a Frin con los suyos. Y eso era un beso..

Cuando uno llega a esta página, le dan ganas de aplaudir, como en el cine. Y Pescetti ha rodeado ese exquisito momento de un discurso lírico y levemente delirante que ocupa el lugar que, si fuera cine, tendría un arrebato de orquesta romántica. En el epílogo vemos a Frin, que regresa a su pueblo en una avioneta, que por momentos le dejan pilotar. Galopa nubes, decidido a deshacer todos los entuertos que dejó pendientes a lo largo de la novela. Quién puede dudar de su determinación y de su fuerza: regresa de su primera batalla de amor y ese triunfo hace de él un Quijote, un raro Quijote, joven y victorioso.

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"EL CAZADOR Y LA BALLENA, HISTORIA DE DOS SOLEDADES Y UNA FELICIDAD"

El cazador y la ballena
Texto de Paloma Sánchez Ibarzábal. Ilustraciones de Ibán Barrenetxea
Oqo. Pontevedra, febrero de 2010
Album
ISBN: 978-84-9871-221-6

Si algo caracteriza este hermoso álbum escrito por Paloma Sánchez, ilustrado por Ibán Barrenetxea, es que lo construye un lenguaje poético, muy alejado de la tendencia en boga de simplificar, de « rebajar » el lenguaje, poner la historia y su instrumento musical y conceptual –la lengua- a niveles bajos, como si el lector modelo fuera precisamente el no lector.

Los álbumes están salvando a la edición española más reciente del populismo demagógico que domina las colecciones más comerciales, y por tanto visibles. Su contribución no es, en consecuencia, solo la de elevar el nivel artístico de la edición –que no es poca cosa, ni tarea secundaria- sino la de elevar al pedestal que merecen los niño, como los lectores inteligentes y exigentes que saben ser.

En El cazador y la ballena, Paloma Sánchez Ibarzábal habla de un cazador obsesionado por lo que parece ser su destino: cazar ballenas, pero que tiene también un sueño estético, gratuito, elevado: alcanzar las estrellas. Al abandonar su “destino”, su pedestre objetivo, el cazador consigue, precisamente con ayuda de esa ballena que se obstinaba en querer matar, alcanz las estrellas de su sueño.

El cuento está muy hábilmente estructurado; dividido en dos cantos titulados respectivamente “Amanece...” y “Anochece...” que se alternan en una especie de oleaje lírico y marcan el paso de los días y la larga espera y soledad del cazador. Cada canto puede no ser más que una frase como “...la ballena hoy no danza en el horizonte...” o sumar varios párrafos, pero cada uno posee una identidad que no es temática ni definida por el protagonismo de uno de los dos antagonistas: el cazador y la ballena (hay un tercer personaje, colectivo: las estrellas que alimentan los sueños o distraen la espera del cazador solitario en una pradera que el ilustrador ha representado como un montón de con hojas secas para mejor sugerir que se trata de un escenario convencional y de un empeño estéril, puesto que lo esencial no está ahí y el terreno de la búsqueda es universal y trascendente.

La alternancia de los cantos “Amanece...” y “Anochece...” se interrumpe en una variación titulada “Casi amanece”, más extensa que las anteriores y que intensifica y reorienta la trama.

Los cantos son sutiles: una tonalidad, un tempo, un acto o escena diría un dramaturgo. En su muy atenta lectura, el ilustrador Ibán Barranetxea ha escogido una gama de colores para cada uno: los “Amanece” son verdosos, los “Anochece” azulados. Son dos gamas deliberadamente próximas, mientras que para el canto “Casi amanece” la gama, rompedora, tira al naranja. Es que en este canto los dos personajes, que hasta entonces no han hecho más que buscarse-rehuirse, al fin se encuentran. O, mejor dicho, el cazador encuentra a la ballena, la conoce; y se da cuenta de que no es LA ballena, sino UNA ballena: con una vida propia, llena de cicatrices alegres o tristes, un ser vivo y con identidad y no un mero blanco para su arpón. Al recorrerla con la mano desarmada el cazador comprende: “¡parece un cielo lleno de estrellas!”.

Con el cuarto y último “Amanece”, Ibán abandona el naranja (reducido a una nubecilla sobre el lomo de la ballena) y se entrega a un amarillo todavía enrojecido por la ira del cazador, que todavía enarbola el terrible arpón. Pero cuenta Paloma que los que se encuentran son los ojos del hombre y el mamífero marino, y no el acero afilado y la piel rugosa. Flotando sobre las últimas hojas, el cazador mira alejarse a su presa, y en la doble página siguiente, el amarillo, cada vez más luminoso, lo aportan los girasoles que ahora conforman el mar (ya no dibujará Ibán más hojas secas: el sueño del cazador florece). En las dobles páginas que siguen, y concluyen el libro, el ilustrador se muda a un gris luminoso y onírico, repujado por el blanco de lunas, estellas y del pijama que viste el cazador, devenido soñador al cambiar el arma por el alma como medio de conquistar su Sueño. Leemos: “lejos del barco, esa noche, se encuentran los dos en el mar de estrellas”, y el ilustrador dibuja estas palabras de la escritora con el cazador, estrella en mano, galopando la ballena, que nada en un mar de idénticas estrellas.

Paloma Sánchez Ibarzábal debutó en el panorama editorial en 2005 con su novela El brujo del viento (SM), aunque por el momento su bibliografía está dominada por cuentos que, dentro de una amplia gama de tonos y temas, testimonian una singular sensibilidad para los detalles y las esencias humanas, unido a un dominio de la palabra y una forma bastante peculiar de organizar su discurso. Dan prueba de ello ¿Quién sabe liberar a un dragón? (SM, 2007), El cazador y la bellena y Cuando no encuentras tu casa (ambos editados por Oqo en 2010) y, en un plano un tanto más lúdico y ligero, pero que en nada desentona de los anteriores: Pirata Plin, Pirata Plan (SM, 2009).

De Ibán Barrenetxea confieso saber mucho menos. No conozco sus otros libros y no encontré en Internet bibliografía alguna. Quizás su carrera de ilustrador de libros es más reducida que su ejecutoria como diseñador y dibujante. No obstante, los dibujos que muestra en su página web ahondan en el estilo que le conocí en el álbum de Paloma Sánchez: excelentes composiciones, líneas precisas pero hábilmente difuminadas, con texturas y colores neblinosos, lo que demuestra un gran dominio de la luz. Un universo ciertamente poético, lo que no significa que esté desprovisto de humor.


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"EL ULTIMO LIBRO DE LA GRAN DAMA DE LA LIJ CUBANA"

Juan Ligero y el Gallo Encantado.
Texto de Dora Alonso. Ilustraciones de Eduardo Muñoz Bachs.
Gente Nueva. La Habana, 2000
Noveleta. 83 páginas.

Dora Alonso festejó sus noventa años con la publicación de su cuarta novela infantil. Una obra que culmina el camino iniciado por la ecológica y por momentos propagandística novela Aventuras de Guille. En busca de la gaviota negra (1964-66 y que se desarrolla por los caminos de un personal realismo mágico criollo iniciado con El cochero azul (1975) y consolidado por El Valle de la Pájara Pinta (1984). A diferencia de los tres libros citados, todo el escenario es ahora imaginario y lo cubano aparece en el texto solo en elementos culturales que también podría reconocer un lector de cualquier país caribeño. Esto hace que lo mágico tenga una mayor dimensión y que no se repitan anteriores interferencias -en algún momento molestas- de la realidad social cubana en la "realidad" del relato.

Lo último no significa que la noveleta carezca de mensajes explícitos. Dora Alonso considera que la literatura infantil, sin ser didáctica, debe contribuir a la formación del carácter y a la socialización del niño, pero al prescindir de los mensajes políticos, más circunstanciales y perecederos, Dora logra hacer de El gallo... su obra más universal.

El viaje es, una vez más, el motor de la historia, y los personajes, como de costumbre, son los componentes más pintorescos del libro. El lenguaje está lleno de invenciones de fuerte sabor criollo (nombres de lugares como San Ciprián de los Remolinos, Jorobitas, Cocotazo o Pulgar del Zurdo, y de personajes como Pancho Poco, alias Doblepé, la gallina Suprema Nocturna Clase A, el gato Sucu-sucu, la iguana Lola Galindo, y el alcatraz Bolsilibro, o simples términos reyoyos o aplatanados como zipizape, camisola, chuculún...
Dora hace alarde de imaginación con estos términos nutritivos y endémicos como un ajiaco, pero sobre todo con situaciones como el encuentro con el duende Chilín, que ha abandonado los sueños (“gente loca e informal”; p. 65) para vivir su propia vida en el mundo real, o la aparición de la carabela La Pinta que, en risueña versión de los míticos barcos fantasmas llega con un sombrero de mago por bandera y tripulación diminuta, jinetes de peces voladores y caballitos de mar. La historia misma gira en torno a uno de los personajes más curiosos inventados por la veterana cuentera: el Gallo Encantado, un animalote que vive en la luna y viene a imponerle al niño protagonista un viaje iniciático que lo hace atravesar un arcoiris formado por mariposas guerreras y conocer a la famosa gallina de los huevos de oro.

En esta noveleta, Dora modernizan su arte narrativo con recursos postmodernos. Si la intertextualidad arriba citada la emparenta con la tradición occidental, otra, cuando el gallo Kundasor llama “Juan Candela” al protagonista, le permite hacer un guiño a su compatriota Onelio Jorge Cardoso. También se permite toda una página a base de metalenguaje (la 26), y recursos retóricos de los dibujos animados de televisión: la invocación de los poderes de un talismán capaz de aniquilar las huestes enemigas (p. 73).

Como en sus otras noveletas, Dora hilvana la trama con cierto desaliño, yuxtaponiendo esos escenarios pintorescos y personajes extravangantes que aprendió a manejar en sus largos años de escritora radial. Pero esta composición “artesanal” es deliberada y da un sabor especial, calculadamente naif a la singular saga gallinácea con que la popular autora cubana culmina su bibliografía.

Las ilustraciones de Eduardo Muñoz Bachs no son un ingrediente menor de la edición. Su habitual mezcla de caricatura y poesía, de ternura e ironía, que ya sirvieran inmejorablemente al poemario Los payasos (1985) adquiere en este caso un trazo más ingenuo y un color más brillante para ajustarse al tono escogido por la narradora. La edición, bastante cuidada, con sus caracteres redondos y papel de buen gramaje, adolece, sin embargo de irregularidad en la impresión y de una encuadernación que no resiste tres lecturas sin comenzar a soltar las hojas.

El fallecimiento de Dora Alonso solo unos meses después de la aparición de Juan Ligero y el Gallo Encantado sea hace que ésta noveleta cierre la carrera más larga, rica y aplaudida de la literatura infantil cubana. Entrada en la especialidad por la puerta del teatro (Pelusín y los pájaros, 1956), consolidada en el cuento (El libro de Camilín, 1979) y la poesía (La flauta de chocolate, 1980), también incluye incursiones en la narrativa afrocubana (Ponolani, 1966) y lo testimonial (Gente de mar, 1977), para no mencionar más que algunos de sus treinta títulos; que también incluyen una importante producción para adultos, particularmente relevante en el terreno del cuento (Once caballos, 1970) y una vasta producción de novelas radiofónicas.

Con la partida de la Alonso se despide toda una generación: la de los fundadores de la literatura infantil llamada “revolucionaria” que ya traían un sólido bagaje desde los años 40 y 50, y que integraron, con un aporte más o menos abundante, pero con similar reconocimiento de la crítica, Renée Méndez Capote, Félix Pita Rodríguez y Onelio Jorge Cardoso.

3 comentarios:

Domadora de Elefantes dijo...

Hola Joel. Me llamo Gracia y te escribo desde España. He llegado a tu blog porque quería saber más de ti, ya que desde hace más de un año uno de tus libros forma parte de mi vida y de mi trabajo.

Verás, es que, además de escritora, soy cuentacuentos. Por esa razón me encanta leer literatura infantil y juvenil y siempre estoy atenta a buenas historias para poder contar en las bibliotecas y colegios a los que me invitan para hacer actividades de animación a la lectura. Unas navidades mi marido me regaló "Pájaros en la cabeza" y me enamoré de la historia; me quedé prendada de tus palabras y decidí que tenía que dar a conocer ese libro. Entonces monté una sesión de cuentacuentos llamada precisamente "Pájaros en la cabeza", que comienza con tu cuento e incluye otras historias de pájaros escritas por mí, tradicionales y de otros autores. Al final de cada sesión siempre enseño a las niñas y niños los libros de donde he tomado los cuentos, para que los reconozcan en la biblioteca o en la librería y así puedan leerlos siempre que quieran.

El caso es que dentro de tres días iré a Alemania, a participar por segunda vez en el festival de cuentacuentos de Dresde "Magia Mundi" y pienso contar allí tu cuento. En esta ocasión, al tratarse de un festival internacional, habrá charlas en las que se hablará de la procedencia de los cuentos que contamos, etcétera, y por eso me he puesto a buscar información sobre tu trayectoria, para poder hablar de ti... Y por eso he llegado a tu blog, navegando por la Red, y estoy aquí ahora, dejándote este comentario larguísimo que podría resumirse en dos líneas: Te admiro, Joel, gracias por tus historias y enhorabuena.

Si te apetece, puedes ver algunas fotos de mis cuentacuentos en mi blog La Domadora de Cuentos (Al comienzo de la sesión "Pájaros en la cabeza" siempre hago una pequeña pantomima que divierte mucho a los peques y para la que diseñé un nido que me pongo en la cabeza, lleno de pájaros de papel y huevos con sorpresa) ;P

Anónimo dijo...

muchas gracias por ofrecernos estas lecturas. Ya he lído antes artículos y libros suyos, todos de mucha calidad.
De los libros comentados aquí he leído El sol de los venados y El cazador y la ballena, y como son tan buenos, pienso que puedo confiar en su opinión sobre los otros. Los buscaré y leeré.

Joel Franz ROSELL dijo...

Agradecido, domadora, por ofrecer nuevos escenarios a mis cuentos y por tu pasión por ellos.
En Alemania no nos veremos, pero si vienes a París (a mitad de camino) será otra cosa. También puede que nos encontremos en Santiago de Compostela, ¿no participarás en el Congreso Internacional de Literatura Infantil de la IBBY, del 8 al 12 de septiembre?
De momento, nos vemos en forma virtual a través de nuestros blogs...

la literatura infantil latinoamericana

LA LITERATURA INFANTIL IBEROAMERICANA: NOTAS PARA UN VIAJE DE DESCUBRIMIENTO *

Revueltos, los orígenes

La literatura infantil, en tanto que entidad cultural definida es, en Iberoamérica, un producto del siglo XX. La especificidad del desarrollo económico, social, educativo y cultural de cada país permite un adelanto o retraso de algunos años en el proceso global y en su rapidez de desarrollo. Salvo raras excepciones (el cubano Martí o el colombiano Pombo), el XIX no supone otra cosa que un período de tanteos que repite caminos ya recorridos por la literatura europea: silabarios, catones, textos para la formación de jóvenes elites, las primeras fábulas en prosa y verso, compilaciones de cuentos populares, etc.

Algunos estudiosos han creído descubrir antecedentes de literatura infantil en los primeros siglos de la colonia, e incluso en la palabra cultivada de los tiempos precolombinos. Si entre los mitos y leyendas aborígenes y en las crónicas de la conquista podemos encontrar páginas cuyo contenido fantástico, épico o testimonial resulta interesante y útil al joven lector de hoy, ello no nos autoriza a considerarlas literatura infanto‑juvenil porque carecen de una intencionalidad transformada en rasgo tipificador de discurso literario para el destinatario niño o adolescente. Aun cuando ‑invirtiendo el proceso‑ logremos identificar en dichas obras algún que otro rasgo que más tarde caracterizará a la literatura infantil, esto apenas demuestra que lo que los pueblos dan a leer a sus chicos suele tener puntos de contacto con lo que los pueblos crearon durante su propia infancia.

Paralelo procedimiento de asimilación se verifica a expensas de los grandes autores. Cada nación escogerá los suyos entre las filas de sus nacionalistas románticos (Argentina tomará a José Hernández, Colombia a Jorge Isaacs, Cuba a José María Heredia), o acudirá a sus figuras mayores: Neruda en Chile, Rómulo Gallegos en Venezuela, Santos Chocano en Perú...

Evidentemente no es la adecuación al gusto y necesidades infantiles lo que explica la selección de dichas obras sino la importancia histórico‑literaria de sus autores y su aporte a la formación y consolidación de la identidad. Las citadas lecturas ‑totales, parciales o en adaptaciones‑ son promovidas por la escuela e integradas a los programas de lengua.

Especial es el caso de creaciones que, al tener al niño como interlocutor virtual o tema, utilizan también elementos de su percepción y expresión, lo que proporciona páginas de brillante ambigüedad en autores del temple de Rubén Darío (Nicaragua), Manuel Gutiérrez Nájera (México) o José María Arguedas (Perú).

De amores que matan y otros venenos

El folklore es uno de los más importantes moduladores y caracterizadores de la literatura infantil Iberoamericana. Su presencia es tan fuerte en algunos casos que suplanta a la literatura infantil e incluso ‑no es paradójico‑ a la literatura infantil de inspiración folklórica. La falta de condiciones para una sostenida actividad literaria y la abundancia de tradiciones orales ‑puestas al servicio de la formación de la identidad nacional y de la instrucción moral‑, provocaron la sobrevaloración del folklore por parte de educadores, editores e incluso escritores. Contribuye a esto el «neoclasicismo nuevomundista» practicado por sectores de la intelectualidad iberoamericana que valoran más el rescate de los «oros viejos» que la creación de nuevas joyas. La real o supuesta grandeza del pasado (civilizaciones precolombinas y gesta independentista) y el propio conservadurismo inherente a la escuela prolongan los efectos de esta desviación.

Hasta la primera mitad del siglo XX los sectores de la infancia iberoamericana con acceso a la lectura recibían ‑de autor nacional‑ casi exclusivamente las consabidas reelaboraciones del folklore y obras en prosa y verso de didactismo generalizado y amanerado lirismo que, con su patriotismo romántico o su realismo denunciador, satisfacían los objetivos moralizantes e instructivo‑movilizadores de los educadores y no las necesidades estéticas y lúdicas de los chicos. Paradójicamente, esta producción se encontraba en el centro del muy iberoamericano enfrentamiento intelectual entre tradicionalismo y modernidad, pero este combate se desarrolló básicamente en el plano ideológico y raramente se convirtió en una verdadera fuerza motora de la evolución de la literatura infantil en toda la vasta y compleja envergadura que la caracteriza.

La anterior situación perdurará, pese a la aparición periódica de disonantes astros solitarios como el brasileño Monteiro Lobato (años 20 y 30), el boliviano Oscar Alfaro (en los 40) o la chilena Marcela Paz (años 50), quienes preludian y plantan las bases del movimiento renovador iniciado hacia 1965.

Es evidente que el gran problema del libro infantil en América Latina es de orden estructural: la pobreza y la injusta distribución de la riqueza, la escolarización insuficiente o efímera y la precariedad de editoriales, librerías y bibliotecas no pueden ofrecer suelo de suficiente fertilidad a la invención, fabricación y consumo de obras para niños y adolescentes. Como colofón, y cerrándose a la manera de un círculo vicioso, la actividad editorial se ve confinada a un mercado estrecho ‑nacional o regional‑ que prefiere originales de interés o potabilidad geográficamente restringidas. Las bajas tiradas consecuentes exigen un producto barato, lo que excluye automáticamente el acceso al mercado mundial y al atractivo terreno de las coediciones.

Por otra parte, la poca envergadura de los medios de expresión de las problemáticas sociales y el escaso respeto de la identidad nacional siguen haciendo a la literatura infantil rehén de tareas que no le son inherentes, por mucha tradición que hayan tenido dentro de las prácticas culturales de la región.

En las últimas décadas se presenta, sin embargo, un peligro nuevo y formidable: los medios electrónicos de comunicación que, con sus formas expresivas y contenidos foráneos, llegan de manera masiva e indiscriminada a los rincones más apartados, allí donde el libro y la cultura alfabética no han tenido todavía implantación. La mayor parte de los países de América Latina ven así amenazado el empeño de transformación de su cultura nacional oral en cultura nacional escrita (tarea concluida por Europa en el siglo XIX). De verificarse, tal catástrofe incluiría el aborto del proceso ‑de formación en unos casos y de consolidación en otros‑ de la literatura infantil iberoamericana.

Eclosión de una primavera anunciada

En un sentido mucho más profundo que la literatura para adultos, la literatura infantil es espejo de la sociedad en que surge; depende del interés de las fuerzas sociales por el desarrollo de sus jóvenes y concretamente de la escuela, ya que aún cuando la primera supera el didactismo, la segunda sigue siendo el principal ‑cuando no el único‑ fomentador de la lectura y mayor comprador de libros).

Es fácil constatar en la producción editorial del continente el predominio de los géneros, temas y estilos accesibles a la más amplia y mejor atendida población escolar: la clase media urbana de entre 7 y 12 años; con desventaja para prelectores y adolescentes, y claro perjuicio para la población rural, los sectores pobres y las minorías étnicas.

Es sintomático que países que carecen de auténtico ambiente literario y editorial, como Paraguay o Guatemala, pudieran engendrar escritores vigorosos, innovadores y trascendentes como Augusto Roa Bastos y Miguel Angel Asturias y que, sin embargo, no suceda lo mismo con autores consagrados a la infancia.

Pero la literatura infantil es tan literatura como la otra e igualmente sensible a factores subjetivos y pulsiones estéticas. Esto explica el hecho de que prácticamente todos los países del subcontinente hayan tenido adelantados talentos individuales que vieron en el niño no el maleable material para la formación del ciudadano modelo, sino un ser dotado de una muy particular percepción, capaz y merecedor de obras donde predomine la función estética. Posible sería constituir una selecta Biblioteca de Literatura Infantil Iberoamericana con precursores tan ilustres como José Martí (Cuba, 1853‑1895), Rafael Pombo (Colombia, 1833‑1912) y Horacio Quiroga (Uruguay, 1878‑1937), y pioneros como Monteiro Lobato (Brasil, 1882‑1948), Gabriela Mistral (Chile, 1889‑1957), Aquiles Nazoa (Venezuela, 1920‑1976) u Oscar Alfaro (Bolivia, 1921‑1963); aunque con frecuencia solo se trate de una obra que titila aislada dentro del legado de un autor universalmente conocido por sus libros para adultos (Juana de Ibarburu, César Vallejo, Nicolás Guillén...).

Entre los años sesenta y setenta se produce en todo el mundo occidental una reforma social y educacional progresista y democratizante que de una u otra manera se integra a circunstancias específicas del continente (procesos políticos, económicos, demográficos y culturales) que posibilitan un salto cualitativo en la evolución de la literatura infantil.

El crecimiento económico y el desarrollo de la clase media propician la extensión y modernización de la enseñanza. Esto permite que la literatura infantil sea exonerada de tareas que mejor correspondían a la escuela o a la prensa especializada, mientras ‑con la ampliación de la población lectora‑ se incrementan el número y la especialización de escritores, ilustradores y editores.

Por su parte, el antiguo complejo de insuficiente valoración de la nacionalidad fue conjurado por regímenes que utilizaron el nacionalismo como instrumento de legitimidad política y como estrategia de desarrollo económico.

Estos procesos se presentan de manera muy acentuada y productiva en Argentina, Brasil y Cuba. En los dos primeros casos funcionan como catalizantes la impopularidad de las dictaduras militares, la saturación del nacionalismo y la necesidad de burlar la censura. En el caso de Cuba ‑donde el régimen también ha sido autoritario, pero contó con prolongado apoyo popular‑ es esencialmente la contradicción entre las intensas transformaciones sociales y la retórica oficial lo que condujo a una renovación que llegó más tarde que a la Argentina y Brasil, e indudablemente influída por ellos y por los avances de la literatura infantil occidental.

La actividad creadora, hasta entonces dominada por cierta inmediatez castradora y por la hipertrofia de la poesía, el relato y sus respectivos híbridos didácticos, se abre a los géneros más ricos en fabulación y va siendo enriquecida por recursos tales como la combinación de realismo y fantasía, el humor, la ironía, la parábola, la carnavalización, el metalenguaje, etc. Al mismo tiempo se produce una ampliación de temas y asuntos a expensas del reencuentro con el folklore y la naturaleza propios, de la prospección en las circunstancias humanas y sociales de nuevo tipo, de la explotación de los progresos de la ciencia, las artes y la comunicación, de la revisión de la historia, etc.

Los tres países mencionados integran el A,B,C de la literatura infantil iberoamericana. Son ellos los que poseen la serie literaria infantil1 más completa y los que han hecho aportes más trascendentes. Se trata en realidad de la vanguardia de un movimiento iberoamericano de literatura infantil moderna que se extiende desde la década del 80 a Chile, Colombia, Costa Rica, México...

Todo final es un punto de partida

La estabilización democrática de los 80 (los 90 en Centroamérica) y las crisis económicas del período se combinan para diseñar un marco de esperanzas y frustraciones en el panorama social, educativo y cultural que dinamizan y frenan alternativamente el desarrollo del libro para niños y jóvenes en nuestro continente. Una mejora en los presupuestos de la enseñanza, en los servicios bibliotecarios y en las economías familiares serviría de extraordinario estímulo a la industria del libro, que luego de consolidarse en los comienzos de las recuperadas democracias, sufrió los embates de las crisis económicas continentales y de los procesos de concentración que vienen remodelando el panorama editorial en la mayor parte del planeta.

En los últimos años, junto a los esfuerzos dispersos y apasionados de siempre y a las viejas editoriales (públicas, universitarias o privadas) sobrevivientes, han aparecido las sucursales de grandes grupos editoriales, por lo general españoles (aunque su capital pueda ser alemán o francés), que han reorganizado la propuesta bibliográfica en colecciones y series por edades, reconocibles por sus maquetas y colores. Esta es la cara visible de una estrategia basada en tácticas de mercado probadas en la América Anglosajona y en Europa Occidental. Nuestra producción, antes caótica (para bien y para mal) viene adquiriendo un rostro racional, pero insuficientemente adaptado al mosaico de nuestras realidades; algo que, a la larga, puede acabar resultando empobrecedor.

Es todo un nuevo estilo de hacer el que deben enfrentar los escritores y animadores de la lectura: desde la selección de originales ‑que prioriza al autor nacional, pero tipifica la oferta según fórmulas genéricas, temáticas y estilísticas importadas‑ hasta las campañas de promoción que procuran satisfacer las expectativas de ese prescriptor institucional que es la escuela, aunque sin valorar adecuadamente lo diverso y frágil de nuestros sistema educacional y tejido bibliotecario.

El parque de escritores, en todo caso, da garantías de una producción literaria rica y diversa: tres promociones están activas y cuentan con motores de la fuerza y personalidad de Lygia Bojunga Nunes, Ana Maria Machado, João Carlos Marinho o Marina Colasanti (Brasil), María Elena Walsh, Laura Devetach, Graciela Montes o Ema Wolf (Argentina), Dora Alonso, Hilda Perera, Luis Cabrera Delgado o Antonio Orlando Rodríguez (Cuba), Jairo Aníbal Niño, Gloria Cecilia Díaz o Yolanda Reyes (Colombia), Emilio Carballido, Guillermo Rendón Ortiz o Juan Villoro (México), Víctor Carvajal (Chile), Jorge Díaz Herrera (Perú) y tantos otros.

Como lo demuestra la experiencia de otras regiones del mundo, solo el crecimiento y clarificación de la oferta ‑dando mayor espacio a los auténticos talentos‑ y el crecimiento y eficacia del consumo de libros ‑al propiciar una mejor relación con el lector‑ garantizarán la superación definitiva de defectos tan tenaces en la literatura infantil iberoamericana como son la debilidad de las tramas y la proliferación de lirismos gratuitos, la escasa variedad temática, estilística y genérica, la insuficiente independencia y osadía de la ilustración, y la poca interrelación, tanto con la literatura infantil de otras regiones del planeta como con la literatura para adultos y con otras formas de la cultura (cine, periodismo, informática, ciencia, artes).

Probablemente una de las grandes tareas pendientes de la literatura infantil iberoamericana es el conocimiento mutuo. Aunque abundan las selecciones y listas de libros recomendados y no faltan premios literarios internacionales, lo cierto es que son pocos los libros que confirman con una presencia en todo el continente la aprobación que reciben en sus países de origen; eso cuando dentro de un mismo país la crítica y la promoción logran un verdadero impacto nacional.

Por supuesto que no se trata de imitar un mal que yo mismo he condenado en otras páginas de este libro: la homogeneización y la repetición de modelos. La única garantía de calidad en materia de literatura, es la diversidad puesto que los gustos y necesidades de cada lector son diferentes y también porque quienes escribimos, escogemos y entregamos los libros a los chicos somos adultos y, por ende, ajenos al fondo de la cuestión, por muy especializados en ella que nos sintamos.

Pero al menos sería conveniente que discutamos juntos los puntos de vista, los pesos y medidas que aplicamos a esa especie singular ‑anfibia y ambidiestra, voladora y excavadora, fecundante y estabilizadora, dinamizante y cuestionadora, seria y divertida, culta y popular, realista y soñadora‑ que es la literatura infantil. En otras regiones del mundo esta reflexión y decantación la realizó el tiempo, pero nosotros no tenemos derecho a seguir postergando una primera ‑y por supuesto discutible‑ clarificación del género y selección de paradigmas. A tales prisas nos obligan la globalización de los productos culturales y la crisis inminente de la letra impresa.

Quizás convendría que un equipo interdisciplinario y multinacional, representativo de todo el continente, trabajara en una Historia de la Literatura Infantil Iberoamericana, de sus orígenes hasta hoy, la cual pudiera servir de referencia común. Imagino que para que no nos caiga encima un patrón normativizante, deberían ser dos o tres estas historias, cada una con su equipo interdisciplinario y multinacional trabajando separada, aunque cordinadamente. Y algo similar convendría realizar en los terrenos de la teoría y la crítica a fin de sintetizar ‑al menos metodológicamente el «patrimonio genético» de la literatura infantil iberoamericana. Semejante clarificación de una producción vasta y dispersa es imprescindible si queremos alcanzar vigor y brillo dentro y fuera de nuestras fronteras.

Nada sería más fecundo, pues es mucho lo que la literatura infantil iberoamericana tiene para legar al mundo: la sensualidad de su lenguaje, símbolos e imágenes, esa ingenua frescura que le viene de la proximidad del folklore (todavía vivo y visitable), un formidable caudal imaginativo irrigado por inagotables reservas de personajes, asuntos y ambientes (realistas, históricos o imaginarios), y aquella sorprendente flexibilidad y capacidad de combinación que le aportan su carácter mestizo y la promiscuidad de un contexto donde se mezclan feudalismo y modernidad, oropel y miseria, tecnología de punta y selvas vírgenes, prehistoria y juventud.



* Originalmente publicado en el n°2 de la Revista Latinoamericana de Literatura Infantil y Juvenil (Bogotá, julio‑diciembre de 1995) bajo el título "La literatura infantil latinoamericana: una hoja de vida", este artículo ha sido rebautizado como una nota parcialmente publicada en la en el n°153 de la Revue des livres pour enfants (Paris, otoño de 1995). Los cambios ocurridos en el panorama editorial iberoamericano en la segunda mitad de los noventa y un mejor conocimiento de la literatura de la región me han llevado a moderar el alcance de mi título y ampliar, en cambio, mis consideraciones.

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA

PRIMER ESCRITOR QUE VISITA LA ESCUELA FRANCESA DE LA HABANA
los pequeños de CP examinan mis libros La canción del castillo de arena y La bruja Pelandruja está malucha

El 17 de febrero pasado visité la Escuela Francesa de La Habana. Es quizás uno de los más pequeños establecimientos educativos franceses en el extranjero, pues solo hay un grupo por cada nivel de enseñanza primaria y los estudiantes secundarios siguen básicamente “cursos a distancia”. No obstante, la escuela francesa de la capital cubana tienen creciente demanda y prevé la próxima construcción de un nuevo edificio y la ampliación de oferta educativa.

Apenas entrar me sentí en un colegio francés: los juegos instados en el patio, los muebles, los mapas y dibujos en las pareces, el aspecto general de la biblioteca... todo era idéntico a las numerosas escuelas que he visitado en Francia. Pero los grandes árboles que sombreaban el patio y el propio sol así mantenido a distancia, el cielo azul, los olores... todo ratificaba que me hallaba bien en Cuba.

La bibliotecaria, los maestros y el director me recibieron con entusiasmo y, para mi sorpresa, me revelaron que yo era el primer escritor que visitaba la escuela. Sé que soy el único escritor infantil cubano que ha publicado varios libros en Francia, pero contaba con que alguno de los numerosos franceses que aman y vistan Cuba fueran escritores para chicos y se hubiesen dado un salto a un colegio donde niños franceses y de otras muchas nacionalidades (varios con un progenitor cubano y el otro extranjero) estudian en la lengua de Molière (o Perrault, Julio Verne, Pierre Gripari... para aludir a autores consagrados por la infancia).

Incluso pude esperar que en país donde la literatura infantil fue casi inaugurada por el gran José Marti (para no hablar de grandes autores contemporáneos como Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso o David Chericián) algún colega, incluso no traducido al francés, hubiese presentado allí alguna obra.

El caso es que me sentí más escritor francés y cubano que nunca. Bajo el criollísimo sombrero de yarey siempre es posible llevar también la famosa boina francesa... aunque lo cierto es que he publicado más libros (siete) en Francia que en Cuba (cinco), y eso que cuando abandoné mi país natal a los 34 años ya tenía muy definida mi carrera literaria. De hecho, ingresé en la cultura francesa mucho antes que en su territorio (1994) y actualmente leo, pienso y sueño habitualmente en francés; aunque sigo escribiendo la mayoría de mis textos en español... y no solo los que hablan de Cuba.

De estas y otras cosas, relacionadas con mi trabajo de escritor e ilustrador, y con mi vida un tanto nómada, hablé el 17 de febrero pasado con unos encantados y sobre todo encantadores niños de la École Française de La Habana. Solo pude dejarlos tras prometerles volver con mis nuevos libros (por ejemplo ese Petit Chat Noir a peur du soir que ya estaba circulando en Francia y que yo solo descubriría a mi regreso, una semana más tarde). También prometí, a los chicos y a sus educadores, consagrarles más tiempo la próxima vez; un taller de escritura, tal vez.

Mientras tanto, ojalá que algún otro escritor cubano publique en Francia o que algún escritor francés sea traducido en Cuba, o cualquier otra variante permita un mayor acercamiento entre ambos países a través de sus respectivas literaturas y lenguas. Al fin y al cabo, Francia y Cuba ya se encontraron en “La Edad de Oro” el gran clásico para niños de José Martí: en esa obra insigne no solo figuran dos cuentos traducidos del francés Edouard de Laboulaye, sino numerosas ilustraciones de otro galo, célebre en el siglo XIX: Adrien Marie... quien inspiró algunas de las bellas páginas escritas por el cubano para su revista (pero esto es tema para otro momento).

un cuento y un escritor en rescate de la lengua

El 13 de noviembre pasado fui invitado por El Salón del libro, única librería especializada en la lengua española que existe actualmente en París, y la asociación Había una vez, que se dedica a la conservación y promoción de la lengua castellana -a través de la narración oral, la lectura y el libro- entre los hijos de emigantes latinoamericanos en Francia.

El público era el más difícil que imaginarse pueda: niños de 3 a 5 años, argentinos, españoles, colombianos y de otros países de Hispanoamérica; nacidos -o muy recientemente instalados- en Francia, los cuales tienden a expresarse exclusivamente en francés.Incluso si entienden el castellano en que sus progenitores (o al menos uno de ellos) les hablan.

Atraer y sobre todo conservar y disciplinar la atención de niños tan pequeños, en una actividad que se apoya básicamente en la palabra (en un idioma que su limitada experiencia les hace percibir extremadamente minoritario) es bastante difícil. El humor, el atractivo de una historia, la reutilización de una palabra “nueva”, la participación de todos y la reactividad por parte del conductor del taller, son recursos recomendables cuando se trata de acompañar a los chiquitos en una experiencia estética, que se quiere amena y provechosa, de valorización de la lengua (y la cultura por ende) que tienen en su legado familiar.

Comencé por contarles mi cuento “La Nube”, historia ecológica y sobre la evolución y los sentimientos del personaje cambiante (como los niños mismos) que es la nube del título. Ella recorre la playa, la ciudad, la montaña (donde la rechazan por su sombra), hasta hallar en una llanura reseca el lugar donde su agua es necesaria y bienvenida. Este cuento, uno de los primeros de la colección Cuentos de 4 colores de la editorial Sudamericana (Buenos Aires, 2001) se presenta con el texto que completan “pictogramas”: iconos tras los cuales se oculta una palabra que el niño todavía no alfabetizado puede “leer”. Siempre que presento este libro a un niño voy preguntándole “¿y aquí qué dice?” y comentando “ves como ya sabes leer” cuando nombra el objeto o persona representado. Esto los anima a perderle el miedo al texto y a desear más rápidamente poder descifrar ese componente inalienable de los libros ilustrados que tanto gustan a los pequeños.

Tras contar el cuento, recorriendo y explorando las imágenes de cada página, propuse a los chicos un diálogo y juego en torno a personajes, lugares y situaciones tomados del cuento o sugeridos por ellos mismos... que fuimos siempre nombrando en castellano (“¿cómo se dice en español?”, pregunté sistemáticamente cuando nombraban en francés). Derivamos casi inevitablemente hacia personajes y situaciones convencionales y bien conocidas como la bruja, la casita en el bosque, el lobo, la princesa, etc.

Cuando la fatiga y el alboroto comenzaron a volver ineficaz el intercambio linguístico-narrativo, pasamos a los dibujos en una pizarra blanca y terminé proponiendo a los chicos dibujar en una hoja de papel lo que cada cual quiso conservar del encuentro.

Para mi fue una primera experiencia con chicos tan pequeños en situación de bilingüismo asimétrico. Los padres y chicos parecían muy satisfechos. En todo caso, yo aprendí de mis errores... y la próxima vez incorporaré nuevas tácticas que espero de superior eficacia.